Tel Aviv: la cara cosmopolita de Israel

Tel Aviv: la cara cosmopolita de Israel
Tan lejos y tan cerca de los problemas de la región, Tel Aviv es una ciudad laica y moderna. 
Noviembre 28, 14
Fotografías por: Guido Piotrkowski

Mientras esperaba por mi falafel sentado en la barra Akram Humus, un local en el centro de Tel Aviv, una mujer de unos setenta años se paró a mi lado y pidió un falafel. Tenía tatuados en su cara los emblemas de las tres religiones monoteístas: la Cruz, la Medialuna y la estrella de David. Le pedí una foto y para quebrar el hielo le pregunté si el falafel era bueno.

“Sí, —me respondió— pero lo más importante es que aquí son buena gente”. Debe ser muy difícil convivir en un país que todos quieren, pretenden, reclaman suyo; una tierra donde el dolor impera, un lugar donde es casi inevitable tener algún pariente o amigo cercano que haya sufrido, de uno u otro lado, las consecuencias del conflicto, alimento para el rencor eterno.

 

Un tel, en hebreo, significa un “asentamiento” construido a lo largo de los años, capa sobre capa. Una colina, un montículo. Un espacio elevado, como el Tel Qasile, la ciudad que fundaron los filisteos en el siglo xii a.C., el lugar donde estoy parado ahora, en los jardines del Museo Eretz Israel (Tierra de Israel).

 

Desde aquí se pueden ver algunos de los edificios de esta urbe moderna, el reino secular en un país marcado a fuego por la religión. Aviv, por su parte, significa “primavera”. Tel Aviv sería, entonces, algo así como el Monte de la Primavera.

 

“Acá hay 12 capas de distintas culturas —explica Nurit Bar, que es guía de turismo— y en el Monte Egido, por ejemplo, hay un tel de 25 capas. Estamos en el Medio Oriente”.

 

Las referencias bíblicas, épicas, históricas, son inevitables, aunque estemos en una metrópoli donde la religión pasa más desapercibida que en el resto del país. Egido es el monte donde, según la Biblia, ocurre el Armagedón, el fin del mundo.

 

Pero en esta mañana primaveral, a años luz del Apocalipsis, hay un sol precioso. Bajo estas baldosas quedaron sepultados los restos de aquella ciudadela filistea, erigida tres mil años atrás a la vera del río Yarkon, que fue el primer sitio arqueológico en ser excavado desde la Declaración de la Independencia israelí, el 14 de mayo de 1948.

 

Desde el Tel Qasile, donde en aquellos tiempos bíblicos sólo se veía el horizonte, se ve ahora un conjunto de edificios que dibujan una urbe moderna y mundana, fundada a principios del siglo pasado como un suburbio judío del enclave árabe de Yafo.

 

Entre 1887 y 1899 se formo Neve Tzedek, que en español significa “morada de la justicia”. Este fue el primer barrio judío construido fuera de los muros de Yafo, uno de los puertos más antiguos de Medio Oriente, que hoy es un revitalizado casco histórico, una tendencia que se replica en la mayoría de los barrios antiguos y medianamente pintorescos de todo el mundo.

 

En 1907, los residentes judíos de Yafo formaron una sociedad llamada Ajuzat Bait, que en español significa “caserío”, con el fin de establecer otro barrio fuera de la ya superpoblada ciudad de Yafo, y compraron entonces tierras en el desierto que se extendía alrededor.

 

Dos años después, en 1909, se fundó Tel Aviv, que hoy tiene 405 mil habitantes en apenas 50 kilómetros cuadrados. A pesar de ser pequeña y estar densamente poblada, el trazado urbano con amplios bulevares, una playa de 14 kilómetros frente al mar Mediterráneo, y un tráfico mucho menos caótico que sus capitales vecinas del Medio Oriente, favorecido por el uso masivo de bicicletas, le imprimen un carácter sereno.

 

Tel Aviv es una ciudad en la que se puede andar sin sobresaltos hasta altas horas de la noche, sobretodo por la rambla costera o el señorial Bulevar Rotschild y sus alrededores. En esta zona es donde se concentra buena parte de la vida nocturna de la ciudad que, según dicen por aquí, no descansa. Una ciudad 24/7, como repiten todo el tiempo los telavivis.

