Kampot y Kep: lo que queda del paraíso

Kampot y Kep: lo que queda del paraíso
Kampot y Kep son dos joyas todavía disimuladas entre las ciudades más turísticas del Sureste Asiático. 

 Kampot, en el suroeste de Camboya, se mira plácidamente al atardecer en el río homónimo al que acompaña. Las vetas violetas, rosáceas, anaranjadas del cielo parecen hacer juego con los tonos pastel de las agrietadas fachadas de arquitectura colonial francesa. Los pescadores se dirigen al río con sus cañas y redes, los viejos se sientan en las terrazas de los cafés a jugar ajedrez, los adolescentes deambulan por el paseo mientras se van prendiendo las luces de pequeños restaurantes y delicados hoteles. El viajero también pasea bajo los banianos y nadie merodea a su alrededor tratando de venderle algo (una experiencia que es casi inaudita en el Sureste Asiático). El viajero es uno más en este apacible y soñoliento lugar. 

A media hora de allí, Kep ni siquiera alcanza a ser un pueblo costero. Algunas casitas, antiguas villas convertidas en ruinas, otras hermosas villas modernistas restauradas, hamacas en las cuales comer y hacer la digestión frente al mar.

Por la mañana, mujeres cubiertas con sombreros de paja de ala ancha y botas para la lluvia se instalan en la orilla del mar con grandes cestas de mimbre llenas de cangrejos vivos que sumergen una y otra vez, mientras gritan como una cantinela los precios de los crustáceos. En Kep se encuentra el marisco más fresco de toda Camboya. Al lado de este pequeño mercado, donde los niños corretean y parece haberse reunido la totalidad del pueblo, una serie de desvencijados restaurantes elevados sobre pilotes en la playa ofrece hermosas vistas al golfo de Tailandia. 

Javiera, empedernida viajera y diseñadora chilena a la que acabo de conocer, y yo nos decidimos por uno de ellos y, cómo no, miramos al mar mientras comemos un exquisito cangrejo a la plancha untado de mantequilla. Javiera, con sus enormes ojos negros, me narra sus viajes por América Latina, Norte de África y ahora el Sureste Asiático. Se muestra algo desencantada con muchos de los destinos en Asia, aunque dice: “Esto es distinto. Es realmente hermoso”.

La vida parece haberse detenido en este instante, mientras observamos algunas barquitas temblando en el mar y Javiera rememora la temporada que acaba de pasar en Ouagadougou, la capital de Burkina Faso. Esto es la paz. Todo resulta remoto. Aunque parece ser que no continuará así por mucho tiempo, si atendemos a los planes de construcción que se avecinan en la zona. 

Éste es el momento de Kampot y Kep. Dentro de unos años seguramente no será muy distinto de la costa tailandesa o del mismo Sihanoukville, una ciudad en la costa camboyana donde las grúas y las obras comienzan a devorar la tranquilidad del lugar y los mochileros buscan un destino alternativo, más barato, a Tailandia. O Siem Riep, donde miles de autobuses inundan la ciudad con la intención de visitar los templos cercanos de Angkor Wat, el destino más famoso de Camboya. 

El camino entre Kampot y Kep es de una belleza pasmosa. Campos de arroz salpicados por casas de madera y bambú sobre pilotes —para evitar inundarse durante los monzones— y espigadas palmeras que explotan en una multitud de hojas allá en el cielo. Las pequeñas colinas que se yerguen al fondo son más azules que el cielo y los campos de arroz parecen de un verde reflectante. Los colores se saturan todavía más al verse uno sorprendido por la abundancia de agua de las lluvias monzónicas. De pronto hay que hacerse con una especie de capa de plástico que cubre todo el cuerpo y que se puede encontrar en cualquiera de los puestos callejeros o de las carreteras camboyanas. 

La quietud es absoluta hasta en la carretera. Quizás es posible cruzarse con alguna otra motocicleta, tuk-tuk o algún viejo Toyota. Por no mencionar algún búfalo de agua, cerdos o gallinas que se cruzan en el camino. Pero nada que ver con la densidad de tráfico que dejé atrás en Phnom Penh, la capital camboyana. La mejor forma de recorrer la zona es con una motocicleta que se puede alquilar en cualquier hospedaje por un precio más que razonable. 

Kep se convirtió en un retiro exquisito para los franceses en 1920. Ya en los sesenta se le consideraba la Riviera del Sureste Asiático (Kep-sur-Mer) con sus villas coloniales alineadas en la costa. En los años setenta, los jemeres destruyeron cualquier signo de vida burguesa y los franceses definitivamente se batieron en retirada. Dejaron de celebrarse bailes en las villas y desaparecieron las jóvenes que se enamoraban con hermosos vestidos de seda. La lluvia, la vegetación y el abandono se aliaron con los jemeres en el empeño destructivo.

