Dubai: reino de fantasía

Dubai: reino de fantasía
Ésta es la historia de un rey que pidió tres deseos y convirtió un desierto en la ciudad más exuberante y exagerada que existe sobre la faz de la tierra. 
Julio 10, 14
Fotografías por:
Fotos de Siddhartah Siva
Fotos de Siddhartah Siva

Había una vez un rey

Las ciudades tienen su minuto cero, su Big Bang a partir del cual empiezan a ser lo que son. El minuto cero de Roma fue hace tanto que la llaman la Ciudad Eterna. El de Dubai fue hace tan poco, que todavía se nota en su geografía. Es fácil confundir cimientos con artificio. Probablemente hoy resultaría artificial ver indígenas cazando castores en Times Square, escena natural en Manhattan hace 300 años. Dubai, como el universo después del Big Bang, está en plena expansión. No se ven monumentos milenarios, pero sí una determinación apabullante por levantar un oasis en el desierto a la medida del mundo de los negocios y el turismo. 

 

Sin embargo, esa voluntad de acero no surgió de la nada. Hay una historia detrás que tiene más de mil y una noches. La Península Arábiga estuvo siempre habitada por tribus nómadas, una de ellas era Bani Yas. Su líder, Maktoum bin Buti Al Maktoum, condujo en 1833 a 800 personas por el desierto hasta asentarse cerca de una ría natural, sobre la costa sur del Golfo Pérsico, en lo que hoy conocemos como el barrio de Dubai Creek. Casi dos siglos después, Mohammed bin Rashid Al Maktoum, décimo regente, sigue dirigiendo los destinos de Dubai como alteza real, príncipe, jeque —sheik en inglés, šáyh en árabe—, y emir, título nobiliario de los soberanos. Fue él quien impulsó el Dubai actual a comienzos de los años noventa cuando murió su padre. Su rostro, con barba tupida y ghutra blanca en la cabeza, se verá en grandes dimensiones en el aeropuerto y en varios edificios de la ciudad. 

 

En los tiempos tribales del comienzo, el pueblo vivía del pastoreo de cabras, la pesca, los dátiles y la recolección de perlas. En 1894, el jeque Saeed bin Maktoum Al Maktoum eximió de impuestos a los comerciantes, y Dubai se dio a conocer por las perlas. Casi 400 tiendas se concentraban en los barrios de Deira y Bur Dubai, zocos que persisten hasta hoy. Cuando los japoneses descubrieron que las perlas podían cultivarse, se quedaron con el mercado y los buenos tiempos terminaron. Fue a fines de la Segunda Guerra Mundial. El comercio del oro y un acuerdo firmado con los ingleses para buscar petróleo, sacaron a la ciudad adelante otra vez. El oro negro bajo tierra atrajo inmigrantes del mundo árabe y logró cuadruplicar la población en los años setenta. El jeque Rashid, abuelo del actual regente, construyó el puerto de Jebel Ali, el World Trade Center, la planta desalinizadora y obras clave de ingeniería como el puente Al Garhoud, que cruza el río Khor Dubai que atraviesa toda la ciudad.

 

A lo largo de 650 kilómetros de costa y pantanos salados sobre la costa sureste de la Península Arábiga, otros emires como Al Maktoum conducían a sus pueblos, hasta que, en 1971, siete de ellos decidieron formar los Emiratos Árabes Unidos: Abu Dhabi, el más grande; Ajman; Dubai, el puerto más importante; Fujairah; Ras al-Khaima; Sharjah, y Umm al-Qaiwain. Cada uno mantendría su gobierno local, pero tendrían una política exterior común. 

 

Mohammed bin Rashid Al Maktoum asumió como emir de Dubai en 2006, tras la muerte de su hermano, y es el vicepresidente de los Emiratos. Formado en Cambridge, se casó dos veces, la segunda con la hija del rey Hussein de Jordania. Tuvo 21 hijos y es amante de los halcones, los caballos y los camellos. Poseedor de una fortuna personal de 12000 millones de dólares, no necesitó un genio de la lámpara para cumplir su deseo de refundar Dubai y convertirla en una meca de los negocios y el turismo.

 

El primer deseo se lo encargó al arquitecto inglés Tom Wright. “Quiero un edificio que sea el nuevo símbolo de Dubai —dijo el jeque—, que se hable de él en el mundo entero y que sea el hotel más lujoso construido jamás. Que llegue del mar y mire hacia el futuro”. Y el jeque tuvo su Burj Al Arab —“torre de los árabes”—. Su segundo deseo necesitó de un pequeño ejército de ingenieros y geólogos: “Quiero la isla artificial más grande creada por el hombre, que pueda verse desde el espacio como una gran palmera, nuestro árbol insignia”. Y el jeque tuvo su Palmera Jumeirah. Su tercer deseo no se hizo esperar: “Quiero el edificio más alto del mundo, que se eleve al cielo como un estilete y brille como un diamante”. Y el jeque tuvo su Burj Khalifa. 