 

A lo largo del bulevar hay puestos de comida muy ordenados en donde venden desde jugos de frutas y snacks hasta sushi.

 

Durante el día, además de hundir los pies en la arena y mojarlos en el mar, habrá que visitar museos y dejarse llevar a paso lento por calles comerciales y agitadas como Dizengoff, donde hay un shopping de los años ochenta; o por Ben Yehuda, con tiendas de ropa, comidas al paso y un par de librerías, que desemboca en el populoso shuk Carmel.

 

Este es un mercado bullicioso y caótico, pero al mismo tiempo limpio y organizado, donde se consiguen especias, carnes y verduras frescas; comidas típicas como el falafel, o el shawarma, souvenirs, ropa, zapatos, cd´s de música hebrea y más. Son unas 10 calles en línea recta con sus puestos pegados uno junto al otro y unos pocos que se extienden hacia alguna calle lateral, un delicado entramado de colores, sabores y aromas. El lado oriental de la ciudad occidental.

 

Nissin está contrariado. Al parecer no le gustó que le haya tomado una fotografía. Me acerco, le extiendo la mano, me presento. Está parado en la puerta del restaurante de su hermano, que es judío ortodoxo. Nissin, dice, quiere decir “Milagro”. El local de su hermano está sobre la banqueta, medio escondido detrás de un puesto, pero se destaca por su fachada. Tiene los marcos de la puertas pintados de celeste y los vidrios esmerilados, escritos en hebreo e inglés, donde se lee “Humus”.

 

El humus es una pasta de garbanzos cremosa, típica de la región, tanto como el falafel —albóndigas de garbanzo fritas en pan árabe con ensalada— o el shawarma —carne de cordero fileteada, en taco de pan árabe con ensalada—. Le pregunto a Nissin si se pueden hacer fotos adentro. El restaurante es casi una rareza dentro un mercado repleto de puestos. “No puedes tomar fotos a la gente —responde tajante—. Si mi hermano te ve, te quita la cámara”. Insisto, quiero saber si se trata de una cuestión religiosa.

 

Aunque él viste informal, su hermano lleva la kipá (que los judíos utilizan para cubrir la cabeza en el templo, pero que los religiosos llevan puesto todo el día), camisa blanca y pantalón negro.

 

Nissin responde que no, pero no es claro, da algunos rodeos y finalmente ensaya una respuesta poco convincente: “A veces, en los mercados, no sabes a quién le sacas una foto. Hay gente que se esconde, y hay cosas que no se pueden decir. Hay gente que maneja mucho dinero”.

 

Me pierdo nuevamente entre los puestos, ahora un poco más temeroso de tomar fotografías. Pero no todos son como Nissin, y así, un vendedor de cd´s, del que no recuerdo el nombre, posó feliz y contento, mientras sus amigos se burlaban de él; otro me prestó una silla para pararme sobre ella y hacer una toma panorámica, y una mujer árabe que amasaba unas pitas gigantes no sabía si mirarme o hacerse la distraída mientras le robaba unas  fotos desde lejos.

 

Yafo es un lugar para ir sin tiempos apretados. Este rincón, al extremo sur de la ciudad, es un barrio de casas de piedra, un laberinto de callejuelas que se abren, suben y bajan desde y hacia el mar.

 

Hay mezquitas, museos, galerías de arte, y bares abiertos hasta altas horas de la noche. “Es un barrio muy trendy, está muy de moda” dice Limor Hacohen, una chica nacida y criada en Tel Aviv, cabello azabache largo, rasgos finos y muy simpática. Limor trabaja en el atelier del artista franco-israelí Julien Roux, ubicado en una de las calles que bajan al mar, al que se llega preguntando, deambulando por los estrechos pasillos de piedra.

 

“Antes, casi todos aquí eran árabes, pero desde hace 10 años comenzaron a venir los judíos”, asegura Limor, esbozando, quizás, una explicación acerca de porque está de moda y es trendy.