Como todos los lugares abandonados, paraísos perdidos o lugares nunca descubiertos, Kampot y Kep se están desperezando tras un largo sueño. Digamos, más bien, pesadilla, porque la presencia de los últimos Jemeres Rojos escondidos por la zona se puede rastrear hasta 1995, mucho más tarde que en cualquier otro distrito del país asiático. Aquí, casi más que en otro rincón de Camboya, los habitantes cuentan con un familiar muerto durante el genocidio de los Jemeres Rojos.

De unos cinco años para acá, algunas fachadas coloniales de Kampot se están restaurando. Pequeños y acogedores hoteles han abierto sus puertas de cara al río y al mar. La exquisita gastronomía jemer y las plantaciones de la pimienta (la más valorada en el mundo solo unas décadas atrás) comenzaron a recuperarse lentamente. Restauradores con buen gusto, antiguos campesinos que se acuerdan de cómo cultivar el grano de pimienta más dulce y exquisito, y algunos viajeros inquietos están volviendo a insuflarle vida. 

Uno de los lugares con más personalidad e historia se llama Villa Romonea. En 1968, una cosmopolita familia jemer decidió construir esta villa en un lugar privilegiado entre el mar y las colinas del parque nacional de Kep con vistas magníficas de la montaña de Bokor. La villa fue diseñada por el famoso arquitecto local con influencias modernistas Lu Ban Hap, quien se exilió a Francia con la llegada del régimen jemer y nunca más volvería a su país de origen. 

La villa se construyó antes de la guerra y sus dueños, un farmacéutico y su mujer, morirían a manos de los jemeres. En 2007, los actuales dueños británicos quedaron fascinados con el lugar y decidieron reconstruirlo. Ahora la villa dispone de seis habitaciones que pueden alojar hasta 12 personas. La casa de formas curvas y de una blancura absoluta mira al mar, cuenta con una cancha de tenis, un pequeño campo de golf y una piscina de agua salada.

Stephane Arrii, el manager de Villa Romonea, nos enseña el diseño minimalista del interior que contrasta con la voluptuosidad de las paredes curvas. “La dueña original de la villa deseaba que el arquitecto aunara la filosofía del modernismo con el simbolismo oriental. La casa debía parecer un dragón y éstas serían sus alas”, explica mientras señala la parte trasera de la casa. Además, nos cuenta que se han celebrado bodas íntimas en la villa, despedidas de solteros, o sencillamente cuando un grupo de amigos decide alquilar la elegante casa un fin de semana. “Si en algún momento de mi vida decidiera casarme, sería aquí”, bromea Javiera tras abandonar el hotel. 

Otro de los hoteles boutique de la zona se llama Knai Bang Chatt y, como la Villa Romonea, también tiene una inspiración en la arquitectura modernista de Le Corbusier. En este caso fue un belga, Jef Moons, quien se enamoró de la casa en 2003 mientras estaba de vacaciones en Kep. Se decidió a restaurarla, y en 2006 la abrió al público como un hotel de 11 habitaciones, que incluye una alberca, un restaurante y un spa. Comer cangrejo a la pimienta en la veranda del Sailing Club mientras atardece en el golfo de Tailandia es una experiencia deliciosa. Moons señala: “Todavía es un lugar remoto. Me enamoré tanto de la gente como del paisaje”. 

La playa de Kep es rocosa. Pero sólo hace falta alquilar una barca y en media hora ya se puede alcanzar Koh Tonsáy, también conocida como Rabbit Island. Es una pequeña e idílica isla frente a Kep que no ocupa más de dos kilómetros. Antiguamente existían sencillas cabañas de madera con techos de paja a modo de búngalos, pero con la llegada de los jemeres fueron destruidas. Hoy sólo siete familias ocupan la isla y viven de cultivar cocoteros y de la pesca. Hay un pequeño restaurante en la playa que ofrece mariscos fresquísimos. También es posible alquilar por 5 o 10 dólares una elemental cabaña con un colchón y un mosquitero donde descansar durante la siesta. El atardecer es hermoso, la arena fina, y se tiene la sensación de ser el último Robinson Crusoe. Si se decide a pasar la noche, no hay electricidad. Sólo estará usted, su linterna, a lo mejor alguna hoguera nocturna y miles de estrellas en el cielo. Ningún ruido de karaoke, tráfico o bares irrumpirá el silencio total.

De vuelta en Kampot se puede disfrutar de un interesante paseo en un largo barco de pesca con el capitán Chim, un hombre de alrededor de 30 años. Kampot está lejos de ser el lugar cosmopolita que un día fue. Llegó incluso a ser el principal puerto del país hasta los años cincuenta, cuando Sihanoukville adquirió prominencia. El barco avanza entre manglares y pequeños pueblos pesqueros de la minoría musulmana cham. Dicha minoría forma 5% de la población camboyana y tiende a estar aislada de la mayoría jemer. Divisamos otros barcos pesqueros vietnamitas, antes de llegar a la desembocadura del golfo de Tailandia, que están echando las redes para la noche que se avecina. 

