Carta de amor a Japón

Carta de amor a Japón
Un viaje por el país que encierra lo más delicado y lo más pop, todo en un solo sitio. 

La antesala, un tako

El viaje comienza en Osaka, la tercera ciudad en tamaño de Japón. Es, como muchas otras ciudades, grande y moderna, y lo cierto es que nos sirve solamente como punto de partida para explorar los alrededores de Kioto, que no tiene tan buenas comunicaciones.

 

El tren bala nos deposita aquí una mañana de invierno, y no encuentro mejor manera para calentarme las manos que con una botellita de té verde que compro en una máquina automática. Me fascina pensar cómo es que consiguen mantenerlas a la temperatura justa. Es normal, cuando uno se enamora todo le resulta especial, y yo estoy tan enamorada de Japón que las maquinitas me parecen el mejor invento del mundo entero.

 

Aunque estamos aquí solamente de paso hacemos dos escalas importantes, la primera es subir al Umeda Sky Building, una especie de ciudad flotante construida en los noventa por el arquitecto japonés Hiroshi Hara. Un puente flotante conecta con la terraza de observación circular —no apta para aquellos que sufrimos de vértigo aunque vale la pena hacer un esfuerzo, pues la vista desde arriba es espectacular.

 

La segunda misión es probar la especialidad gastronómica de la ciudad, el takoyaki, unas bolitas de pulpo (tako) empanizadas que se acompañan con una salsa dulce. Todo el centro de la ciudad está lleno de locales que ofrecen esta especialidad pero nosotros subimos al que se llama Yokozuna que además es famoso porque su dueño es un reconocido sumo. No solamente ofrecen bolitas de pulpo sino todo tipo de kushikatsu, una especie de brochetas empanizadas. Hay de pollo, de camarón, de queso, de verduras y suficiente cerveza para acompañarlas. Nuestra primera parada nos deja con la barriga llena y el corazón contento. Volvemos a la estación del tren y emprendemos el camino hacia el oeste.

 

Primero, un castillo

La mañana que llegamos a Himeji está helando pero no hay excusa para quedarse en el autobús. Si nuestra guía, una encantadora viejita impecablemente vestida, puede aguantar este frío, nosotros también. Pero nuestra guía no solamente parece no tenerle ningún miedo al clima invernal sino que tampoco parece preocupada por las escaleras y los pasillos interminables que nos llevan de un lado a otro del gigantesco castillo blanco; es sin duda la más ágil y veloz de todo nuestro grupo.

 

El castillo de Himeji es tal vez el más famoso del país —los japoneses, que aman contar sus tesoros, lo consideran uno de los Tres Famosos Castillos, junto a los Castillos Matsumoto y Kumamoto— y sin duda, éste es el más icónico. Enclavado en lo alto de una colina que domina la ciudad, sus paredes blancas y sus techos curvos conforman una imagen de película, o de televisión, por eso el castillo aparece continuamente en los programas de NHK.

 

Nos toma más de dos horas recorrer la construcción, llena de túneles, pasajes, habitaciones grandes y pequeñas, torres y patios y una historia complicadísima que no puedo terminar de recordar. Por eso, cuando llega la hora de despedirnos y tomarnos una foto junto a la mascota del castillo —otro detalle muy japonés— estamos más que listos para un merecido almuerzo.

 

Llegamos a Senju, una casa tradicional con pisos de madera y una hermosa barra que presume su brillante parilla para teppanyaki encima. Nos acomodamos en uno de los extremos y nos disponemos a disfrutar de la experiencia de ver cómo preparan nuestra comida. Salen los ajos y las verduras, y sale la carne, una carne de res tan marmoleada que parece como si alguien hubiera pintado con un delicado pincel las vetas de la grasa. No exagero si digo que nunca probé una carne mejor en mi vida, tan buena que si hubiera sabido de antemano lo que me esperaba hubiera pasado la mañana nerviosa.

 

Segundo, el corazón nipón

Llegamos a Kioto y lo primero que me sorprende es darme cuenta de que no es ningún pueblito sino una ciudad. Y no es que no hubiera leído suficiente o que nunca hubiera visto una foto, es más bien que en mi cabeza decidí que todo era pequeño, y no lo es. Junto al río, que divide la ciudad en dos bloques, se encuentra nuestro hotel, el recién inaugurado Ritz-Carlton.

 

Se trata de un edificio bajo y alargado, bastante discreto en los exteriores. La decoración es absolutamente japonesa, moderna pero tradicional al mismo tiempo, y tiene esos detalles que en todo momento le recuerdan a uno dónde está. Las habitaciones también siguen ese modelo, son amplias, modernas, con mucha madera, con detalles en el diseño que hacen pensar en la estética de un ryokan.