 

La mayoría de los nuevos vecinos son artistas y bohemios, pero también se mudaron muchos de los dueños de las tiendas del mercado de pulgas, que tiene más de 150 puestos donde se entremezclan alfombras persas, con telas y vestidos de Siria, India o Uzbekistán; muebles de segunda mano y los clásicos suvenires hebreos como la menorah (el candelabro de siete velas), la estrella de David, o miniaturas de la Torá (los libros sagrados del judaísmo).

 

David Sasson está de pie, al frente de su local de alfombras persas. “Shalom, bienvenido, qué necesitas, puedes mirar”, invita David, que usa la kipá pero no es ortodoxo. Viste informal, camisa, jeans, zapatos.

 

Adentro está su hermano Eli, con quien charla mientras esperan clientes. Ambos vinieron con sus padres desde Irán hace cuarenta años. “De dónde eres —pregunta— ¿judío?, tienes que venir a vivir a Israel”, dice sonriente, y se presta sin vueltas para un retrato.

 

En la entrada de Yafo hay una torre con un reloj que se abre a una calle comercial repleta de locales de comidas rápidas y baratijas. Allí está Abulafia, una panadería mítica, fundada en 1879 y abierta las 24 horas.

 

Hasta aquí vienen los trasnochados que salen hambrientos de las discotecas, desde todos los puntos de la ciudad y a cualquier hora de la madrugada. Desde ahí a la rambla hay que descender unas pocas calles.

 

El paseo costero tiene algunos bares con vista al mar, donde se pasean las parejas de novios que vienen a hacer la producción de fotos para su boda. Sobre la misma rambla hay un viejo almacén portuario reciclado, con frente de chapa y vidrio que contrasta con las edificaciones antiguas de la vieja ciudad. Adentro hay negocios y restaurantes para paladares exigentes, como Kalimera, donde el chef ofrece una carta de especialidades griegas mediterráneas.

 

Ilana Goor es una artista inclasificable y extravagante, una figura muy reconocida en el mundo del arte israelí, pero también es popular. Trabaja con esculturas en bronce, confecciona ropa, joyas e instalaciones.

 

En los años ochenta compró un caserón de 300 años en el corazón de Yafo, que en aquellos tiempos fue la primera hostería para peregrinos judíos camino a Jerusalén, y la recicló conservando su estilo original. Ilana es una mujer inquieta, que hizo carrera en Nueva York, de donde es oriundo su marido, un empresario teatral de Broadway, y donde vivió por muchos años. Luego volvió a Israel para dividir su tiempo entre las dos ciudades, aunque nunca deja de viajar y buscar rarezas en los mercados alrededor del mundo.

 

Así, consigue objetos únicos que forman parte de su colección, con más de 500 piezas que se exhiben en la casa-museo, entre las que tiene esculturas de artistas como Henry Moore y Diego Giacometti. “Ella ve las cosas, decide que las quiere y no importa cómo ni cuándo, pero las trae” —dice la guía del lugar, una estudiante brasileña de arte que vive en Israel desde hace cinco años—. “Nunca estudió arte, el free spirit es el símbolo de Ilana”.

 

Tel Aviv se enorgullece de su amplia oferta cultural. Los dos grandes museos, el Museo Eretz Israel y el Museo de Arte de Tel Aviv, tienen colecciones permanentes muy valiosas y anuncian siempre exhibiciones itinerantes de primer nivel.

 

El Museo Eretz Israel, donde se encuentra el ya mencionado Tel Qasile y en cuyos jardines se puede pasear entre antiguos molinos, prensas de aceite y vino, se destaca por su rico acervo de cultura y folklore judaicos. Arqueología, etnografía, exhibiciones de cerámicas, vidrios, monedas; objetos antiquísimos que sirven de alguna manera para contar la historia de una nación joven, pero al mismo tiempo milenaria.

 

También hay una veintena de muestras itinerantes por año. En junio, por ejemplo, cerró una enorme exposición en el Pabellón Rotschild, nombrado así en honor a uno de sus mecenas, dedicada al arte textil; y el 16 de diciembre se inaugura la exposición del World Prees Photo, el premio más importante del fotoperiodismo mundial.