De vuelta en el pueblo, la mejor decisión es aventurarse al bonito hotel y al exquisito restaurante Rikitikitavi. Con una decoración extremadamente cuidada y por un precio más que módico, el antiguo granero reconvertido en hotel ofrece un pequeño número de habitaciones personalizadas. En el restaurante, con vista a las Montañas Elefante, se puede disfrutar de la gastronomía jemer, que comparte tanto influencias tailandesas como chinas, y que durante décadas prácticamente quedó fulminada por el régimen de los Jemeres Rojos. 

Se puede degustar el mítico pescado amok, uno de los platos más famosos de Camboya, que consiste en una mousse de pescado con agua de coco y kroeung, una pasta de curry jemer hecha con limoncillo, raíz de cúrcuma, ajo, echalotes y jengibre chino. Otro plato espectacular es el curry rojo jemer. Menos picante que los currys de la vecina Tailandia, el curry rojo tiene la misma base de agua de coco, pero el picante es mucho más abrumador. El plato lleva pollo, pescado o ternera con berenjenas, ejotes, papas, agua de coco fresca, limoncillo y kroeung. Es típico para las celebraciones de bodas en Camboya. Pero definitivamente en esta zona del país no hay que dejar pasar el cangrejo frito (kdam chaa) preparado con los granos de pimienta verde local. 

Entre otras delicadezas típicas camboyanas se incluyen las ranas con hierbas aromáticas. En ese sentido, Camboya es peor que Cantón, la provincia china donde se come todo lo que vuela, anda y repta. En los puestos callejeros de la capital es habitual encontrar cucarachas, gusanos y grillos fritos; también se puede comer pene de ternero y patas de pollo, e incluso encontrar restaurantes clandestinos que venden comida prohibida como el puercoespín o la serpiente. Aunque no son éstos los platos del Rikitikitavi. 

La delicadeza y la dulzura de la pimienta camboyana es muy especial. “Tiene una dimensión floral que es prácticamente única”, declara a la revista Time el famoso chef, escritor, presentador de televisión y viajero Anthony Bourdain. La pimienta camboyana se exportaba de forma masiva a Europa a principios del siglo xx, pero, como otros muchos aspectos del país, su producción quedó destruida durante la época de los Jemeres Rojos.

Las plantaciones de grano de pimienta roja, verde, blanca y negra se sustituyeron por cooperativas que sólo plantarían arroz. La pimienta empezó a cultivarse en Camboya a finales del siglo xix, una vez que los sultanes de Aceh, en la actual Indonesia, decidieron dejar de cultivarla temerosos de la avaricia europea. Camboya aprovechó la oportunidad y consiguió una pimienta deliciosa. 

El microclima de esta zona de Kampot es perfecto: los cultivos de pimienta están enclavados entre las montañas y el mar, con un suelo rico en minerales y con lluvias frecuentes. Los métodos tradicionales de cultivo se encargan del resto. Ahora los ancianos campesinos han podido recuperar sus conocimientos y enseñar el saber hacer a las nuevas generaciones. La pimienta es el primer producto de Camboya que disfruta un estatus de protección geográfica en Estados Unidos, lo que certifica los orígenes de los alimentos regionales. En 2010, la Unión Europea y el gobierno camboyano también le concedieron la “denominación geográfica”, lo que ha contribuido a elevar su estatus. 

Si se siente curiosidad por el cultivo de pimienta y se tiene intención de ayudar a la economía local, nada mejor que pernoctar en The Vine Retreat, un pequeño hotel y restaurante con conciencia ecológica acompañado de una granja orgánica situado en una zona selvática a los pies de una montaña llamada Phnom Vor. El hotel se encuentra en el pueblo de Chamcar Bei en la provincia de Kep.

La granja produce verduras, hierbas y frutas y, sobre todo, la famosa pimienta de Kampot. Los trabajadores proceden de Chamcar Bei y han aprendido las técnicas de agricultura orgánica para el cultivo. Además, el cultivo de pimienta hace uso de los métodos tradicionales que le han dado fama a este producto durante más de 100 años. Cualquiera de los empleados estará más que dispuesto a enseñarle la plantación de granos de pimienta y cómo se realiza el cultivo. 

El dueño, David Pred, comenzó con la plantación de Chamcar Bei por medio de su trabajo con la organización Bridges Across Borders, que ha construido entre otras cosas una escuela y una clínica locales. Si no se hubiera construido este colegio, que abrió sus puertas en 2007, los niños del pueblo irían directamente a trabajar a los campos. A Pred le pareció interesante reavivar la economía de la comunidad, al mismo tiempo que se generan ganancias y no se destruye el medioambiente. 

