Qué hacer en Seúl

Qué hacer en Seúl
La aventura de descubrir la cara más desconocida de Corea. 
Julio 25, 14
Fotografías por:

Es mi primer día en Seúl. Tomo un taxi para ir a conocer a Yu Yun, una amiga de una amiga que quiere presentarme la comida tradicional de los templos budistas. En medio de una avenida el taxista para y señala una calle empinada. No entiendo absolutamente nada de lo que me dice pero asumo que para llegar a mi destino tendré que seguir a pie. Un WiFi abierto y Skype me salvan la vida y Yu Yun me recibe en su casa con tres amigas más, y toda una introducción a la gastronomía local. Será difícil superar mi suerte de primeriza: en unas cuantas horas descubrí todo el universo que existe más allá del kimchi.

 

La primera impresión

Después de la cena de bienvenida del primer día, salgo a la mañana siguiente a pasear por la zona del centro, Mayeong-dong. Seúl es aquí otra gran metrópoli asiática, hay oficinas pero también comercio, y de todos los niveles: desde gigantescos centros comerciales hasta una calle repleta de puestos ambulantes. En Namdaemun, un enorme mercado callejero, la ciudad no podría estar más viva (y eso que el calor del verano se ha adelantado y la arena que sopla desde China hace que el ambiente sea oprimente). Más allá de la apariencia y el idioma, el entorno es totalmente familiar. Bajo a un cruce subterráneo y encuentro que el mercado continúa bajo tierra, un inmenso sistema de túneles comerciales donde me encuentro con boutiques que ofrecen desde productos farmacéuticos y de belleza, hasta librerías y cafeterías.

 

Mi paseo continúa por la zona del ayuntamiento y el palacio de Deoksugung. Justo al llegar a la discreta entrada del palacio tengo suerte de encontrarme con el cambio de guardia. Los turistas nos arremolinamos para sacar alguna foto de uno de los guardias. Me cuelo por una de las puertas laterales, y descubro que del otro lado hay un gigantesco parque, perfectamente mantenido, lleno de gente en plan relajado: unos toman café, otros dormitan bajo la sombra de los árboles y la imagen me resulta como salida de un cuento. En realidad se trata de uno de los palacios más pequeños pero, durante el tiempo de la ocupación japonesa, fue aquí donde se refugió el rey. En la parte de atrás se extienden los edificios de la embajada británica. Me siento en una banca protegida por la sombra de un árbol, y miro las escenas a mi alrededor. En una ciudad moderna como Seúl, esto resulta un verdadero oasis. 

 

La visión más clásica

El plan es encontrarme con Yu Yun a la una de la tarde en la estación de Anguk, muy cerca del palacio de Gyeongbokgung, así que decido llegar temprano y aprovechar para explorarlo. Éste fue el palacio principal durante la dinastía Joseon hasta que fue destruido con la llegada de los japoneses. Hoy, sólo el 40% de la arquitectura es original, pero si no fuera porque lo leí en mi guía, posiblemente no me hubiera dado cuenta.

 

Entro por uno de los extremos, donde se encuentra el Museo Folclórico Nacional, y me pierdo entre las construcciones tradicionales: son más de 300 repartidas en 432 mil metros cuadrados. Me siento como en un cuento, rodeada de edificios llenos de curvas y colores, que se van sucediendo uno a otro, de todos los tamaños y las formas. Aunque con más de 35 grados, y bastante humedad, tengo que hacer pequeñas pausas cada tanto para recuperar los ánimos. No me sorprende que para el turismo que viene a Corea del Sur ésta sea la atracción número uno. Detrás del gigantesco complejo se levanta el monte Bugak o Bugaksan, resguardando el palacio y dándole a los habitantes un espacio ideal para hacer senderismo los fines de semana.

 

Me encuentro con Yu Yun para perdernos por los callejones de Bukchon, una de las pocas zonas de la ciudad donde todavía se mantienen construcciones tradicionales. El gobierno ha hecho un gran esfuerzo por mantener esta zona, por eso ayuda económicamente a quien decide mudarse aquí o abrir un negocio en una de estas casitas, que a mí me parecen preciosas. El paseo es muy agradable, y con la tranquilidad de ir siguiendo a Yu Yun me concentro en mantener los ojos bien abiertos. Encontramos un local que vende cerámica moderna inspirada en la tradicional coreana y me sorprenden los acabados en los esmaltes.

 

Más adelante entramos a una tienda que vende cds y vinilos de bandas independientes. Y ya empezando a bajar de nuevo hacía Samcheong no somos capaces de resistir una pequeña boutique que vende la última moda inspirada en los trajes típicos coreanos. Con el cansancio encima no queda de otra que hacer una escala para comer, y Yu Yun me lleva a probar los dumplings coreanos, una deliciosa invención que me recuerda a unos tortellinis gigantes. El relleno es de verduras y, como todo en este país, se comen con kimchi y un toque de soya. También llegan a la mesa unos noodles fríos con salsa verde más bien extraños. La comida coreana me resulta hasta ahora increíblemente diversa y deliciosa, aunque me pregunto cómo habría hecho para pedir esto si estuviera sola.

 

Al anochecer nos movemos a una zona donde no existen los turistas, en el noreste de la ciudad. Caminamos por Dongsomundong, entre callejones y canales, y nos instalamos en un restaurante tradicional alrededor de una mesa baja, donde hay que quitarse los zapatos antes de entrar. Empiezan a salir platos de la cocina, algunos muy fáciles. Hay, por ejemplo una especie de omelette con cebollas tiernas que me recuerda a un okonomiyaki japonés. Traen una sopa verdaderamente picante, tanto que después de unas cucharadas decido no comer más. Después llega la comida coreana hardcore y la idea, desde luego, es que la mexicana tenga la valentía de probarla.