 

Antes de cenar nos citan en una de las suites, es hora de vestirnos con un kimono tradicional. Escéptica me entrego a las diligentes mujeres que están encargadas de la transformación. Entre dos me preparan: me colocan toallas, calcetines especiales, y empiezan a envolverme. Les toma al menos 15 minutos terminar de empacar mi cuerpo en el kimono, después sigue el peinado. Media hora después me veo al espejo y tengo que aceptar que verme vestida así es más divertido de lo que pensaba, y algo que estoy segura nunca podré repetir yo sola.

 

Nos sentamos a cenar así, y a mí me parece que por primera vez parecemos príncipes y princesas, o al menos, personajes de más mérito. El chef, Alain Devahive, va montando sobre la mesa un desfile de hazañas culinarias, como una escultura de hielo con pescado. Para cuando terminamos de cenar he conseguido imaginarme lo incómodo que debe ser usar este traje todos los días, y antes de irme a dormir, necesito que alguien me ayude de nuevo a sacármelo de encima.

 

Al día siguiente nos damos a la tarea de recorrer los famosos templos de la ciudad, hermosas construcciones que a mí me parecen casi fantásticas o cinematográficas. Pero en realidad, lo que más disfruto de los paseos en los templos no son los templos en sí, sino las callecitas alrededor, llenas de visitantes y de puestitos.

 

Es lo más similar a un mercado sobre ruedas, hay comida, artesanías y muchísima gente curioseando. Mi deporte favorito es jugar con mi guía a identificar a los que no son japoneses, un arte que no todos los occidentales dominan. “Ésos son chinos”, le digo a Masako, y ella asiente complacida de que yo tenga la capacidad de distinguirlos. “Y ésos, coreanos”. Así pasamos el día, entre el Templo de los Mil Torii —Fushimi Inari-taisha— y el que se asienta en un lago y es totalmente dorado, Kinkaku-ji.

 

También vamos al Santuario Heian, enmarcado por un gigantesco torii rojo. Siempre hay pequeños rituales: lavarse las manos en una gran pileta, lanzar una moneda, preguntarle nuestro destino a un pedacito de papel. Y aunque vemos bastantes, hay tantos templos por visitar en la ciudad que uno necesitaría varios días para verlos todos.

 

Antes de que anochezca vamos a un local en el centro donde nos esperan para la ceremonia del té. Delante de nosotros una mujer pequeñísima está sentada detrás de una mesa que parece un escritorio escolar. Paso a paso la mujer va preparando cada taza. El agua, el polvo, una cucharita de madera para medir la cantidad y una especie de batidor miniatura de bambú. Ella misma, delgadita y finita, es tan delicada como la poción que nos está preparando. Cuando se acerca y me ofrece el cuenco que funciona a manera de taza noto que está cubierto por una ligera espuma. Bebo un poco. Me gusta. Cuando me termino todo el té me acerco a preguntarle por la preparación, quiero saber si es posible hacerlo yo misma. Salgo de la casa de té equipada con mi pequeño batidor de bambú y varias latitas con matcha —el polvo de té verde—. Casi sobra anotar aquí que cuando llegué a México e intenté hacerlo de nuevo no tuve éxito.

 

Pero en Kioto todos estos refinamientos no parecen fuera de lugar. Mientras caminamos por Gion, el distrito más tradicional de la ciudad, y hogar de las geishas, buscamos, como todos los turistas, alguna maiko despistada. Nos instalamos para comer en Gion Mametora, un restaurante tradicional, con tatami, que ofrece una nueva variedad de sushi, el mame sushi, sushi en bocaditos pequeños que fue especialmente diseñado para las geishas.

 

Si de por sí la gastronomía japonesa suele tener una conexión muy fuerte con la parte visual y estética esto es posiblemente lo más impresionante que he visto. Una cajita de madera, con piezas del tamaño de una nuez, cubiertas con pescados y verduras. La imagen es perfecta para Instagram y tal vez por eso, la mitad de los comensales están más preocupados por sacarle una buena foto a su cajita que por comer.

 

A la mañana siguiente, después de un abundante desayuno, salimos a recorrer la ciudad en bicicleta —la más ligera que use jamás—. Es la mejor manera de recorrer la ciudad, que es totalmente plana. Me pierdo entre las callecitas del centro, entre tienditas, cafés y hasta una hermosa fábrica de papel.