The Vine colabora con comunidades locales que se dedican a vender artesanía y productos de comercio justo, además apoya grupos que organizan excursiones de trekking por la selva. También cuentan con profesores de yoga los fines de semana. Por si fuera poco, las habitaciones cuestan menos de 50 dólares la noche.

Alrededor de Kep también se pueden visitar tres cuevas, algunas de ellas con pequeños santuarios dentro. La más impresionante tiene formaciones de piedra caliza y está situada cerca de Kampong Trach. 

Otro secreto a voces que no necesita publicidad es Les Manguiers, una joya situada a la orilla del río a unos dos kilómetros de Kampot regentada por una pareja francesa-camboyana. Para la tribu de expatriados que viven en Phnom Penh, desde el personal de las ong pasando por la onu o las embajadas, es una especie de paraíso perdido donde desconectarse de una urbe con un ritmo cada vez más frenético. Existen habitaciones tanto en la casa de dos plantas como en los búngalos de madera de alrededor. Los búngalos son muy espaciosos y cuentan con una terraza con magníficas vistas al río y a las montañas. La comida es excelente y consiste en productos locales, aunque hay que dar aviso durante el día si se quiere cenar allí. Es un lugar muy bien equipado para las familias, con zonas de recreo para niños, kayaks, bicicletas y canoas. También se puede jugar a la petanca, al ping-pong y, lo mejor, zambullirse en el río. Como en casi todos los hoteles, restaurantes, villas reseñados aquí, se trata de un lugar donde se puede olvidar de la vida que uno lleve en ese momento, cualquiera que sea, puede desconectarse, encontrar la paz y experimentar cómo se para el tiempo.

Pero esta tranquilidad de paraíso perdido no durará mucho. Para empezar es toda una excepción en la explotada geografía turística del Sureste Asiático, donde a los mochileros le siguen los viajeros con sentido de alerta, para después verse sometido a una pura masificación y abuso comercial. Conglomerados procedentes de Rusia, China, Vietnam y la propia Camboya ya se están poniendo en marcha para explotar estas dos localidades del sur de Camboya perdidas en el tiempo. 

El ejemplo más dramático se encuentra en la montaña Bokor, situada en el Parque Nacional de Preah Monivong. Una montaña de 1 080 metros cubierta de jungla y especies raras de pájaros y otros animales, como podría ser el tigre camboyano. En la cumbre de la montaña yace una serie de edificios abandonados que en los años cuarenta formaron una especie de retiro exquisito para los franceses y la nobleza camboyana. Para evitar el intenso calor de la capital y de la llanura erigieron en lo alto de la montaña un hotel, un casino, una oficina de correos y una iglesia. El grandioso edificio, en su día cubierto de mármoles y madera, fue abandonado, inicialmente durante la primera guerra de Indochina y después en los años setenta cuando los Jemeres Rojos lo convirtieron en su fortaleza hasta hace no mucho tiempo. “Sólo Dios sabe la cantidad de cuerpos que rodaron por este acantilado tras haber sido asesinados por los Jemeres Rojos”, señala en la dirección trasera del edificio Athit, el guía que nos ha conducido hasta allí. Athit es un anciano que sube las rocas estirando rápidamente sus cortas piernas. Mi respiración se acelera bruscamente cuando subimos los últimos tramos de la montaña, mientras Athit parece que está de paseo a la orilla del río. El anciano pasó 12 años escondido en la selva después de que los jemeres mataran a toda su familia. 

Sokimex, la compañía petrolífera y bancaria, junto con su división en la restauración —Sokha Hotels & Resorts—, está desarrollando el área y ha creado un acceso de carretera hasta la cumbre de la montaña. Cuando llegamos a la cumbre en un 4x4, habíamos dejado atrás un día soleado y nos encontrabamos inmersos en una inquietante niebla. 

Las ruinas del hotel abandonado, con goterones por todas partes, ventanas rotas, moho en las paredes, charcos y grietas aumentan la sensación de misterio. Todavía se reconocen algunos mosaicos del suelo y quedan en pie los restos de lo que tuvo que ser una hermosa chimenea. La iglesia, compacta, estrecha y de ladrillo rojo también refulge como una extraña belleza. Cuando nos internamos en ella, vemos que algunos trabajadores se han alojado ahí. Lo que antes era un altar hace las veces de tendedero. Y es que ya está en marcha la construcción de un gran hotel con 652 habitaciones, un campo de golf y un casino de manos de Sokimex. Cientos de trabajadores que ya pusieron manos a la obra para levantar la carretera de varios carriles que lleva hasta la cumbre, ahora continúan afanosos con la construcción de los nuevos edificios. 

El destrozo medioambiental del parque natural puede ser significativo, también la destrucción del patrimonio cultural. Pero, sobre todo, ¿seguirán siendo Kampot y Kep los mismos lugares después de estos planes de desarrollo turístico? Mejor encontrar Kampot y Kep ahora, antes de que lo que encuentren otros —muchos— dentro de algunos —pocos— años. 