 

El olor es fuerte e intenso, la textura imposible, pero aún así hago el esfuerzo de tragar, es pescado crudo fermentado. De nuevo hay kimchi y también arroz blanco, algo que los coreanos consumen como si fueran tortillas. Toda la comida se sirve en el centro y se comparte, cada quien tiene un par de palillos, una cuchara y un plato pequeño. Nunca debo de servirme de beber sino esperar a que alguien más lo haga, y por suerte todo el mundo en la mesa está atento a los vasos vacíos. De pronto, mientras los coreanos se pierden en sus discusiones y olvidan que estoy aquí, me divierto intentando descifrar por sus expresiones los temas de los que hablan: me recuerdan que estoy muy lejos de casa.

 

Lo mejor llega de noche

Seúl es una ciudad inmensa y las distancias son grandes, cinco días apenas son suficientes para darme una idea elemental. Al día siguiente exploro Insa-dong, un barrio tradicional que hace ya tiempo se convirtió en un sitio turístico y comercial. El secreto es no tenerle miedo a los callejones, pues es exactamente ahí donde se esconden los mejores locales. Después sigo a la zona del centro, para ver el canal de Cheonggyecheon, un gran proyecto de recuperación urbana que literalmente rescató un río que había sido desviado. Luego sigo al templo Jogyesa, uno de los espacios budistas más importantes de la ciudad. Pero aún me falta ver la mejor cara de Seúl. Ceci y Andrés, coreana y colombiano, son los encargados de llevarme a descubrir el rostro más real de Seúl, el de la noche y el soju.

 

Nos encaminamos a Noryangjin, el mercado de pescado. Tomamos el metro, cruzamos el río y ya estamos ahí. El edificio es muy grande, pero lo que más me sorprende al asomarme a la nave central es descubrir que en cada puesto los peces están vivos, esperando a los clientes. Miles de peceras, de todos tamaños y colores, se apilan una sobre otra ofreciéndole a los compradores una versión mejorada de la “pesca fresca”. Hay también mariscos, moluscos y cosas extrañas que nunca jamás había visto. El mercado funciona las 24 horas, solamente las subastas se hacen en la madrugada, por eso, aunque sean las siete de la noche podemos estar aquí.

 

Pero eso no es todo, llega la hora de elegir. Unos camarones, una vieiras o un pescado, en ese justo momento todo sale del agua, se coloca en una bolsa y se lleva diligentemente al segundo piso, donde un restaurante está esperando comensales. Entramos, nos quitamos los zapatos y nos sentamos mientas que nuestras compras se cocinan. Y acá es donde empieza a aparecer el soju, unas botellitas verdes de licor de arroz bastante traicioneras y muy populares entre los coreanos (de hecho, es la bebida alcohólica más vendida del mundo, y considerando que sólo se comercializa en Corea, no es poca cosa).

 

Entre la comida y el soju se nos pasa el tiempo, y de pronto ya estamos compartiendo con los vecinos de mesa una deliciosa sopa de pescado. Cuando salimos del mercado ya es tarde y el ánimo de la ciudad ha cambiado. Todo el mundo se mueve, es libre, terminó la jornada laboral. Nos subimos al metro y vamos al barrio que rodea la Universidad Hongik. Todas las tiendas están abiertas, todas las calles y los callejones están a reventar, hay gente en todo lados. En un parque encontramos un performance del famoso K-Pop y nos unimos a la multitud mientras bebemos cerveza comprada en un 7-Eleven. Después nos adentramos en un bar que hace un homenaje a las bandas de pop coreanas de los 50 y 60, una verdadera delicia. La vida nocturna de la ciudad sin duda muestra otra cara, acá los coreanos parecen mucho menos tradicionales, mucho más desinhibidos, ríen y gritan. Seguimos a Itaewon donde cerramos la noche en un precioso bar de vinilos que se esconde en un segundo piso. 

 

Mi último día en Seúl intento salir temprano del hotel, pero el soju de la noche anterior me lo pone difícil. Cuando finalmente lo consigo me dirijo al Leeum, el museo que Samsung le regaló a su ciudad. Mario Botta, Jean Nouvel y Rem Koolhaas fueron los arquitectos encargados de esta obra en la que conviven un museo de artes tradicionales, uno de arte moderno y otro para niños. No sólo se trata de gran arquitectura sino de una muy buena colección privada. Definitivamente una parada que vale la pena.

 

Cruzo el río y me pierdo por las calles de Apgujeong y Sinsa, de nuevo empiezo a descubrir callejones y locales escondidos. Para cenar me encuentro con Andrés y Ceci que me llevan un clásico bbq coreano: la experiencia me parece no sólo divertida sino de lo más delicioso, la carne es una delicia y asarla en la mesa me encanta. Si pudiera, comería en un lugar como este una vez a la semana.

 

Podría explicar Seúl como una mezcla entre China y Japón, pero sería simplista hacerlo. Seúl es mucho más que eso. Su complicada historia desde luego se refleja en su carácter (las invasiones de los vecinos, la guerra, la separación del país, la estrecha relación con Estados Unidos), pero la cultura coreana es más antigua y más complicada que eso, y el resultado de toda esa herencia hace de Corea del Sur un país multifacético. Necesitaría dos semanas para entender Seúl más a fondo, pero al menos ahora sé que quiero volver, ¡y qué ganas de hacerlo! t