 

Estos tres deseos de Al Maktoum son los tres atractivos turísticos más visitados de Dubai. El Burj Khalifa, que significa “la torre del califa” —autoridad religiosa de los musulmanes—, se ve desde cualquier punto de la ciudad. Brilla de día y de noche, como un monumento omnipresente a la voluntad de poder y es definitivamente el ombligo de Dubai, su grito al mundo. Conviene, entonces, empezar por aquí. La torre, ubicada en pleno centro, está rodeada por una enorme explanada de 11 hectáreas con una inmensa fuente de aguas danzantes, atravesada por puentes.  

 

Sus 828 metros casi duplican al Empire State y la convierten en la torre más alta del mundo. Si bien tiene 160 pisos, el mirador está en el 122. Es imprescindible reservar el boleto con día y hora por internet con varias semanas de anticipación. Una vez arriba, no hay límite de tiempo para permanecer, pero sí hay cupos para subir. Los horarios más requeridos son los del atardecer y la noche, cuando la ciudad iluminada y el show de agua y luces se aprecian mejor.

 

De día, sin embargo, no sólo se ve en su esplendor la torre desde la explanada, sino que, desde lo alto, es posible comprender Dubai con un giro de cabeza: el desierto acosa a esta ciudad de acero nuevo. También se ve el mar turquesa y en el agua, en un diálogo, la otra torre insigne, el hotel Burj Al Arab. Más de 100 restaurantes y cafés en la explanada rodean la torre, algunos pertenecen al Dubai Mall. En cualquier ciudad occidental, este sitio estaría atestado de artistas callejeros, vendedores ambulantes, puestos de comida, osados patinadores y jóvenes compitiendo con sus peinados, piercings y tatuajes. Pero es Medio Oriente y la multitud está cubierta hasta los tobillos y camina educadamente con sus carritos de bebé, sin fumar, sin gritar, sin beber, sin tocarse. 

 

En las mesas al aire libre se observan pocas familias y muchos hombres que conversan y ríen mientras beben té y aspiran su shisha, pipas de agua saborizada sin tabaco. Todos esperan el show de las aguas danzantes que se repite cada media hora: éstas se elevan 150 metros, entre luces y serpenteos, mientras suena música árabe. Empezar el viaje aquí es tomar una clase intensiva de sus tradiciones. 

 

Con un poco de ingenio se descifran los secretos de sus vestidos y diferencias. La población estable de casi dos millones de habitantes está compuesta en 90% por musulmanes provenientes de otros países de la región. Los hombres nacidos en los Emiratos y en la Península Arábiga —Arabia Saudita, Omán, Yemen—, visten una túnica blanca llamada thawb y un pañuelo de algodón blanco, o a cuadros blancos y rojos o blancos y negros, la ghutra. Las mujeres visten una capa negra, larga y suelta, la abaya, que se colocan sobre la ropa cuando salen de sus casas o cuando van a ser vistas por cualquier hombre que no sea su marido, sus hijos, sus hermanos o su padre. Se cubren la cabeza con una especie de capucha, niqab, que les tapa también el cuello; algunos dejan al descubierto nariz y boca, otros apenas una ranura para los ojos.

 

Las abayas pueden estar adornadas con lentejuelas o listones de encaje negros. Pakistanís e indios, que son mayoría, calzan amplísimos pantalones de algodón y una camisa larga hasta la rodilla del mismo color, algunos llevan turbante. Las mujeres de Turkmenistán y Azerbaiyán visten pantalones coloridos y faldas amplias encima, y se cubren la cabeza y el cuello con un pañuelo o hiyab, mientras que las iranís se cubren con un chador, una especie de capa con capucha en una sola pieza. Lo importante es que el cuerpo de la mujer no se insinúe y despierte malos pensamientos en cualquier otro hombre que no sea su marido. 

 

El reino de fantasía

El Dubai Mall es probablemente uno de los shoppings más grandes y lujosos del mundo. En su superficie, equivalente a 50 canchas de futbol, hay más de 1200 tiendas, entre ellas 70 dedicadas a los diseñadores de alta costura y una sucursal de las parisinas Galeries Lafayette. Como parte de su programa favorito, muchos árabes prefieren estacionar sus Ferraris, Bugattis y Maseratis en la puerta misma del shopping, y no en el estacionamiento, para dejarse ver.

