De camino por el sur de África

De camino por el sur de África
Una ruta por Sudáfrica y Zambia que incluye rinocerontes, grandes paisajes, buenos vinos y un barrio hipster.
Julio 21, 15
Fotografías por: María Pellicer

Son las 6:20 de la mañana cuando salimos del Parque Nacional Pilanesberg. La carretera es una línea recta que cruza una inmensa planicie, aunque está llena de hoyos y baches, lo que hace que conciliar el sueño resulte complicado. Aun así, casi todos dormitan. El sol empieza a aparecer a lo lejos, sin prisa, mientras nosotros seguimos moviéndonos hacia el sur, rumbo a Johannesburgo.

 

Aterricé hace varios días en la no-capital sudafricana, Johannesburgo –Pretoria, Bloemfontein y Cape Town hacen las veces de hogar de los poderes ejecutivo, judicial y legislativo, pero casi todo el mundo lo olvida–. Quería tomarme un tiempo para descubrir más de esta ciudad a la que, me parece, cuesta trabajo encontrarle el gusto. Instalada en el The Maslow, en Sandton, me dediqué a buscarle la onda.

 

Me llevó tiempo y esfuerzo, pero al final logré encontrarla en Maboneng, un desarrollo en el centro de la urbe que ha conseguido cambiarle el rumbo. Akani me enseña las cuatro o cinco manzanas que ocupa el desarrollo: se siente joven, vivo, fresco… ¡me encanta! La idea es rescatar, edificio por edificio, el centro, abandonado desde que terminó el apartheid y los blancos huyeron a Sandton. Estudios, departamentos, tiendas, bares y un ambiente amigable y relajado le dan el tono a este barrio atípico.

 

No es fácil encontrar este tipo de espacios en Johannesburgo, una metrópoli que refleja todavía la falta de integración entre grupos. Lo noto también el día que visito Goodman Gallery, en Parkwood, y me toca presenciar una pelea entre choferes y dependientes de un local que no tiene ni pies ni cabeza. Dentro, los dibujos del sudafricano William Kentridge me hablan también de un país donde no todo está resuelto.

 

Esa tarde llega la primera parte de nuestro grupo: Annie, Michaela y Ryan, de Estados Unidos; Hilary y Lee, de Australia, y Seraph y Yan, de China. Lucy está a cargo de todos. Juntos nos disponemos a visitar el Soweto y el Museo del Apartheid. Tembo y David, dos guías del hotel que a estas alturas me conocen bien, nos llevan a descubrir el famoso township, hoy en día transformado, en algunas partes, en una zona de vivienda de clase media alta. Pero antes paramos en el Museo del Apartheid, que no solamente me impresiona por lo bien montado y por la inteligencia de la narrativa, sino por el gran reto que supone como mecanismo para mantener viva la memoria.

 

Terminamos esa noche tomando cerveza y probando boerewors, un embutido local, en un restaurante de la famosa Vilakazi Street, la única vía en el mundo que puede presumir de haber sido hogar de dos premios nobel: Mandela y Tutu. Ya desde entonces nuestro grupo se anunciaba platicador y ruidoso. Johannesburgo quedaría pendiente para una historia más extensa.

 

En el camino

De vuelta en la carretera aún no termina de amanecer. Pilanesberg es un parque relativamente pequeño –para los estándares africanos– pero tiene la gran ventaja de estar muy cerca de la ciudad, por eso resulta una escala ideal para los que llegan a Johannesburgo por pocos días pero no quieren irse de Sudáfrica sin vivir una experiencia de safari. Esa fue la razón por la que nuestro grupo eligió a Pilanesberg como punto de encuentro; finalmente, venimos de todos los rincones del mundo: dos australianas, dos chinas, una hindú, una inglesa, tres estadounidenses y yo, que oficialmente represento al mundo latino.

 

Además de nuestra amplia colección de pasaportes, la otra seña particular del grupo es que somos nueve mujeres y solamente un caballero, Ryan, quien durante nuestro viaje intentará con poco éxito: a. seguir nuestras frenéticas conversaciones b. mantenerse despierto durante las sobremesas eternas (de conversaciones frenéticas) c. no extraviarse d. no ser el último en llegar a cada cita.

 

Estamos agotados. Ayer nos levantamos a las 4:30 de la mañana para subirnos a un globo aerostático y recorrer el parque desde las alturas. Yo dudé en hacerlo porque tenía miedo de que me entrara un ataque de vértigo incontrolable, y no fui la única.