 

El Museo de Arte de Tel Aviv

Este museo alberga una enorme colección de arte israelí; con obras de Chagall, Cezanne, Monet y Van Gogh, entre otros. El nuevo edificio fue inaugurado en el año 2011, y está emplazado en el Shaul Ha Melech Bulevard, un complejo cultural al aire libre donde también están la Biblioteca, el Centro de Artes Escénicas, y el edificio de la Corte.

 

Pero la sede original del museo, abierta aún bajo el mandato británico, en 1932, cuando Israel aún era Palestina, fue la casa del primer intendente de Tel Aviv, Meir Dizengoff. Luego de la independencia, en los años cincuenta, se construyó el Pabellón Helena Rubinstein, hoy una sala independiente del museo.

 

La famosa empresaria de la industria cosmética donó el dinero para este recinto que hoy sigue abierto, a un par de calles de aquí. El pabellón tenía 1 000 metros cuadrados. “Esas dimensiones quedaron chicas”, explica Meira Yagid Haimovici, la curadora de diseño y arquitectura. “El museo tuvo varias versiones, que se fueron ampliando.

 

Cada vez que asumía un nuevo director, decía que el espacio no era suficiente”. Y así se fueron agregando, primero en el 59, luego en el 71, hasta la construcción de hoy en día, un edificio triangular con amplios ventanales que dan paso a la luz natural que se esparce en los espacios de tránsito, las escaleras, los pasillos, mientras en las salas se preserva la luz artificial, que se acomoda a las necesidades de cada exposición.

 

En el piso superior está la muestra de arte israelí, del que se podrían rastrear sus inicios hacia principios del siglo pasado. “Depende a quién le preguntes —ironiza la curadora, que es arquitecta y lleva 25 años trabajando en el museo—. En 1906, antes de la Primera Guerra Mundial, un grupo de pioneros abrió una academia de arte llamada Beit Zalel, en Jerusalén”. Hasta allí, entonces, podrían rastrearse los inicios del arte israelí.

 

El barrio de Noga

Es como un Soho en miniatura. Son tan sólo un par de calles, pero hay varias tiendas que se suceden una al lado de otra, diseño, indumentaria, amueblamientos; objetos nuevos, reciclados, vintage. Bloomfield es un espacio que agrupa a varios jóvenes con ímpetu y espíritu emprendedor, como Ofer Shahar, un treintañero que usa barba de varios días y sonríe todo el tiempo, quien diseña muebles en madera, nuevos y reciclados.

 

Ofer utiliza objetos del ejército en desuso y los resignifica. Como la mesa alrededor de la cual charlamos, o una caja de municiones exhibida en la vidriera que ya no se usará más para las balas (quien se la lleve podrá atesorar otro tipo de objetos).

 

“Tomamos buen material usado y lo rejuvenecemos. Estamos cansados de productos que no duran, nosotros queremos proveer de cosas que duren”, dice, sentado en un sillón bajo un cartel escrito en inglés que sugiere tomarse las cosas con calma. “Si alguien te dice que no mezcles trabajo con placer, no lo escuches”, afirma, como en una declaración de principios. Ofer ha trabajado decorando hoteles-boutique, oficinas de arquitectos, y además, señala, asesora a diseñadores de interior.

 

Mora Dimerman es argentina y vive en Israel desde hace 20 años. “Es muy conceptual lo que hace —agrega respecto del trabajo de su amigo—. Sacar cosas del ejercito y transformarlo, llenarlo de un nuevo sentido, es un acto muy fuerte”.

 

Mora “teje” joyas con una mini aguja de crochet. Enhebra collares y pulseras con hilos metálicos, creando piezas que vende en museos, la mayoría en Estados Unidos. “Intento tener mi idioma propio en el diseño.

 

Para mí es muy importante la relación que hay entre la joya, quien la viste, y también la persona que me ve a mí con la joya”. Mora teje con un hilo especial de poliéster, que no se rompe. “Lo más importante es crear un dialogo entre materiales. Hay algo constructivo en el diseño, no es sólo decorativo. No compito con productos en serie. Mi marido me dice que no soy diseñadora, sino artista”, bromea esta mujer de 40 años, que aparenta muchos menos, una sonrisa franca, cabello corto y ojos celestes.