 

Ahí, escondido entre los edificios bajos, encuentro el Kioto Design House, una tienda de diseño japonés que se ubica dentro de un proyecto arquitectónico de Tadao Ando. Lo cierto es que la construcción es tan discreta que uno podría pasar de largo sin darse cuenta. Mientras curioseo en el interior, e intento no comprar más de lo que debo, una chica se acerca a preguntarme si necesito alguna cosa. Habla perfectamente español, es americana y lleva un tiempo viviendo en Japón.

 

Platicamos sobre lo difícil que es adaptarse a una cultura tan diferente pero ella parece haberlo logrado, es discreta y delicada, empaca mis compras con el mismo cuidado que lo haría un japonés. Si en general es difícil entender otras culturas, posiblemente no haya ninguna más opuesta a la latina que la japonesa, e intentar entenderla y aceptarla es un verdadero reto.

 

Tercero, la gran ciudad

Entramos a Tokio por la puerta grande, Marunouchi nos recibe en plena ebullición, como siempre. En el corazón de Ginza y a unos pasos de los Jardines Imperiales, desembarcar aquí significa zambullirse de lleno en una de las ciudades más dinámicas del mundo. La estación de tren y de metro, que fue renovada hace poco, está viva de día y de noche, y sus interminables pasillos subterráneos cuentan con infinidad de tienditas y negocios que ofrecen desde comida hasta calcetines, pasando por cualquier ocurrencia; y es que en este país no hay horarios para comprar nada, todo puede hacerse 24/7 (y si no me creen, sólo hace falta leer After Dark de Haruki Murakami).

 

Como sucede con las ciudades de este tamaño, resulta imposible abarcarlo todo. Para quienes vienen por primera vez la tarea de comprender, aunque sea un poco, resulta abrumadora. Para mí, que estoy aquí por segunda vez, tengo al menos una cosa muy clara: sé que veré muy poco, pero de eso poco que vea, pienso sacar todo el provecho.

 

Mi lista de pendientes en esta ciudad es tan grande que abarca más de una página, pero bien arriba de mi lista solamente tenía un pendiente que cumplir esta vez: ir al mercado de pescado en la madrugada y ver la subasta de los atunes. No seré ni la primera ni la última pero eso nada tiene que ver, se trata más de un anhelo personal, de ver lo que he imaginado tantas veces a través de películas y documentales. Así que la primera noche, después de instalarnos en el Palace Hotel me meto temprano a la cama porque sé que a las 4:30 de la mañana tengo una asignatura pendiente.

 

No soy la única, Pedro, compañero de viaje, editor y hombre de buen diente comparte conmigo esta misión. Llegamos a Tsukiji y alcanzamos todavía a acomodarnos entre el primer grupo, delante nuestro debe haber unas 20 personas. Estamos en un cuarto, una oficina destartalada, sin muebles. Nos sentamos en el piso a esperar, falta al menos una hora para que empiece la subasta.

 

Mientras esperamos me pongo a platicar con una mujer norteamericana, hablamos de viajes, de los lugares que hemos visitado, de los sueños que tenemos. Me cuenta de cuando estuvo en Uganda, de los gorilas y por un momento, me olvido que estoy en Japón.

 

De pronto todo el mundo se levanta, se abren las puertas y en fila india salimos al mercado y recorremos callejones y pasillos hasta llegar a un gran galerón. Ahí, delante nuestro, están los atunes. Los mejores atunes del mundo. Algunos son gigantescos, del tamaño de una persona, otros más pequeños. Todos están congelados. Nos mantenemos en una especie de pasillo intermedio, no podemos movernos entre los pescados. Pero del otro lado están los compradores, van y vienen, revisan cada atún, catan, huelen, algunos prueban la carne.

 

Estamos todos como desconcertados, esperando que algo suceda. De pronto aparece un personaje chaparrito, con botas y casco, se sube en un taburete y comienza a gritar. Por diez minutos más o menos el personaje grita y emite ruidos mientras delante de él los compradores van decidiendo con qué atunes se quedan, es un verdadero espectáculo.

 

Nuestras guías, Masako y Miko, dicen que no tienen ni la más remota idea de qué puede estar gritando el hombre, no lo entienden. Cuando la subasta termina no son ni las seis de la mañana pero nunca estuve de tan buen humor, y la recompensa es todavía mayor, pues al salir nos sentamos en una de las barras de sushi —no, no hacemos la cola para Daiwa Sushi, optamos por un local pequeñito donde hay espacio en la barra— y disfrutamos del mejor sushi de nuestras vidas.

