París à la mode

París à la mode
Un viaje a una de las capitales de la moda más importantes del mundo, de la mano de un auténtico fashionista. 
Septiembre 4, 14
Fotografías por: Travesías / Cortesía
Fotos por Javier Belmont
Fotos por Javier Belmont

Los viajeros que van a vivir el París de la moda son distintos a todos los turistan convencionales. Quizá visitan algunas de las principales atracciones, pero con mucho estilo. El lado más fashion se ve con otros ojos, se vive de manera diferente y tiene códigos únicos.

 

Y claro, no es para todos. Para experimentarlo, citando a Lauren Weisberger en The Devil Wears Prada: “Interest in fashion is crucial”. Y no hay que ser Anna Wintour o trabajar en esta industria necesariamente, pero se debe tener una vena fashionista en el cuerpo. Así, será posible apreciar todos y cada uno de estos guiños estilístico-turísticosque tiene París.

 

Otro punto importante es tener un budget determinado: puede ser alto para entonces acceder a las más fabulosas y decadentes ofertas de este mundo o bien, uno más moderado, que a lo mejor te limitará para ciertas cosas pero no te impedirá disfrutar de lo más esencial de esta experiencia: el espíritu fashion que esta ciudad tiene por doquier, hasta en sus más escondidos recovecos.

 

Grand Hotel

Primero, la moda no es para turistas, sino para viajeros en la más pura filosofía de Paul Bowles. Y para esto hay que tener actitud. No hay que confundirla con arrogancia, sino más bien con un aire de “esto lo hago todos los días”. Sí, la idea es llegar al hotel como si te acabaras de ir ayer, y no gritar “¡Wow!” cuando veas el lobby decorado por Phillip Stark del hotel Le Meurice.  Pero se vale la sorpresa, porque los grandes hoteles de moda están diseñados para fascinar, halagar y sorprender.

 

Le Meurice se ubica en el 228 de Rue de Rivoli, justo al lado de todo lo que importa: el museo de Louvre, las boutiques de Saint Honoré y el jardín de las Tullerías, ideal para dar un paseo o hacer jogging por la mañana con los paisajes más espectaculares. En este lugar se llegó a hospedar Salvador Dalí el siglo pasado, quien cuentan metió a su cuarto un rebaño de cabras, y Beyoncé pagó 15 mil euros por noche en la suite presidencial.

 

El Plaza Athenee, propiedad hermana en el 25 de Avenue Montaigne, es otro de los favoritos de la gente de moda y desde que Sarah Jessica Parker filmara ahí el último capítulo de Sex and the City, todo fashionista del mundo que se precie de serlo, ha pedido hospedarse en su habitación y retratarse, al igual que ella, brincando en el balcón de la terraza con la Torre Eiffel de fondo.

 

En el hotel George V adornan en diciembre el lobby con el árbol de navidad más lucidor de todo París. Durante la semana del prêt-à-porter, muchas celebridades llegan a hospedarse ahí. Un día me tocó ver llegar a Renée Zellweger sin maquillaje y con un latte de Starbucks, huyendo de los paparazzis. El Mandarin Oriental en Saint Honoré, también se ha vuelto un consentido de los moda-adictos, por su extraordinaria ubicación y por su lujo asiático, que como podrán suponer, atrae a los turistas de aquella zona como la flama a las polillas. Porque no hay nada como sentirse en casa.

 

Los viajeros poderosos, aquéllos que viajan para comprar y comer a gran escala, prefieren estar cerca de eso que les atrae más: las casas de joyería. No en balde los jeques árabes, empresarios chinos y ricachones rusos llenan las habitaciones del Westin Paris Vendôme, pues enfrente están las joyerías más famosas del mundo: Cartier, Chopard, Van Cleef & Arpels, Chanel, Bvlgari, Chaumet… y casi pueden bajar en pantuflas a comprar un buen aderezo de diamantes y rubíes. O bien, si el cliente es muy perezoso, puede pedir que le suban las joyas a la habitación.

 

Pero para el viajero más hipster, moderno y joven –de edad o espíritu– hay opciones igualmente sofisticadas, pero menos barrocas, por decirlo de alguna manera. El legendario Hotel Costes, es un templo de la modernidad cool, de ambiente hip y sofisticado, que tiene más de diez años acogiendo a la industria de la moda y sus seguidores. Se ha vuelto un trademark, y además de otros hoteles, ha abierto restaurantes en todo París, creando fragancias, florerías y hasta ha lanzado más de diez discos que reúnen una compilación de música lounge que todo fashionista adora llevar en su iPod.

 

Para un cliente parecido, pero más discreto, está el hotel La Maison Champs Elysées, en el 8 Rue Jean Goujon. Decorado por el ahora retirado diseñador Martin Margiela, este lugar minimalista y de elegancia peculiar seduce a los amantes del diseño alternativo.