 

Un pequeño acto de vanidad que no ofende a Alá. Puede resultar incomprensible por qué miles de mujeres con sus severas abayas negras adoran mirar las vidrieras de Dior, Versace o Gaultier. Ocurre que cuando no hay ningún hombre prohibido cerca, pueden lucirse. Y, además, nada les impide colgarse del brazo una cartera Louis Vuitton, unos lentes Hermès o unos zapatos Louboutin. De pronto, el frenesí por las compras hace un alto ante el canto del muecín que llama a la oración. No es un muecín de carne y hueso como en las mezquitas, sino una grabación, pero surte el mismo efecto. Muchos se dirigen a las salas de oración, para hombres y para mujeres, que están junto a los baños del mall. 

 

En Dubai Mall hay un enorme acuario y un bazar al estilo tradicional, el Souk Al Bahar, pequeños locales para comprar pashminas y pañuelos de seda indios, cimitarras de Omán, cerámicas marroquís, alfombras iranís y los dátiles más ricos del mundo. Al lado está el Gold Souk, negocios dedicados a la joyería y la pedrería y las tiendas que venden niqabsabayas y coloridas túnicas largas hasta el piso, algunas bordadas, otras estampadas, de puro algodón y seda, que muchas occidentales se compran para estar menos llamativas. Ninguna mirada acusatoria condena a las turistas que andan de minifalda y escote, pero no es muy cómodo caminar con tanta piel al aire entre personas cubiertas de pies a cabeza. Una norma tácita pide ocultar hombros y rodillas, lo que se ajusta a muchas prendas que usamos en Occidente.

Viajar en metro es la mejor manera de trasladarse en Dubai. Las estaciones de techo de vidrio abovedado que se suceden sobre la Sheikh Zayed pertenecen a la línea roja que recorre 29 estaciones a lo largo de 52 kilómetros, desde el aeropuerto hasta la zona industrial de Jebel Ali. Funciona de forma automática, sin conductor, y los andenes están protegidos con paneles de vidrio que se abren una vez que llegó la formación. 

 

Muy cerca de la estación Financial Center está el hotel Shangri-La, una buena opción para hospedarse en el Downtown. Dos torres de 43 pisos con una imponente vista del Burj Khalifa, sobre todo desde los pisos altos del Horizon Club, donde está la piscina abierta hasta medianoche. Puertas adentro de un cinco estrellas como éste se consigue la única posibilidad de tomar alcohol en Dubai, aunque el Shangri-La lo restringe a quienes coman en sus restaurantes o se acerquen al bar en el happy hour.

 

La estación Deira City Center se ubica en otra zona de interés, el barrio de Dubai Creek, donde el río Khor, en realidad una ría de agua salada, se adentra 10 kilómetros en el territorio. Es el barrio más antiguo, donde está el primer puente, el Deira Shopping Mall y el Yacht & Golf Club, una especie de barrio cerrado donde está el Park Hyatt, que se anuncia con una puerta llena de arabescos flanqueada por dos mujeres en abaya. El desayuno en su terraza es una postal de los tesoros del desierto: confituras de dátiles e higos, queso de cabra, chabacanos secos, mermelada de naranja, té de menta, todo servido a la vera del río, con los rascacielos al otro lado.

 

En Union se puede cambiar a la línea verde del metro que llega a los cimientos de Dubai: sus antiguos mercados y primeras mezquitas ubicadas entre calles angostas. En las inmediaciones de la estación Baniyas están los negocios de teléfonos, computadoras y gps atendidos por iraquís que hablan un inglés rudimentario, pero que entienden a la perfección el lenguaje de señas cuando se trata de dinero. Regatear es un paso ineludible y siempre quedará la duda de si se pagó el precio justo. Un poco más cerca del río se ubica el mercado de las especias (Spice Souk) y el del oro (Gold Souk), aunque se entremezclan decenas de pequeños comercios donde venden pashminas, pañuelos, ghutras, túnicas y vestidos.

 

Del otro lado está Little India, en lo que era el antiguo mercado. Allí, indios de turbante ofrecen piezas enteras de seda y, como si fuera una estrategia de ventas, sus mujeres se pasean por las callecitas con preciosos saris de varios colores. El canto del muecín, aquí de carne y hueso, irrumpe y conmueve. Llama a la oración desde el minarete de la Gran Mezquita. Dan ganas de verle la cara cuando canta, dan ganas de creer en algo.