 

Estamos tan felices que Masako y Miko no pueden dejar de sonreír. Miko me dice, “I love that you love my country”. No podía tener más razón, si pudiera vendría aquí una vez por semana. Volvemos al hotel por ahí de las siete. Tomamos una siesta y un buen baño y volvemos al mercado con el resto del grupo. Hay puestos que ofrecen pescado pero también hay localitos que venden platos, cuchillos y cualquier cosa relacionada con la cocina. La experiencia, desde luego, no es igual que la de la mañana, pero no está mal para los que de plano son incapaces de madrugar.

 

Me queda solamente un pendiente, y éste sí tiene fecha de caducidad. Es el Hotel Okura, uno de los edificios más hermosos de la ciudad pero condenado a desparecer por una remodelación sin pies ni cabeza. No es la primera vez que algo así sucede en Tokio, de hecho, el caso del Imperial Hotel, obra original de Frank Lloyd Wright, y desmantelado en 1967 sigue siendo incomprensible para muchos. Pero los japoneses tienen algo con la modernidad. Ésta es posiblemente mi última oportunidad para ver el Okura tal y como fue diseñado por Yoshiro Taniguchi en 1962.

 

Es domingo y el hotel está lleno de japoneses, casi no hay extranjeros. Cada detalle del hotel es hermoso, desde los artesonados en la madera hasta los sillones y las lámparas en el hall principal. Cada pared, desde el concreto del exterior hasta el obscuro bar de techos bajos tiene un patrón que se repite en las paredes, es una verdadera joya.

 

Nos instalamos en el restaurante y nos apuntamos al brunch. La comida es estilo buffet y sí, es internacional. Me siento a disfrutar de la vista del salón y los ventanales mientras me como un pedazo de quiche, un poco de salmón ahumado y una pasta con camarones —menos japonés, imposible.

 

En la mesa de junto una familia celebra algo, tal vez un cumpleaños. Es un evento solemne, los abuelos, sentados al centro, presiden la mesa. Los nietos, tres o cuatro niños de no más de cinco años van todos con saco y corbata, y vestido de fiesta en el caso de las niñas. Aquí los niños no hacen travesuras ni rompen platos; son callados y discretos porque son niños japoneses.

 

Y como nunca hay tiempo de hacerlo todo, hay que aprovechar lo que se pueda, así es como decido salir a las siete de la mañana a Daikanyama y Aoyama, dos barrios muy cerca de Shibuya que tienen mucho encanto, grandes boutiques y sobre todo, un sentimiento muy tokiota, ese de los callejones y de lo que se esconde detrás de las grandes avenidas. Pero son las 7:30 cuando empiezo a caminar entre las grandes boutiques, así que todo está cerrado. En realidad no vengo aquí a comprar sino a ver los edificios: muchas de estas construcciones son obra de algunos de los mejores arquitectos del mundo.

 

Luego sigo a Daikanyama, un barrio todavía más residencial pero con pequeños comercios y restaurantes. Ahí está la librería, Tsutaya, una de las paradas obligadas (posiblemente la librería más hermosa que he visto en mi vida, y puedo decir que he visto bastantes). Me tomo al menos dos horas recorriendo los tres edificios, de dos plantas cada uno y me decido por un libro de Kenzo Tange. La edición está en japonés pero eso solamente hace más hermoso el hallazgo. Se me pasan las horas en la caminata, con ganas de que no termine nunca este viaje.

 

La despedida

Japón desde luego tiene muchas caras. Una es esa faceta delicada, refinada, casi teatral que vi en Kioto en el barrio de Gion, está la del Japón moderno, el que mueve a Ginza y Tokio, y está ese Japón tan explotado en la televisión, el de la cultura pop, el de los colores chillones y el sexo como producto de consumo.

 

Fue la curiosidad por descubrir un poco de esa cara de Japón la que nos llevó al famoso Robot Restaurant, un lugar que vi por primera vez en una crónica de Anthony Bourdain y que desde entonces tenía también en mi gigantesca lista de pendientes. Explicar el show es complicado: una hora entera de frenesí visual y de una narrativa imposible hacen que uno no pueda cerrar la boca del asombro.

 

Cuando uno se descuida, del otro lado del escenario aparece un espectáculo más extraño e incomprensible, es, tal y como dijo Bourdain, la hora más entretenida que existe en el mundo. Una verdadera locura que no necesariamente hace falta ver pero que algunos como yo querrán ver, por el simple hecho de poder constatar con ojos propios que sí, esta locura de luces de colores, música y bailarinas disfrazadas existe.

 

Ese es Japón, la cultura pop más densa del mundo, y al mismo tiempo, el hogar de las más refinadas tradiciones de la tierra. Y ahí, en ese punto donde uno no puede entender cómo ni de dónde vienen estas dos caras tan distintas, ahí justamente radica su verdadera belleza: en poder contenerlo todo.  