 

De hecho, Lee, una de las australianas, declaró la noche anterior que ella no iría, no estaba dispuesta a poner su mareo a prueba. Nos encontramos en el gigantesco lobby del Palace of the Lost City a las 4:45, donde, además de revisar nuestros correos como maniáticas, esperamos a Ryan, quien, desde luego, fue el último en llegar.

 

De ahí salimos hacia el parque nacional. Tardamos menos de diez minutos en cruzar la puerta que divide Sun City de la reserva, y después unos 15 minutos hasta llegar al sitio donde nos esperaba el globo, listo para partir. Antes del amanecer, la temperatura es muy baja y el jeep no tiene puertas ni ventanas, así que no queda de otra más que cubrirse con una manta y dejar que el aire helado nos golpee el rostro.

 

Cuando llegamos al sitio todo está listo para nuestro viaje: subimos a la canasta y nos acomodamos de pie en grupos de tres. Todavía algo preocupada por el aturdimiento, me acomodo esperando nuestra partida. Poco a poco, de manera casi imperceptible, despegamos del suelo, pero, para mi sorpresa, no nos elevamos más de ocho o diez metros, volamos casi a ras de tierra.

 

Entonces empezó a amanecer y a lo lejos los tenues rayos del sol iluminaron a un grupo de jirafas que comían tranquilas en el costado de un monte. Seguimos así, deslizándonos casi sin sentirlo, y empiezo a relajarme cuando me doy cuenta de que no hay movimientos bruscos ni violentas subidas o bajadas, al contrario, es el vuelo más natural que he sentido, y también el más silencioso. Solamente el ruido de los quemadores interrumpía cada vez que nuestro piloto –un verdadero veterano de 70 años– quema gas para mantenernos en el aire.

 

La experiencia del safari en globo es sin duda una de las más hermosas: uno se siente muy cerca del entorno, de manera muy natural. Hay algo en el ritmo tranquilo y relajado de la experiencia que la hace aún más placentera. En algún momento subimos bastante, unos 100 metros, pero el movimiento sigue siendo suave. Desde lo alto se puede apreciar lo vasto del paisaje y lo escaso de la vegetación. En general, en esta parte de África el verde no domina: de hecho, el entorno es sorprendentemente seco, cuesta trabajo entender cómo debajo existe una fauna tan rica.

 

Antes de bajar, cuando empezamos a echar en falta el desayuno, nuestro experto conductor contacta vía radio al equipo de tierra; finalmente estamos en un globo aerostático cuyo rumbo dicta el viento y terminaremos bajando donde este nos lleve. Juntos fijan más o menos el punto de aterrizaje y el equipo se traslada hasta ahí para recibirnos con café, jugo y un vino espumoso, para los que no tengan reparo en beber a las siete de la mañana.

 

Cuando estamos casi a punto de tocar el suelo alguien grita “¡Cheetah!” y, del lado derecho, como una aparición, dos cheetahs salen corriendo hacia una especie de riachuelo seco. Todos nos quedamos con la boca abierta, recordando de pronto lo cerca que estamos de los animales salvajes.

 

Después del vuelo y la desmañanada, el desayuno en el gigantesco salón del hotel fue como doble premio. Lee, a quien su vértigo le regaló unas horas extras de sueño, y Divia, quien acaba de aterrizar desde la India, estaban ya esperándonos. Después de servirnos unos platos poco fotogénicos –tal cantidad de opciones que poner en la bandeja terminan convirtiendo en monstruosidad un desayuno–, el grupo completo puede comenzar oficialmente la aventura.

 

A pie y con rinocerontes

Esa tarde, después de unas horas de sol en la alberca del hotel, nos esperaba todavía otra excursión, también en el parque nacional, pero en una sección que está totalmente cercada pues el interior guarda uno de los tesoros más preciados de África: rinocerontes negros.

 

La caza furtiva ha puesto a estos prehistóricos animales al borde de la extinción, y cada vez son más las reservas que se dedican exclusivamente al cuidado de estos gigantescos mamíferos. Íbamos todas pensando que esta sería una actividad que haríamos, como otros safaris, subidas en un jeep, pero cuál fue nuestra sorpresa cuando llegamos y nos dimos cuenta de que lo que haríamos sería buscar a los rinocerontes a pie.

 

Éramos ocho chicas –Ryan y Michaela estaban grabando en el hotel– y ninguna estaba vestida para la ocasión: había desde Havaianas hasta bolsas Chanel. Resignados, los dos guías del grupo nos explicaron la mecánica de nuestro safari a pie. Intentaríamos encontrar a alguno de los rinocerontes siguiendo la señal que emiten los chips que les han sido colocados en el cuerno.