 

Moshe Roas y Shiri Cnaani comparten atelier en una zona céntrica, no muy lejos de Noga. Ambos experimentan con la impresión sobre telas. El lugar está en un primer piso de un edificio viejo y vetusto que pasa totalmente desapercibido, un sitio al que nunca podría llegar por cuenta propia.

 

Por eso, me acompaña Galit Resismann, de TLVstyle, un emprendimiento que se especializa en tours de compras. Galit es alta y delgada, viste de negro, es una mujer de fina estampa que vivió en Nueva York y volvió a Tel Aviv hace unos pocos años. Dice que su intención es ayudar a visibilizar a los diseñadores emergentes.

 

El atelier es una sala caótica, donde los objetos parecen adueñarse del espacio. Está dividido en dos por una mesa llena de telas y una columna. A un lado trabaja Moshe y al otro Shiri, que parecen mantener una buena sintonía en medio del caos. Moshe es alto, moreno, tiene cabello corto, y usa anteojos de marco grueso. Afirma que el sentido de su trabajo es “meramente artístico”.

 

Shiri también tiene el cabello corto y usa gafas, pero a diferencia de su compañero, ella dice que su trabajo tiene un objetivo comercial. Shiri fabrica lámparas a partir de una nueva técnica que ella misma afirma haber desarrollado: Screenprinting, un relieve tridimensional que le da un aspecto rugoso a las telas. “Cuando uno teje —dice Shiri— está creando una materia.

 

Yo tomo la materia prima y construyo una nueva de otras características”. Galit interviene: Los diseñadores, una vez que logran lidiar con el material, pueden hacer cualquier cosa”. Moshe trabaja en la misma dirección pero con diferentes resultados, hace cuadros y obras de arte. “Mi trabajo es como una pieza arqueológica. No se trata sólo de una técnica sino que quiero expresar una idea, una filosofía”, explica el hombre, frente a uno de sus cuadros, una técnica mixta con telas y otros materiales.

 

Playa a toda hora

La playa es una parte esencial en la vida diaria de los telavivis. Los locales la disfrutan luego del trabajo, la universidad, el colegio. A toda hora. Pero en especial, cerca del atardecer, cuando todo el mundo se acerca a ver la bucólica belleza de una puesta del sol frente al mar.

 

En la rambla costera la gente camina despreocupada, se anda en bicicleta, en rollers y se practica aerobismo. Unos veteranos le pegan fuerte a la pelota-paleta. En la arena hay fútbol, vóley, y fut-voley. Los partidos parecen jugarse a matar o morir, hay gritos, peleas, enojos.

 

También hay varios grupos con guitarras, música en los chiringuitos, y amplificadores con electrónica, como el que tienen Dolev, Noa, Maor y otros amigos, que están de fiesta. Uno baila descontrolado, el otro fuma un narguile (pipa de agua), y otros beben tragos de colores. Y gritan y ríen fuerte. Los israelíes, definitivamente, son gritones.

 

Hacia el lado sur, en las inmediaciones de Yafo, se ven mucho más árabes. La convivencia parece ser buena, aunque árabes y judíos no se entremezclen. Las mujeres se bañan en el mar con sus velos de colores y vestidas hasta los tobillos. Me acerco, pero pocas hablan o entienden el inglés, o sienten vergüenza, o se excusan porque sus maridos no las dejan.

 

Algunas se dejan retratar, pero la mayoría no. Como Samar, que se niega, pero me indica que puedo fotografiar a los niños, que ahora chapotean en el agua. Más allá, dos turistas nórdicas toman sol de espaldas, y a su lado una pareja israelí merienda. Él lleva la kipá, camisa y jeans, y ella usa una falda larga y blusa. En la rambla, parejas y solitarios se sientan a esperar el atardecer, mientras el pulso de la ciudad va bajando.

 

Kasao tiene trencitas finas, unas gafas amarillas puestas a modo de vincha y una sonrisa gigante que deja ver sus dientes blancos, enormes. Kasao nació en Etiopía, y llegó a los ocho años con la oleada de inmigrantes judíos de aquel país africano, promovida por el gobierno israelí en los años noventa.