 

Carta de amor a Japón
Un viaje por el país que encierra lo más delicado y lo más pop, todo en un solo sitio. 
Junio 1, 15
Fotografías por: Gui Martinez

La antesala, un tako

El viaje comienza en Osaka, la tercera ciudad en tamaño de Japón. Es, como muchas otras ciudades, grande y moderna, y lo cierto es que nos sirve solamente como punto de partida para explorar los alrededores de Kioto, que no tiene tan buenas comunicaciones.

 

El tren bala nos deposita aquí una mañana de invierno, y no encuentro mejor manera para calentarme las manos que con una botellita de té verde que compro en una máquina automática. Me fascina pensar cómo es que consiguen mantenerlas a la temperatura justa. Es normal, cuando uno se enamora todo le resulta especial, y yo estoy tan enamorada de Japón que las maquinitas me parecen el mejor invento del mundo entero.

 

Aunque estamos aquí solamente de paso hacemos dos escalas importantes, la primera es subir al Umeda Sky Building, una especie de ciudad flotante construida en los noventa por el arquitecto japonés Hiroshi Hara. Un puente flotante conecta con la terraza de observación circular —no apta para aquellos que sufrimos de vértigo aunque vale la pena hacer un esfuerzo, pues la vista desde arriba es espectacular.

 

La segunda misión es probar la especialidad gastronómica de la ciudad, el takoyaki, unas bolitas de pulpo (tako) empanizadas que se acompañan con una salsa dulce. Todo el centro de la ciudad está lleno de locales que ofrecen esta especialidad pero nosotros subimos al que se llama Yokozuna que además es famoso porque su dueño es un reconocido sumo. No solamente ofrecen bolitas de pulpo sino todo tipo de kushikatsu, una especie de brochetas empanizadas. Hay de pollo, de camarón, de queso, de verduras y suficiente cerveza para acompañarlas. Nuestra primera parada nos deja con la barriga llena y el corazón contento. Volvemos a la estación del tren y emprendemos el camino hacia el oeste.

 

Primero, un castillo

La mañana que llegamos a Himeji está helando pero no hay excusa para quedarse en el autobús. Si nuestra guía, una encantadora viejita impecablemente vestida, puede aguantar este frío, nosotros también. Pero nuestra guía no solamente parece no tenerle ningún miedo al clima invernal sino que tampoco parece preocupada por las escaleras y los pasillos interminables que nos llevan de un lado a otro del gigantesco castillo blanco; es sin duda la más ágil y veloz de todo nuestro grupo.

 

El castillo de Himeji es tal vez el más famoso del país —los japoneses, que aman contar sus tesoros, lo consideran uno de los Tres Famosos Castillos, junto a los Castillos Matsumoto y Kumamoto— y sin duda, éste es el más icónico. Enclavado en lo alto de una colina que domina la ciudad, sus paredes blancas y sus techos curvos conforman una imagen de película, o de televisión, por eso el castillo aparece continuamente en los programas de NHK.

 

Nos toma más de dos horas recorrer la construcción, llena de túneles, pasajes, habitaciones grandes y pequeñas, torres y patios y una historia complicadísima que no puedo terminar de recordar. Por eso, cuando llega la hora de despedirnos y tomarnos una foto junto a la mascota del castillo —otro detalle muy japonés— estamos más que listos para un merecido almuerzo.

 

Llegamos a Senju, una casa tradicional con pisos de madera y una hermosa barra que presume su brillante parilla para teppanyaki encima. Nos acomodamos en uno de los extremos y nos disponemos a disfrutar de la experiencia de ver cómo preparan nuestra comida. Salen los ajos y las verduras, y sale la carne, una carne de res tan marmoleada que parece como si alguien hubiera pintado con un delicado pincel las vetas de la grasa. No exagero si digo que nunca probé una carne mejor en mi vida, tan buena que si hubiera sabido de antemano lo que me esperaba hubiera pasado la mañana nerviosa.

 

Segundo, el corazón nipón

Llegamos a Kioto y lo primero que me sorprende es darme cuenta de que no es ningún pueblito sino una ciudad. Y no es que no hubiera leído suficiente o que nunca hubiera visto una foto, es más bien que en mi cabeza decidí que todo era pequeño, y no lo es. Junto al río, que divide la ciudad en dos bloques, se encuentra nuestro hotel, el recién inaugurado Ritz-Carlton.

 

Se trata de un edificio bajo y alargado, bastante discreto en los exteriores. La decoración es absolutamente japonesa, moderna pero tradicional al mismo tiempo, y tiene esos detalles que en todo momento le recuerdan a uno dónde está. Las habitaciones también siguen ese modelo, son amplias, modernas, con mucha madera, con detalles en el diseño que hacen pensar en la estética de un ryokan.