 

Con una especie de antena buscamos la señal y la seguimos, literalmente. Suena sencillo, pero no lo es, sobre todo porque después de unos minutos las chicas habían olvidado que estábamos en un parque nacional rodeadas de animales salvajes. “I love Greece, it’s one of my favorite destinations”, decía alguien por allá. “I haven’t read that book but a friend told me it’s amazing”.

 

Procuraba no distraerme, intentaba escuchar por sobre las conversaciones; me ponía nerviosa estar ahí afuera, en medio de nada y rodeada de rinocerontes. De pronto lo vi, oculto entre un árbol seco. Me detuve e intenté hacer señas al grupo, pero incluso los guías habían sucumbido ante la inevitable chorcha de mis compañeras de viaje. Sin duda, la ventaja de viajar con nueve mujeres es que plática, nunca falta.

 

El humo que truena

Ya está amaneciendo y vamos rumbo a Johannesburgo. Todos dormitan, o casi todos. Divia y Lucy platican a mi lado y, aunque intento no hacerlo, termino metida en la conversación. Dos horas después —e infinidad de temas de por medio— llegamos al aeropuerto de Johannesburgo; sin duda, la puerta de entrada al sur de África. Mientras esperamos la partida de nuestro vuelo me entretengo mirando la pantalla, imaginándome destinos exóticos como Luanda, Maputo, Dar es Salaam, Lusaka, Windhoek y Accra. Nosotros vamos hacia Livingstone, en el sur de Zambia, justo en la frontera con Zimbabwe, y muy cerca también de Botswana. No serán más de dos horas de vuelo.

 

Cuando aterrizamos apenas es mediodía. El aeropuerto, pequeño y sencillo, nos recibe con un gran letrero que alerta sobre los riesgos del ébola (y desinfectante para manos). Para llegar a nuestro hotel, The Royal Livingstone, podemos ir por tierra o por agua, y desde luego elegimos el río. Nos embarcamos a cinco minutos del aeropuerto en un pequeño navío que empieza a deslizarse, ligero y ágil, sobre el Zambezi. A lo lejos, el humo de las cataratas anuncia que nos acercamos al accidente geográfico más famoso de este continente. “Mosi-oa-Tunya”, dice el guía, señalando hacia el horizonte: “the smoke that thunders”.

 

Llegamos al hotel por el lado del río y ya están esperándonos. Desembarcamos y nos acomodamos en la terraza que mira hacia el agua y, aunque no pueden verse, las cataratas se sienten. Muchos de los empleados del hotel dicen que si uno se concentra, puede sentirse el temblar de la tierra. Pero, de nuevo, hay tantas conversaciones en la terraza que es difícil percibirlo.

 

Antes de instalarnos decidimos probar el spa del hotel. Las cabañas donde se realizan los tratamientos miran hacia el río, por lo que uno puede disfrutar del paisaje mientras recibe un masaje (incluso bocabajo, gracias a un espejo ingeniosamente colocado en el piso). Después de una hora de relajante terapia escuchando el ronroneo de las cascadas a lo lejos, llego a mi cuarto con ganas de quedarme leyendo en la terraza que mira al jardín, pero es hora de ir a ver las cataratas de cerca.

 

Salimos hacia el tren muy arregladas, con vestiditos cortos para aprovechar el buen clima. La idea es llegar hasta el puente que conecta Zambia con Zimbabwe y parar justo en el centro para disfrutar las vistas. Antes de llegar, un personaje toma la palabra en el interior del vagón. El público, con copa en mano, guarda silencio mientras el personaje se enfrasca en una explicación sobre la historia de Rhodesia. Al principio pongo atención, pero no tardo en perderme en pensamientos y divagaciones. Noto que la mayoría de los viajeros son personas bastante mayores y me pregunto a qué se debe.

 

Hay americanos, ingleses y australianos, sobre todo, en parejas. Imagino que tal vez al llegar a cierta edad uno se pregunta qué le faltó conocer, y las cataratas Victoria deben estar en muchas listas. Cuando vuelvo a poner atención a la plática, escucho que el personaje habla de lo adelantado que es Zambia: “Son tan avanzados en este país, que tienen un gobierno blanco”, concluye. No puedo más que reírme para mis adentros: los colonizadores nunca cambian. Finalmente llegamos al puente y todos bajamos del tren. “Welcome to Zimbabwe”, dice un letrero.