Kampot y Kep: lo que queda del paraíso
Kampot y Kep son dos joyas todavía disimuladas entre las ciudades más turísticas del Sureste Asiático. 
Julio 17, 14
Fotografías por:
Fotos por Will Baxter
Fotos por Will Baxter

 Kampot, en el suroeste de Camboya, se mira plácidamente al atardecer en el río homónimo al que acompaña. Las vetas violetas, rosáceas, anaranjadas del cielo parecen hacer juego con los tonos pastel de las agrietadas fachadas de arquitectura colonial francesa. Los pescadores se dirigen al río con sus cañas y redes, los viejos se sientan en las terrazas de los cafés a jugar ajedrez, los adolescentes deambulan por el paseo mientras se van prendiendo las luces de pequeños restaurantes y delicados hoteles. El viajero también pasea bajo los banianos y nadie merodea a su alrededor tratando de venderle algo (una experiencia que es casi inaudita en el Sureste Asiático). El viajero es uno más en este apacible y soñoliento lugar. 

A media hora de allí, Kep ni siquiera alcanza a ser un pueblo costero. Algunas casitas, antiguas villas convertidas en ruinas, otras hermosas villas modernistas restauradas, hamacas en las cuales comer y hacer la digestión frente al mar.

Por la mañana, mujeres cubiertas con sombreros de paja de ala ancha y botas para la lluvia se instalan en la orilla del mar con grandes cestas de mimbre llenas de cangrejos vivos que sumergen una y otra vez, mientras gritan como una cantinela los precios de los crustáceos. En Kep se encuentra el marisco más fresco de toda Camboya. Al lado de este pequeño mercado, donde los niños corretean y parece haberse reunido la totalidad del pueblo, una serie de desvencijados restaurantes elevados sobre pilotes en la playa ofrece hermosas vistas al golfo de Tailandia. 

Javiera, empedernida viajera y diseñadora chilena a la que acabo de conocer, y yo nos decidimos por uno de ellos y, cómo no, miramos al mar mientras comemos un exquisito cangrejo a la plancha untado de mantequilla. Javiera, con sus enormes ojos negros, me narra sus viajes por América Latina, Norte de África y ahora el Sureste Asiático. Se muestra algo desencantada con muchos de los destinos en Asia, aunque dice: “Esto es distinto. Es realmente hermoso”.

La vida parece haberse detenido en este instante, mientras observamos algunas barquitas temblando en el mar y Javiera rememora la temporada que acaba de pasar en Ouagadougou, la capital de Burkina Faso. Esto es la paz. Todo resulta remoto. Aunque parece ser que no continuará así por mucho tiempo, si atendemos a los planes de construcción que se avecinan en la zona. 

Éste es el momento de Kampot y Kep. Dentro de unos años seguramente no será muy distinto de la costa tailandesa o del mismo Sihanoukville, una ciudad en la costa camboyana donde las grúas y las obras comienzan a devorar la tranquilidad del lugar y los mochileros buscan un destino alternativo, más barato, a Tailandia. O Siem Riep, donde miles de autobuses inundan la ciudad con la intención de visitar los templos cercanos de Angkor Wat, el destino más famoso de Camboya. 

El camino entre Kampot y Kep es de una belleza pasmosa. Campos de arroz salpicados por casas de madera y bambú sobre pilotes —para evitar inundarse durante los monzones— y espigadas palmeras que explotan en una multitud de hojas allá en el cielo. Las pequeñas colinas que se yerguen al fondo son más azules que el cielo y los campos de arroz parecen de un verde reflectante. Los colores se saturan todavía más al verse uno sorprendido por la abundancia de agua de las lluvias monzónicas. De pronto hay que hacerse con una especie de capa de plástico que cubre todo el cuerpo y que se puede encontrar en cualquiera de los puestos callejeros o de las carreteras camboyanas. 

La quietud es absoluta hasta en la carretera. Quizás es posible cruzarse con alguna otra motocicleta, tuk-tuk o algún viejo Toyota. Por no mencionar algún búfalo de agua, cerdos o gallinas que se cruzan en el camino. Pero nada que ver con la densidad de tráfico que dejé atrás en Phnom Penh, la capital camboyana. La mejor forma de recorrer la zona es con una motocicleta que se puede alquilar en cualquier hospedaje por un precio más que razonable. 

Kep se convirtió en un retiro exquisito para los franceses en 1920. Ya en los sesenta se le consideraba la Riviera del Sureste Asiático (Kep-sur-Mer) con sus villas coloniales alineadas en la costa. En los años setenta, los jemeres destruyeron cualquier signo de vida burguesa y los franceses definitivamente se batieron en retirada. Dejaron de celebrarse bailes en las villas y desaparecieron las jóvenes que se enamoraban con hermosos vestidos de seda. La lluvia, la vegetación y el abandono se aliaron con los jemeres en el empeño destructivo.