 

Tiene 24 años y se considera israelí, estudia Relaciones Internacionales y ya pasó por el ejército, que aquí es obligatorio: tres años para los hombres y dos para las mujeres. Está solo, mirando el mar y tomando un porrón de cerveza. Kasao pregunta qué me parece Israel, dónde estuve, si me gusta. Los israelíes son hospitalarios, quieren que el forastero se sienta bien en su tierra. Y asegura que le gusta mucho vivir en Tel Aviv “porque es una ciudad 24/7, que no descansa”.

 

Y es verdad lo que dice Kasao y repiten los telavivis, aquí se puede salir todos los días de la semana, hasta cualquier hora, o “hasta que se vaya el último cliente”, como me dijo el recepcionista del hotel Art Plus, al llegar un domingo a la noche.

 

El hombre me indicó ir a la calle Bograshov, donde hay cuatro calles con pubs uno a lado del otro, muy cerca del hotel. Eran las 12 de la noche y en todos los bares había gente bebiendo y charlando. Lo mismo el lunes a la noche, cuando luego de cenar pasé por el Bar Port Said y costó mucho encontrar una mesa vacía en la banqueta poco después de la medianoche.

 

Más tarde, en la disco-bar Blues & Booz, tocaba una banda en vivo. Eran las tres de la mañana, y el local, que tiene dos barras y unas pocas mesas, estaba abarrotado. Todo el mundo de pie, frente al escenario, o bailando y charlando en los pasillos, oscuros y azulados.

 

También hay muchas discotecas en la ciudad, a los jóvenes israelíes les gusta mucho ir de fiesta, la música tecno, los clubes. Y en Tel Aviv sobran los locales para bailar hasta que amanezca, como el Cat and Dog, que abre a las 11 pero no se llena hasta las tres. Sus dueños, una especie de eminencia en la noche local, organizan además fiestas electrónicas en la playa y hasta en las calles.

 

Una urbe con estilo europeo

“Menos es más. Y Dios está en los detalles”, dice Sharon Golan, arquitecta del departamento de conservación de la ciudad. La religión se cuela en la cultura secular. Tel Aviv ostenta 4 000 edificios del estilo Bauhaus, y es por eso que en 2004 fue declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la unesco.

 

La Bauhaus (bau-construcción, haus-casa en alemán) fue una escuela de diseño, arte y arquitectura alemana, una usina del pensamiento del arte contemporáneo nacida a principios de siglo pasado, fundada por el arquitecto berlinés Walter Gropius, que años después sería cerrada por los nazis. “Simplificar las formas y reducir el objeto a la mera funcionalidad”, pregonaba el hombre. La unión entre el uso y la estética. Diseños simples, minimalistas, líneas rectas.

 

“Tel Aviv estaba buscando un estilo que la definiera, que hablara de las ideas socialistas, de ajustarse al espacio y a las condiciones climáticas. Este no es el estilo que vino de Europa ni del arábigo, sino uno nuevo que simbolizaba esa utopía”, señala la arquitecta en una caminata por una de las zonas que más edificios Bauhaus concentra, en la calle Bialik, el viejo centro de la ciudad.

 

Fue el ingeniero Yakov Ben Sira quien proyectó Tel Aviv en 1934, impulsando esos ideales, inclinándose entonces por el estilo de la escuela alemana, dando origen así a la “Ciudad Blanca”, que a decir verdad no es blanca, sino que algunos de esos edificios lo son; también los hay grises y hasta marrones. Y no todos son cuadrados como una caja de zapatos, algunos, que también son dignos representantes de la escuela alemana, tienen líneas circulares, como el viejo ayuntamiento de la ciudad, hoy transformado en centro cultural.

 

Tel Aviv es también una ciudad-jardín, como la soñó y proyectó el paisajista escocés Sir Patrick Geddes. Limpia, prolija, ordenada, una urbe con estilo europeo. Amplios bulevares y arboledas, un delicado equilibrio entre los hoteles cinco estrellas que se alzan frente a la playa, los rascacielos modernos y los edificios bajos y racionalistas de la Bauhaus. Como bien resume la arquitecta Golan: “Un lugar donde la brisa del mar puede circular y entrar en sus edificios”.

 

Un lugar donde el arte, el diseño, la historia, la religión y la playa confluyen en un mosaico de Medio Oriente que se funde con Occidente.