 

El espectáculo es hermoso, aunque es difícil de apreciar en su conjunto: el agua crea tal cantidad de bruma que las cataratas quedan ocultas. Todos los pasajeros aprovechan para sacarse las fotos que necesitarán para sus redes sociales: selfies, letreros y paisajes. Los vendedores ambulantes aparecen de quién-sabe-dónde y ofrecen quién-sabe-qué-artesanías.

 

Abajo del cañón, después de la espectacular caída, el Zambezi continúa su camino hacia el Índico. Me imagino cómo sería seguirlo, cruzar Zambia y Zimbabwe y adentrarse en Mozambique, recorrerlo completo hasta salir al mar. A la hora de la cena la conversación y el vino hacen que se nos olvide que estamos en Zambia, en un antiguo tren, al borde de las cataratas más largas del mundo.

 

A nuestro alrededor ha caído la noche, así que tampoco podemos ver realmente a dónde nos llevan. Hablamos de Nueva York y de Brooklyn, de otros viajes y de otros lugares que nos gustaría conocer. Es un poco como cuando durante una comida uno se pone a planear la siguiente, a preparar la cena cuando apenas desayuna. Ryan intenta mantenerse despierto pero apenas lo consigue. Entre un plato y el siguiente lo veo cabecear y me imagino lo agotador que será para él aguantarnos todo el día.

 

A la mañana siguiente, antes de partir, nos disponemos a ver realmente las cataratas. Primero, desde la isla que se encuentra casi al borde de la caída, Livingstone Island. Para llegar tenemos que embarcarnos, pues la única manera de acceder a la isla es por agua. Dependiendo de la temporada del año, las cataratas cambian de manera dramática. Hilary, quien ya estuvo aquí antes, pero durante el tiempo de secas, me cuenta que cuando hay poca agua ver su caída da mucho vértigo, pues es posible distinguir hasta el fondo del cañón.

 

Desembarcamos en un extremo de la isla y la cruzamos toda hasta llegar al lado opuesto, casi en la caída. La isla entera está cubierta de bruma, es como meterse en una nube y caminar entre la brisa cargada de pequeñísimas gotas. Dos expertos guías nos ayudan a andar por el borde y a asomarnos al precipicio, aunque en realidad no se ve nada, el blanco de la bruma cubre el fondo como un colchón.

 

Después de que todo el mundo se ha tomado la correspondiente foto del recuerdo, nos instalamos, un poco más lejos, a desayunar debajo de una carpa y con las cascadas a tan solo un paso. Los más aventureros aprovechan ese momento para darse un chapuzón en las albercas que se forman a un lado de la caída. Y, de nuevo, aunque la ubicación no podría ser mejor, cuesta trabajo apreciar realmente el conjunto completo.

 

La única manera de mirarlas de verdad, de abarcarlas en su totalidad, es subir a un helicóptero y verlas desde las alturas. Algunas instrucciones, un par de audífonos y estamos en el aire. Nos vamos acercando y vamos enmudeciendo, es la primera vez en todo el viaje que nadie habla, finalmente lo hemos conseguido: silencio general. El piloto sobrevuela primero las cataratas trazando un óvalo bastante amplio; después, desciende un poco más y vuelve a hacer el mismo recorrido pero más cerca. Ahora sí, las cataratas se revelan en toda su magnitud y un arcoíris las cruza de un lado a otro, como si fuera el puente por el que pasamos ayer.

 

Rumbo al Cabo

Nuestra aventura continúa, con pláticas y risas incluidas, en Cape Town. Volamos el domingo, pasando por Johannesburgo, y aterrizamos al atardecer. Mientras el avión desciende, Table Mountain se va iluminando de naranjas y morados, con sus hermosas formas recortadas contra el horizonte. Es una postal preciosa.

Nos instalamos en el Table Bay Hotel, en el área del Waterfront, y nos dejamos consentir por el gerente, Sherwin Banda, quien está dispuesto a complacer cualquier pedido.

 

La plática nos lleva a los vinos, y a Stellenbosch; las bodegas, los restaurantes y los diamantes. Sherwin no tarda en organizarnos un paseo para el día siguiente. Por la mañana, al abrir la ventana del cuarto, descubro que las nubes bajas lo cubren todo, desde Table Mountain hasta el mar. De hecho, apenas es posible ver a Óscar, la estatua de la foca que marca la entrada del hotel, y ante la cual todos los turistas se detienen a sacarse una foto. Mientras desayuno, considero la posibilidad de robar un cuchillo y enterrarlo en algún lado, quiero que el clima cambie y que en la tarde, cuando partamos a los viñedos, haya sol. Tenemos la mañana para cruzar los dedos y esperar a que el clima mejore.