Como todos los lugares abandonados, paraísos perdidos o lugares nunca descubiertos, Kampot y Kep se están desperezando tras un largo sueño. Digamos, más bien, pesadilla, porque la presencia de los últimos Jemeres Rojos escondidos por la zona se puede rastrear hasta 1995, mucho más tarde que en cualquier otro distrito del país asiático. Aquí, casi más que en otro rincón de Camboya, los habitantes cuentan con un familiar muerto durante el genocidio de los Jemeres Rojos.

De unos cinco años para acá, algunas fachadas coloniales de Kampot se están restaurando. Pequeños y acogedores hoteles han abierto sus puertas de cara al río y al mar. La exquisita gastronomía jemer y las plantaciones de la pimienta (la más valorada en el mundo solo unas décadas atrás) comenzaron a recuperarse lentamente. Restauradores con buen gusto, antiguos campesinos que se acuerdan de cómo cultivar el grano de pimienta más dulce y exquisito, y algunos viajeros inquietos están volviendo a insuflarle vida. 

Uno de los lugares con más personalidad e historia se llama Villa Romonea. En 1968, una cosmopolita familia jemer decidió construir esta villa en un lugar privilegiado entre el mar y las colinas del parque nacional de Kep con vistas magníficas de la montaña de Bokor. La villa fue diseñada por el famoso arquitecto local con influencias modernistas Lu Ban Hap, quien se exilió a Francia con la llegada del régimen jemer y nunca más volvería a su país de origen. 

La villa se construyó antes de la guerra y sus dueños, un farmacéutico y su mujer, morirían a manos de los jemeres. En 2007, los actuales dueños británicos quedaron fascinados con el lugar y decidieron reconstruirlo. Ahora la villa dispone de seis habitaciones que pueden alojar hasta 12 personas. La casa de formas curvas y de una blancura absoluta mira al mar, cuenta con una cancha de tenis, un pequeño campo de golf y una piscina de agua salada.

Stephane Arrii, el manager de Villa Romonea, nos enseña el diseño minimalista del interior que contrasta con la voluptuosidad de las paredes curvas. “La dueña original de la villa deseaba que el arquitecto aunara la filosofía del modernismo con el simbolismo oriental. La casa debía parecer un dragón y éstas serían sus alas”, explica mientras señala la parte trasera de la casa. Además, nos cuenta que se han celebrado bodas íntimas en la villa, despedidas de solteros, o sencillamente cuando un grupo de amigos decide alquilar la elegante casa un fin de semana. “Si en algún momento de mi vida decidiera casarme, sería aquí”, bromea Javiera tras abandonar el hotel. 

Otro de los hoteles boutique de la zona se llama Knai Bang Chatt y, como la Villa Romonea, también tiene una inspiración en la arquitectura modernista de Le Corbusier. En este caso fue un belga, Jef Moons, quien se enamoró de la casa en 2003 mientras estaba de vacaciones en Kep. Se decidió a restaurarla, y en 2006 la abrió al público como un hotel de 11 habitaciones, que incluye una alberca, un restaurante y un spa. Comer cangrejo a la pimienta en la veranda del Sailing Club mientras atardece en el golfo de Tailandia es una experiencia deliciosa. Moons señala: “Todavía es un lugar remoto. Me enamoré tanto de la gente como del paisaje”. 

La playa de Kep es rocosa. Pero sólo hace falta alquilar una barca y en media hora ya se puede alcanzar Koh Tonsáy, también conocida como Rabbit Island. Es una pequeña e idílica isla frente a Kep que no ocupa más de dos kilómetros. Antiguamente existían sencillas cabañas de madera con techos de paja a modo de búngalos, pero con la llegada de los jemeres fueron destruidas. Hoy sólo siete familias ocupan la isla y viven de cultivar cocoteros y de la pesca. Hay un pequeño restaurante en la playa que ofrece mariscos fresquísimos. También es posible alquilar por 5 o 10 dólares una elemental cabaña con un colchón y un mosquitero donde descansar durante la siesta. El atardecer es hermoso, la arena fina, y se tiene la sensación de ser el último Robinson Crusoe. Si se decide a pasar la noche, no hay electricidad. Sólo estará usted, su linterna, a lo mejor alguna hoguera nocturna y miles de estrellas en el cielo. Ningún ruido de karaoke, tráfico o bares irrumpirá el silencio total.

De vuelta en Kampot se puede disfrutar de un interesante paseo en un largo barco de pesca con el capitán Chim, un hombre de alrededor de 30 años. Kampot está lejos de ser el lugar cosmopolita que un día fue. Llegó incluso a ser el principal puerto del país hasta los años cincuenta, cuando Sihanoukville adquirió prominencia. El barco avanza entre manglares y pequeños pueblos pesqueros de la minoría musulmana cham. Dicha minoría forma 5% de la población camboyana y tiende a estar aislada de la mayoría jemer. Divisamos otros barcos pesqueros vietnamitas, antes de llegar a la desembocadura del golfo de Tailandia, que están echando las redes para la noche que se avecina. 