 

Antes de cenar nos citan en una de las suites, es hora de vestirnos con un kimono tradicional. Escéptica me entrego a las diligentes mujeres que están encargadas de la transformación. Entre dos me preparan: me colocan toallas, calcetines especiales, y empiezan a envolverme. Les toma al menos 15 minutos terminar de empacar mi cuerpo en el kimono, después sigue el peinado. Media hora después me veo al espejo y tengo que aceptar que verme vestida así es más divertido de lo que pensaba, y algo que estoy segura nunca podré repetir yo sola.

 

Nos sentamos a cenar así, y a mí me parece que por primera vez parecemos príncipes y princesas, o al menos, personajes de más mérito. El chef, Alain Devahive, va montando sobre la mesa un desfile de hazañas culinarias, como una escultura de hielo con pescado. Para cuando terminamos de cenar he conseguido imaginarme lo incómodo que debe ser usar este traje todos los días, y antes de irme a dormir, necesito que alguien me ayude de nuevo a sacármelo de encima.

 

Al día siguiente nos damos a la tarea de recorrer los famosos templos de la ciudad, hermosas construcciones que a mí me parecen casi fantásticas o cinematográficas. Pero en realidad, lo que más disfruto de los paseos en los templos no son los templos en sí, sino las callecitas alrededor, llenas de visitantes y de puestitos.

 

Es lo más similar a un mercado sobre ruedas, hay comida, artesanías y muchísima gente curioseando. Mi deporte favorito es jugar con mi guía a identificar a los que no son japoneses, un arte que no todos los occidentales dominan. “Ésos son chinos”, le digo a Masako, y ella asiente complacida de que yo tenga la capacidad de distinguirlos. “Y ésos, coreanos”. Así pasamos el día, entre el Templo de los Mil Torii —Fushimi Inari-taisha— y el que se asienta en un lago y es totalmente dorado, Kinkaku-ji.

 

También vamos al Santuario Heian, enmarcado por un gigantesco torii rojo. Siempre hay pequeños rituales: lavarse las manos en una gran pileta, lanzar una moneda, preguntarle nuestro destino a un pedacito de papel. Y aunque vemos bastantes, hay tantos templos por visitar en la ciudad que uno necesitaría varios días para verlos todos.

 

Antes de que anochezca vamos a un local en el centro donde nos esperan para la ceremonia del té. Delante de nosotros una mujer pequeñísima está sentada detrás de una mesa que parece un escritorio escolar. Paso a paso la mujer va preparando cada taza. El agua, el polvo, una cucharita de madera para medir la cantidad y una especie de batidor miniatura de bambú. Ella misma, delgadita y finita, es tan delicada como la poción que nos está preparando. Cuando se acerca y me ofrece el cuenco que funciona a manera de taza noto que está cubierto por una ligera espuma. Bebo un poco. Me gusta. Cuando me termino todo el té me acerco a preguntarle por la preparación, quiero saber si es posible hacerlo yo misma. Salgo de la casa de té equipada con mi pequeño batidor de bambú y varias latitas con matcha —el polvo de té verde—. Casi sobra anotar aquí que cuando llegué a México e intenté hacerlo de nuevo no tuve éxito.

 

Pero en Kioto todos estos refinamientos no parecen fuera de lugar. Mientras caminamos por Gion, el distrito más tradicional de la ciudad, y hogar de las geishas, buscamos, como todos los turistas, alguna maiko despistada. Nos instalamos para comer en Gion Mametora, un restaurante tradicional, con tatami, que ofrece una nueva variedad de sushi, el mame sushi, sushi en bocaditos pequeños que fue especialmente diseñado para las geishas.

 

Si de por sí la gastronomía japonesa suele tener una conexión muy fuerte con la parte visual y estética esto es posiblemente lo más impresionante que he visto. Una cajita de madera, con piezas del tamaño de una nuez, cubiertas con pescados y verduras. La imagen es perfecta para Instagram y tal vez por eso, la mitad de los comensales están más preocupados por sacarle una buena foto a su cajita que por comer.

 

A la mañana siguiente, después de un abundante desayuno, salimos a recorrer la ciudad en bicicleta —la más ligera que use jamás—. Es la mejor manera de recorrer la ciudad, que es totalmente plana. Me pierdo entre las callecitas del centro, entre tienditas, cafés y hasta una hermosa fábrica de papel.