 

 

La suerte nos sonríe y, cuando salimos rumbo a Stellenbosch, pareciera que el sol tiene ganas de una tarde de vinos. Nuestra primera parada es Delaire Graff State, un pequeño hotel boutique con una hermosa colección de arte, viñedos, bodega y espacio para catas. Nos enamoramos al instante. Recorremos las habitaciones y el hotel fascinadas por las vistas, la decoración de las villas y las esculturas que decoran jardines y terrazas. Cuando llega la hora de bajar al restaurante y a la sala de catas, donde además hay una tienda de diamantes —Graff, desde luego—, la cara de todas denota absoluta felicidad.

 

Nos sentamos alrededor de la mesa y nos disponemos a probar los vinos de la casa. Delante de nosotros, las colinas suaves, llenas de vides, se convierten de pronto en dramáticas montañas rocosas y el sol baja y colorea de naranja el paisaje. El sauvignon blanc es mi favorito, tanto así que decido comprar dos botellas para llevar a casa.

 

Pero la tarde no termina ahí; después de prometer que volveremos como huéspedes algún día, seguimos hacia Tokara, una bodega que además de vinos produce aceites de oliva. El lugar es hermoso también, con grandes vistas, un restaurante y salas para las catas. Aquí elijo un tinto, un shiraz y también una botella de aceite de oliva extravirgen. Nos sentamos en un lindo salón a saborear los vinos y a platicar (como si a estas alturas no lo hubiéramos hecho). Va siendo hora de volver a Cape Town, pero nadie quiere: este lugar da ganas de quedarse.

 

Esa noche cenamos en un restaurante italiano que Sherwin nos recomendó. El lugar es moderno y sencillo, pero con madera que hace que el espacio se sienta agradable. Nos sientan en una gran mesa de un salón privado, y, mientras seguimos disfrutando de los vinos sudafricanos, continuamos nuestras interminables conversaciones. El fin de nuestro viaje se acerca y, en el fondo, me gustaría que no terminara tan pronto.

 

Cuando despertamos la mañana siguiente, Table Mountain está ahí, como una aparición, justo enfrente de nosotros. Annie, que nunca había estado en Sudáfrica, puede ver por primera vez una de las montañas más hermosas del mundo. Solamente en Río de Janeiro he observado una geografía así de dramática y así de perfecta, una montaña que dicta la personalidad de una ciudad.

 

La actividad del día es salir con la chef del hotel a recorrer la ciudad en busca de ingredientes que podamos utilizar en su cocina, foraging es el término. Cuesta trabajo imaginar la actividad cuando uno vive en la ciudad de México, pero Cape Town es otra historia.

 

Cape Town está llena de parques y de espacios donde la naturaleza existe sin intervención del hombre. Hay bosques, playas y el aire frío que llega desde el Cabo. Paramos en un parque, aunque en realidad a mí me parece un bosque. Mientras Jocelyn busca hierbas y plantitas entre las piedras, Divia y yo, hindú y mexicana, nos ponemos a platicar sobre el caos de las ciudades donde vivimos. “¿México es más o menos desastroso que Nueva Delhi?”, me pregunta. De alguna manera, nuestros mundos tienen mucho más en común que este parque, donde uno puede recoger plantas y flores y luego cocinarlas en casa. “Jamás me comería algo que encontrara en la banqueta en México”, le digo, y nos reímos pensando lo absurdo que resulta la idea para nosotras.

 

Y así, entre risas y pláticas, llega la última cena. Entonces cada quien dice qué fue lo que más disfrutó del viaje. Las cataratas, el paseo en globo, los rinocerontes, los vinos... en realidad es difícil decidirse por una sola cosa.

 

Tal vez lo más sorprendente de viajar por Sudáfrica y Zambia es que uno puede pasar de la naturaleza y del safari a la ciudad y la vida urbana en 15 minutos.

 

Sudáfrica es justamente el África más citadina y más cercana a nosotros y, al mismo tiempo, el África de los safaris y la naturaleza. Me quedo pensando en eso a la mañana siguiente mientras nuestro avión parte rumbo a Johannesburgo, desde donde cada quien emprenderá el camino de vuelta a casa. Hasta la próxima, pienso.