De vuelta en el pueblo, la mejor decisión es aventurarse al bonito hotel y al exquisito restaurante Rikitikitavi. Con una decoración extremadamente cuidada y por un precio más que módico, el antiguo granero reconvertido en hotel ofrece un pequeño número de habitaciones personalizadas. En el restaurante, con vista a las Montañas Elefante, se puede disfrutar de la gastronomía jemer, que comparte tanto influencias tailandesas como chinas, y que durante décadas prácticamente quedó fulminada por el régimen de los Jemeres Rojos. 

Se puede degustar el mítico pescado amok, uno de los platos más famosos de Camboya, que consiste en una mousse de pescado con agua de coco y kroeung, una pasta de curry jemer hecha con limoncillo, raíz de cúrcuma, ajo, echalotes y jengibre chino. Otro plato espectacular es el curry rojo jemer. Menos picante que los currys de la vecina Tailandia, el curry rojo tiene la misma base de agua de coco, pero el picante es mucho más abrumador. El plato lleva pollo, pescado o ternera con berenjenas, ejotes, papas, agua de coco fresca, limoncillo y kroeung. Es típico para las celebraciones de bodas en Camboya. Pero definitivamente en esta zona del país no hay que dejar pasar el cangrejo frito (kdam chaa) preparado con los granos de pimienta verde local. 

Entre otras delicadezas típicas camboyanas se incluyen las ranas con hierbas aromáticas. En ese sentido, Camboya es peor que Cantón, la provincia china donde se come todo lo que vuela, anda y repta. En los puestos callejeros de la capital es habitual encontrar cucarachas, gusanos y grillos fritos; también se puede comer pene de ternero y patas de pollo, e incluso encontrar restaurantes clandestinos que venden comida prohibida como el puercoespín o la serpiente. Aunque no son éstos los platos del Rikitikitavi. 

La delicadeza y la dulzura de la pimienta camboyana es muy especial. “Tiene una dimensión floral que es prácticamente única”, declara a la revista Time el famoso chef, escritor, presentador de televisión y viajero Anthony Bourdain. La pimienta camboyana se exportaba de forma masiva a Europa a principios del siglo xx, pero, como otros muchos aspectos del país, su producción quedó destruida durante la época de los Jemeres Rojos.

Las plantaciones de grano de pimienta roja, verde, blanca y negra se sustituyeron por cooperativas que sólo plantarían arroz. La pimienta empezó a cultivarse en Camboya a finales del siglo xix, una vez que los sultanes de Aceh, en la actual Indonesia, decidieron dejar de cultivarla temerosos de la avaricia europea. Camboya aprovechó la oportunidad y consiguió una pimienta deliciosa. 

El microclima de esta zona de Kampot es perfecto: los cultivos de pimienta están enclavados entre las montañas y el mar, con un suelo rico en minerales y con lluvias frecuentes. Los métodos tradicionales de cultivo se encargan del resto. Ahora los ancianos campesinos han podido recuperar sus conocimientos y enseñar el saber hacer a las nuevas generaciones. La pimienta es el primer producto de Camboya que disfruta un estatus de protección geográfica en Estados Unidos, lo que certifica los orígenes de los alimentos regionales. En 2010, la Unión Europea y el gobierno camboyano también le concedieron la “denominación geográfica”, lo que ha contribuido a elevar su estatus. 

Si se siente curiosidad por el cultivo de pimienta y se tiene intención de ayudar a la economía local, nada mejor que pernoctar en The Vine Retreat, un pequeño hotel y restaurante con conciencia ecológica acompañado de una granja orgánica situado en una zona selvática a los pies de una montaña llamada Phnom Vor. El hotel se encuentra en el pueblo de Chamcar Bei en la provincia de Kep.

La granja produce verduras, hierbas y frutas y, sobre todo, la famosa pimienta de Kampot. Los trabajadores proceden de Chamcar Bei y han aprendido las técnicas de agricultura orgánica para el cultivo. Además, el cultivo de pimienta hace uso de los métodos tradicionales que le han dado fama a este producto durante más de 100 años. Cualquiera de los empleados estará más que dispuesto a enseñarle la plantación de granos de pimienta y cómo se realiza el cultivo. 

El dueño, David Pred, comenzó con la plantación de Chamcar Bei por medio de su trabajo con la organización Bridges Across Borders, que ha construido entre otras cosas una escuela y una clínica locales. Si no se hubiera construido este colegio, que abrió sus puertas en 2007, los niños del pueblo irían directamente a trabajar a los campos. A Pred le pareció interesante reavivar la economía de la comunidad, al mismo tiempo que se generan ganancias y no se destruye el medioambiente. 