 

Ahí, escondido entre los edificios bajos, encuentro el Kioto Design House, una tienda de diseño japonés que se ubica dentro de un proyecto arquitectónico de Tadao Ando. Lo cierto es que la construcción es tan discreta que uno podría pasar de largo sin darse cuenta. Mientras curioseo en el interior, e intento no comprar más de lo que debo, una chica se acerca a preguntarme si necesito alguna cosa. Habla perfectamente español, es americana y lleva un tiempo viviendo en Japón.

 

Platicamos sobre lo difícil que es adaptarse a una cultura tan diferente pero ella parece haberlo logrado, es discreta y delicada, empaca mis compras con el mismo cuidado que lo haría un japonés. Si en general es difícil entender otras culturas, posiblemente no haya ninguna más opuesta a la latina que la japonesa, e intentar entenderla y aceptarla es un verdadero reto.

 

Tercero, la gran ciudad

Entramos a Tokio por la puerta grande, Marunouchi nos recibe en plena ebullición, como siempre. En el corazón de Ginza y a unos pasos de los Jardines Imperiales, desembarcar aquí significa zambullirse de lleno en una de las ciudades más dinámicas del mundo. La estación de tren y de metro, que fue renovada hace poco, está viva de día y de noche, y sus interminables pasillos subterráneos cuentan con infinidad de tienditas y negocios que ofrecen desde comida hasta calcetines, pasando por cualquier ocurrencia; y es que en este país no hay horarios para comprar nada, todo puede hacerse 24/7 (y si no me creen, sólo hace falta leer After Dark de Haruki Murakami).

 

Como sucede con las ciudades de este tamaño, resulta imposible abarcarlo todo. Para quienes vienen por primera vez la tarea de comprender, aunque sea un poco, resulta abrumadora. Para mí, que estoy aquí por segunda vez, tengo al menos una cosa muy clara: sé que veré muy poco, pero de eso poco que vea, pienso sacar todo el provecho.

 

Mi lista de pendientes en esta ciudad es tan grande que abarca más de una página, pero bien arriba de mi lista solamente tenía un pendiente que cumplir esta vez: ir al mercado de pescado en la madrugada y ver la subasta de los atunes. No seré ni la primera ni la última pero eso nada tiene que ver, se trata más de un anhelo personal, de ver lo que he imaginado tantas veces a través de películas y documentales. Así que la primera noche, después de instalarnos en el Palace Hotel me meto temprano a la cama porque sé que a las 4:30 de la mañana tengo una asignatura pendiente.

 

No soy la única, Pedro, compañero de viaje, editor y hombre de buen diente comparte conmigo esta misión. Llegamos a Tsukiji y alcanzamos todavía a acomodarnos entre el primer grupo, delante nuestro debe haber unas 20 personas. Estamos en un cuarto, una oficina destartalada, sin muebles. Nos sentamos en el piso a esperar, falta al menos una hora para que empiece la subasta.

 

Mientras esperamos me pongo a platicar con una mujer norteamericana, hablamos de viajes, de los lugares que hemos visitado, de los sueños que tenemos. Me cuenta de cuando estuvo en Uganda, de los gorilas y por un momento, me olvido que estoy en Japón.

 

De pronto todo el mundo se levanta, se abren las puertas y en fila india salimos al mercado y recorremos callejones y pasillos hasta llegar a un gran galerón. Ahí, delante nuestro, están los atunes. Los mejores atunes del mundo. Algunos son gigantescos, del tamaño de una persona, otros más pequeños. Todos están congelados. Nos mantenemos en una especie de pasillo intermedio, no podemos movernos entre los pescados. Pero del otro lado están los compradores, van y vienen, revisan cada atún, catan, huelen, algunos prueban la carne.

 

Estamos todos como desconcertados, esperando que algo suceda. De pronto aparece un personaje chaparrito, con botas y casco, se sube en un taburete y comienza a gritar. Por diez minutos más o menos el personaje grita y emite ruidos mientras delante de él los compradores van decidiendo con qué atunes se quedan, es un verdadero espectáculo.

 

Nuestras guías, Masako y Miko, dicen que no tienen ni la más remota idea de qué puede estar gritando el hombre, no lo entienden. Cuando la subasta termina no son ni las seis de la mañana pero nunca estuve de tan buen humor, y la recompensa es todavía mayor, pues al salir nos sentamos en una de las barras de sushi —no, no hacemos la cola para Daiwa Sushi, optamos por un local pequeñito donde hay espacio en la barra— y disfrutamos del mejor sushi de nuestras vidas.