 

Todo por los cielos

En el otro extremo de donde estos inmigrantes viven al día está el hotel Burj Al Arab. Como un barco inmóvil, el segundo hotel más alto del mundo parece a punto de soltar amarras. Construido en el mar, a 200 metros de la playa, el hotel donde las habitaciones cuestan desde 1300 dólares la noche está hecho a la medida de reyes y princesas. Lo que no precisa explicación es la vista. Los enormes ventanales transmiten en hd un programa de tiempo completo: el mar turquesa, la playa, la omnipresente Burj Khalifa y, a pocos metros, el Hotel Jumeirah Beach y el Wild Wadi Waterpark, pertenecientes al mismo grupo. 

 

La Palmera Jumeirah, inmensa obra de ingeniería que sólo un jeque árabe podía realizar, fue construida en 2001. Son tres islas unidas en forma de una palmera datilera: al tronco, de más de dos kilómetros de largo, le siguen 17 frondas que parten de él y, rodeándolas, una gran isla en forma de anillo que funciona como un gigantesco rompeolas. Sólo el anillo demandó siete millones de toneladas de roca. El monorriel empieza su recorrido en Gateway Station, en el continente. Las siguientes estaciones son Palm Mall y Trump Tower y termina, cinco minutos después, en Aquaventure, en Atlantis. En su trayecto se ven la Palmera, edificios de vivienda no muy altos, casas con jardín, torres corporativas y 25 hoteles. 

 

El estilo de Atlantis es un canto a los petrodólares. Cada centímetro de pared, techo y piso tendrá un mural, un mosaico, un ornamento, un espejo. Tanto quienes se hospeden en el hotel como quienes vayan a Aquaventure, ingresan por un lobby de 19 metros de alto y circulan por galerías donde hay cajeros automáticos que expenden oro, tiendas de superlujo como Tiffany & Co., restaurantes donde cocinan chefs de dos y tres estrellas Michelin, ocho murales de seis metros de largo de Albino González, una impactante obra de 10 metros de alto y 3000 piezas de vidrio soplado del artista estadounidense Dale Chihuly. 

 

Regreso al desierto

Y después de tanto bullicio y sobreestimulación visual, un poco de monocromía y silencio: el desierto, postal de la Arabia antigua, algo que Al Maktoum no necesitó mandar a construir porque estaba allí antes de que su antepasado condujera a la tribu, y seguirá estando cuando sus 21 hijos sean abuelos. A poco más de 60 kilómetros de Dubai, en dirección a Sharjah, el resort Al Maha, ubicado dentro de una reserva natural de 225 kilómetros cuadrados, es el lugar para recordar que no hay poder económico que pueda superar la perfección de la naturaleza.

 

El desierto de la Península Arábiga no se parece a ningún otro. Dos clases de arena, amarilla y naranja por la presencia de óxido de hierro, distinguibles sólo cuando uno está a pocos centímetros, crean la sensación de un manto. En Al Maha entendieron que lo mejor era no competir con el desierto. Por eso, todas las paredes son del mismo color y los materiales son nobles: maderas, metales, alfombras de pura lana y tintes naturales. Fue levantado como un antiguo campamento beduino, las 42 suites están distribuidas entre senderos, lo suficientemente alejadas unas de otras como para sentirse solo en la inmensidad dorada. Cada suite cuenta con su propio deck con piscina y una de las actividades principales es sumergirse, escuchar el canto de los pájaros y ver pasar los animales o, mejor aún, mirar el cielo estrellado duplicado en el agua.

 

Por la tarde, con el sol próximo al horizonte, parten las caravanas de camellos dirigidas por un ranger sudafricano con traje de explorador. Tras media hora de travesía por una zona de dunas bajas, se detiene justo cuando el sol roza el horizonte y una tienda espera a los jinetes con champaña y dátiles.

 

Al alba, el plan es más adrenalínico: un raid en camionetas 4x4 por las dunas altas del desierto y próximas a la frontera con Omán. En los primeros kilómetros, el terreno es plano y se ven los últimos vestigios verdes, el ghaf, un conjunto de árboles que en realidad es uno solo que crece en rizoma, capaz de soportar el clima árido y generar un oasis. Después, el desierto se ondula y aparecen dunas cada vez más altas, de hasta 60 metros, al punto que las camionetas deben subirlas o bajarlas por turnos. En la más alta, las camionetas se detienen y los rangers sudafricanos dejan en libertad a los huéspedes que se descalzan y se lanzan con alegría infantil a caminar y a hundirse hasta las rodillas en la arena tibia.

 

Lo único que rompe la uniformidad del paisaje son las montañas de Omán, que se insinúan en la distancia. Los primeros rayos de sol refuerzan los tonos dorados. El resto del día será para caminar, descansar u observar el desierto con binoculares desde la terraza del lobby. 

 

Volver a Dubai, después del desierto, recuerda el contraste. Donde había arena, ahora hay una ciudad nueva, un testimonio de lo que, para bien y para mal, el hombre es capaz de hacer. t