The Vine colabora con comunidades locales que se dedican a vender artesanía y productos de comercio justo, además apoya grupos que organizan excursiones de trekking por la selva. También cuentan con profesores de yoga los fines de semana. Por si fuera poco, las habitaciones cuestan menos de 50 dólares la noche.

Alrededor de Kep también se pueden visitar tres cuevas, algunas de ellas con pequeños santuarios dentro. La más impresionante tiene formaciones de piedra caliza y está situada cerca de Kampong Trach. 

Otro secreto a voces que no necesita publicidad es Les Manguiers, una joya situada a la orilla del río a unos dos kilómetros de Kampot regentada por una pareja francesa-camboyana. Para la tribu de expatriados que viven en Phnom Penh, desde el personal de las ong pasando por la onu o las embajadas, es una especie de paraíso perdido donde desconectarse de una urbe con un ritmo cada vez más frenético. Existen habitaciones tanto en la casa de dos plantas como en los búngalos de madera de alrededor. Los búngalos son muy espaciosos y cuentan con una terraza con magníficas vistas al río y a las montañas. La comida es excelente y consiste en productos locales, aunque hay que dar aviso durante el día si se quiere cenar allí. Es un lugar muy bien equipado para las familias, con zonas de recreo para niños, kayaks, bicicletas y canoas. También se puede jugar a la petanca, al ping-pong y, lo mejor, zambullirse en el río. Como en casi todos los hoteles, restaurantes, villas reseñados aquí, se trata de un lugar donde se puede olvidar de la vida que uno lleve en ese momento, cualquiera que sea, puede desconectarse, encontrar la paz y experimentar cómo se para el tiempo.

Pero esta tranquilidad de paraíso perdido no durará mucho. Para empezar es toda una excepción en la explotada geografía turística del Sureste Asiático, donde a los mochileros le siguen los viajeros con sentido de alerta, para después verse sometido a una pura masificación y abuso comercial. Conglomerados procedentes de Rusia, China, Vietnam y la propia Camboya ya se están poniendo en marcha para explotar estas dos localidades del sur de Camboya perdidas en el tiempo. 

El ejemplo más dramático se encuentra en la montaña Bokor, situada en el Parque Nacional de Preah Monivong. Una montaña de 1080 metros cubierta de jungla y especies raras de pájaros y otros animales, como podría ser el tigre camboyano. En la cumbre de la montaña yace una serie de edificios abandonados que en los años cuarenta formaron una especie de retiro exquisito para los franceses y la nobleza camboyana. Para evitar el intenso calor de la capital y de la llanura erigieron en lo alto de la montaña un hotel, un casino, una oficina de correos y una iglesia. El grandioso edificio, en su día cubierto de mármoles y madera, fue abandonado, inicialmente durante la primera guerra de Indochina y después en los años setenta cuando los Jemeres Rojos lo convirtieron en su fortaleza hasta hace no mucho tiempo. “Sólo Dios sabe la cantidad de cuerpos que rodaron por este acantilado tras haber sido asesinados por los Jemeres Rojos”, señala en la dirección trasera del edificio Athit, el guía que nos ha conducido hasta allí. Athit es un anciano que sube las rocas estirando rápidamente sus cortas piernas. Mi respiración se acelera bruscamente cuando subimos los últimos tramos de la montaña, mientras Athit parece que está de paseo a la orilla del río. El anciano pasó 12 años escondido en la selva después de que los jemeres mataran a toda su familia. 

Sokimex, la compañía petrolífera y bancaria, junto con su división en la restauración —Sokha Hotels & Resorts—, está desarrollando el área y ha creado un acceso de carretera hasta la cumbre de la montaña. Cuando llegamos a la cumbre en un 4x4, habíamos dejado atrás un día soleado y nos encontrabamos inmersos en una inquietante niebla. 

Las ruinas del hotel abandonado, con goterones por todas partes, ventanas rotas, moho en las paredes, charcos y grietas aumentan la sensación de misterio. Todavía se reconocen algunos mosaicos del suelo y quedan en pie los restos de lo que tuvo que ser una hermosa chimenea. La iglesia, compacta, estrecha y de ladrillo rojo también refulge como una extraña belleza. Cuando nos internamos en ella, vemos que algunos trabajadores se han alojado ahí. Lo que antes era un altar hace las veces de tendedero. Y es que ya está en marcha la construcción de un gran hotel con 652 habitaciones, un campo de golf y un casino de manos de Sokimex. Cientos de trabajadores que ya pusieron manos a la obra para levantar la carretera de varios carriles que lleva hasta la cumbre, ahora continúan afanosos con la construcción de los nuevos edificios. 

El destrozo medioambiental del parque natural puede ser significativo, también la destrucción del patrimonio cultural. Pero, sobre todo, ¿seguirán siendo Kampot y Kep los mismos lugares después de estos planes de desarrollo turístico? Mejor encontrar Kampot y Kep ahora, antes de que lo que encuentren otros —muchos— dentro de algunos —pocos— años.