 

Estamos tan felices que Masako y Miko no pueden dejar de sonreír. Miko me dice, “I love that you love my country”. No podía tener más razón, si pudiera vendría aquí una vez por semana. Volvemos al hotel por ahí de las siete. Tomamos una siesta y un buen baño y volvemos al mercado con el resto del grupo. Hay puestos que ofrecen pescado pero también hay localitos que venden platos, cuchillos y cualquier cosa relacionada con la cocina. La experiencia, desde luego, no es igual que la de la mañana, pero no está mal para los que de plano son incapaces de madrugar.

 

Me queda solamente un pendiente, y éste sí tiene fecha de caducidad. Es el Hotel Okura, uno de los edificios más hermosos de la ciudad pero condenado a desparecer por una remodelación sin pies ni cabeza. No es la primera vez que algo así sucede en Tokio, de hecho, el caso del Imperial Hotel, obra original de Frank Lloyd Wright, y desmantelado en 1967 sigue siendo incomprensible para muchos. Pero los japoneses tienen algo con la modernidad. Ésta es posiblemente mi última oportunidad para ver el Okura tal y como fue diseñado por Yoshiro Taniguchi en 1962.

 

Es domingo y el hotel está lleno de japoneses, casi no hay extranjeros. Cada detalle del hotel es hermoso, desde los artesonados en la madera hasta los sillones y las lámparas en el hall principal. Cada pared, desde el concreto del exterior hasta el obscuro bar de techos bajos tiene un patrón que se repite en las paredes, es una verdadera joya.

 

Nos instalamos en el restaurante y nos apuntamos al brunch. La comida es estilo buffet y sí, es internacional. Me siento a disfrutar de la vista del salón y los ventanales mientras me como un pedazo de quiche, un poco de salmón ahumado y una pasta con camarones —menos japonés, imposible.

 

En la mesa de junto una familia celebra algo, tal vez un cumpleaños. Es un evento solemne, los abuelos, sentados al centro, presiden la mesa. Los nietos, tres o cuatro niños de no más de cinco años van todos con saco y corbata, y vestido de fiesta en el caso de las niñas. Aquí los niños no hacen travesuras ni rompen platos; son callados y discretos porque son niños japoneses.

 

Y como nunca hay tiempo de hacerlo todo, hay que aprovechar lo que se pueda, así es como decido salir a las siete de la mañana a Daikanyama y Aoyama, dos barrios muy cerca de Shibuya que tienen mucho encanto, grandes boutiques y sobre todo, un sentimiento muy tokiota, ese de los callejones y de lo que se esconde detrás de las grandes avenidas. Pero son las 7:30 cuando empiezo a caminar entre las grandes boutiques, así que todo está cerrado. En realidad no vengo aquí a comprar sino a ver los edificios: muchas de estas construcciones son obra de algunos de los mejores arquitectos del mundo.

 

Luego sigo a Daikanyama, un barrio todavía más residencial pero con pequeños comercios y restaurantes. Ahí está la librería, Tsutaya, una de las paradas obligadas (posiblemente la librería más hermosa que he visto en mi vida, y puedo decir que he visto bastantes). Me tomo al menos dos horas recorriendo los tres edificios, de dos plantas cada uno y me decido por un libro de Kenzo Tange. La edición está en japonés pero eso solamente hace más hermoso el hallazgo. Se me pasan las horas en la caminata, con ganas de que no termine nunca este viaje.

 

La despedida

Japón desde luego tiene muchas caras. Una es esa faceta delicada, refinada, casi teatral que vi en Kioto en el barrio de Gion, está la del Japón moderno, el que mueve a Ginza y Tokio, y está ese Japón tan explotado en la televisión, el de la cultura pop, el de los colores chillones y el sexo como producto de consumo.

 

Fue la curiosidad por descubrir un poco de esa cara de Japón la que nos llevó al famoso Robot Restaurant, un lugar que vi por primera vez en una crónica de Anthony Bourdain y que desde entonces tenía también en mi gigantesca lista de pendientes. Explicar el show es complicado: una hora entera de frenesí visual y de una narrativa imposible hacen que uno no pueda cerrar la boca del asombro.

 

Cuando uno se descuida, del otro lado del escenario aparece un espectáculo más extraño e incomprensible, es, tal y como dijo Bourdain, la hora más entretenida que existe en el mundo. Una verdadera locura que no necesariamente hace falta ver pero que algunos como yo querrán ver, por el simple hecho de poder constatar con ojos propios que sí, esta locura de luces de colores, música y bailarinas disfrazadas existe.

 

Ese es Japón, la cultura pop más densa del mundo, y al mismo tiempo, el hogar de las más refinadas tradiciones de la tierra. Y ahí, en ese punto donde uno no puede entender cómo ni de dónde vienen estas dos caras tan distintas, ahí justamente radica su verdadera belleza: en poder contenerlo todo.