Drouot: el reino de las subastas en París

Drouot: el reino de las subastas en París
En esta antigua casa, en el corazón de la capital francesa, la adrenalina se vive al máximo, tanto para los que compran como para los que observan. 
Mayo 27, 15
Fotografías por: Cortesía

A las 11 del día, un centenar de personas esperan ansiosas afuera de Drouot. Cuando las puertas se abren, se abalanzan como tropel y suben o bajan las escaleras eléctricas de este importante recinto de subastas parisino, que ha sido recién remodelado.

 

Coleccionistas de antigüedades, amateurs e incluso algunos turistas, entran a cualquiera de las 19 salas y observan y anotan qué objetos les interesan. Así, por la tarde vuelven, listos a alzar la mano en las subastas. En este maravilloso sitio se ofertan pinturas, joyas, relojes, muebles, tapetes, jarrones, entre tantas cosas, de diferentes épocas.

 

Drouot se inauguró en 1852, y poco después se subastaron pertenencias del rey francés Luis Felipe I; años posteriores se liquidaron pinturas de Delacroix e Ingres. Así comenzó su historia. Un lugar mítico para los franceses y los amantes de las antigüedades. Es único en el mundo por su cantidad de objetos y por estar abierto a todo público. Es como recorrer un museo heterogéneo, con piezas que dejan entrever la historia francesa o de países asiáticos o africanos.

 

El edificio cuenta con tres niveles y sus salas no son precisamente bellas, pues sus paredes son de un desgastado terciopelo rojo que deja mucho que desear. Pero ahí, en ese terciopelo, se cuelgan pinturas y otros objetos de las empresas de subastas que las rentan. Afuera de cada sala, hay una pantalla que anuncia el horario y los productos de la subasta.

 

Existen 74 empresas registradas, unas especializadas por tema, otras que venden dos o tres categorías, y otras que ofrecen de todo, como si albergaran el tesoro de un arqueólogo: máscaras africanas de madera, un pedazo de muro egipcio con una inscripción, vasijas y jarrones chinos, un barquito de madera antiguo, cuernos de elefante, un globo terráqueo; antigüedades que parecen sacadas de un cómic de Tintín o de una escena de Indiana Jones.

 

En ese tipo de salas, pueden verse adultos mayores que se deleitan como niños en una juguetería. Y hay salas que albergan lujosas pertenencias, como si acabaran de desalojar un departamento del séptimo arrondissement  (distrito municipal) de París. Es decir, se ofertan bolsas y maletas Louis Vuitton, lentes y zapatos, mascadas de Hermès, abrigos de pieles y cubiertos de plata.

 

Por la tardes se realizan las subastas. Para tener una idea, ésta puede ocurrir así: El commisseur-priseur (el subastador), un joven que se asemeja a Richard Gere en sus mejores tiempos y con un traje oscuro impecable, se sube al estrado y da inicio al evento golpeando la mesa con su martillito.

 

La primera pintura es del famoso Eugène Delacroix: se trata de un retrato pequeño hecho a lápiz. “Ça commence a 850 euros”, exclama el subastador. Enseguida un ayudante muestra la pintura al público que espera sentado en expectativa. También la imagen de la pintura aparece en una pantalla con su precio en euros y en otras monedas como el dólar, la libra o el yen. La pieza tiene éxito de inmediato.

 

Dos empleados reciben ofertas al teléfono de un hombre y una mujer. Empieza una batalla entre los clientes que llaman. El precio sube rápido, acercándose a los dos mil euros. Sigue subiendo. Y finalmente el varon al teléfono se queda con el cuadro de Delacroix. El subastador exclama: “Vendu. A 2,850 nous sommes” y da un golpe con el martillito.

 

La subasta continúa con otras pinturas, entre ellas una litografía de Picasso y joyas, como un broche de oro y un gran anillo. Cuando algo no se vende, se oye en francés: “No hay nadie a tal cantidad”.

 

En Drouot se venden unos 550 mil objetos al año en promedio. Las visitas son el día anterior por la tarde, o el mismo día de las 11 de la mañana a las 12. Lo más recomendable es ir puntual a esa hora, conocer los objetos y recoger los catálogos gratuitos que regalan, los cuales incluyen imágenes y rangos de precios.

 

Luego ir a comer por el barrio, por ejemplo, al Bouillon Chartier y regresar a partir de las dos tarde a la subasta, listo para la adrenalina o  para comprar algo que quepa en la maleta. Pero eso sí, antes de emprender la visita a Drouot, es mejor mirar en la web los horarios de las subastas y lo que ofertan.