 

Pero no todo tiene que ser un hotel de lujo. A veces, un fashionista en budget –como yo– prefiere echarse el dinero a la bolsa, en lugar de dejarlo en una habitación de hotel. Por ello, opciones diversas, céntricas y con menos pompa y circunstancia que los anteriores, se vuelven ideales para quien quiere vivir un París de moda sin dejar toda la cartera.

 

Un hotel delicioso es el Saint-Paul Le Marais, ubicado en el barrio del mismo nombre. Esta opción es accesible de precio, acogedora y céntrica, cercana también a una zona de compras más relajada, la Rue des Francs-Bourgeois, que cuenta con tiendas de precios más bajos y restaurantes deliciosos que se acercan más a lo que soñamos los extranjeros: pintoresco y con mucho sabor. Los hoteles tienen una importancia grande en la vida de un fashionista: no sólo lo albergan y consienten, sino que también se vuelven un epicentro de todo lo que resulta interesante para alguien que quiere vivir esta experiencia.

 

Poder comprar todo lo que deseas… priceless.

París no se concibe sin moda y la moda no se concibe sin París. Esto, más que un juego de palabras, es una realidad. Las marcas de moda más importantes del mundo o bien son francesas, o tienen boutiques en esta ciudad. Es por eso que el shopping parisino es uno de los mejores del mundo, porque todo lo que cualquiera soñó ponerse está ahí, en un escaparate, esperando que alguien se lo lleve a casa.

 

Primero, como no podría ser de otra forma, está la meca de la moda: Chanel, tan legendaria como su dirección misma: 31 Rue Cambon. Cual hormiguero, la boutique donde solía vivir Mademoiselle Chanel —pero no dormir, eso lo hacía en el Hotel Ritz que está cruzando la calle— siempre llena de la clientela más variopinta del mundo.

 

Como una exquisita y chic torre de babel, aquí se hablan todas las lenguas del mundo para poder satisfacer a los clientes que llegan de todas partes, aunque la mayoría son asiáticos, árabes y rusos que compran bolsas, zapatos y ropa como si se tratara de verduras en un supermercado. Chanel es quizá la boutique más viva, porque arriba está el atelier de la marca, y con un poco de suerte, se puede ver a Karl Lagerfeld llegando a trabajar o a alguna estrella famosa que viene a la prueba de su vestido para una gala o una alfombra roja.

 

Justo a unos pasos se encuentra una de las calles de compras más concurrida: Saint Honoré, donde las casas de moda más importantes del mundo tienen las boutiques más lucidoras, lo mismo que en Avenue Montaigne o en George V. Céline, Givenchy, Goyard, Hermés, Dior, Louis Vuitton, Balenciaga, Dolce & Gabanna y una innumerable lista de tiendas se convierten en perpetua tentación para el viajero que busca moda.

 

No obstante, el verdadero fashionista va un poco más allá, porque no se conforma con lo fácil o lo evidente: la moda exclusiva es doblemente apreciada. Por eso, tiendas como Colette son un destino obligado para quien busca diseños con un giro inesperado. Esta concept store ofrece un enorme surtido de gadgets (extravagantes artículos electrónicos, libros de edición limitada o discos editados por ellos mismos) y street wear, en su segundo piso aloja una selección de prendas de diseñador únicas que, en muchos casos, sólo pueden encontrarse ahí. Además, es facilísimo tropezarse ahí con Lady Gaga, Anna Dello Russo o el mismo Karl Lagerfeld, quien adora comprar música ahí.

 

Del mismo corte, pero para un público más relajado y hippie-chic, la boutique Merci, cerca del barrio Le Marais, es una tienda gigante con ropa de diseñador pero de giro más casual, una sección de decoración y artículos para casa y además de una papelería estilo vintage, donde pueden comprarse cuadernos, lápices y plumas de colores inesperados. ¿Su mayor encanto? La cafetería inspirada en una biblioteca donde se sirven los mejores sándwiches de salmón de todo París.

 

Y están, claro, los grandes almacenes. Si bien es cierto que Galeries Lafayette y Le Printemps son lugares donde puede encontrarse todo y mucho más, los fashionistas prefieren cruzar el río y dirigirse a la Rive Gauche para comprar en Le Bon Marché. Esta tienda es menos turística y es famosa porque es ahí donde compran los franceses de clase alta. Su selección de joyería y accesorios es exquisita.

 

Le Bon Marché cuenta con un departamento de sombreros que nos hace pensar en el París de la posguerra, pero que es moderno y muy concurrido. Fragancias exclusivas, muebles, telas, papelería, librería y un restaurante desde donde se vislumbra una vista melancólica de la ciudad, hacen de este lugar un destino que los amantes de la moda idolatran. Y ya que uno está del otro lado del río, hay que visitar el número 17 de Rue de Sèvres, donde Hermès tiene un local espectacular, con decoración a cargo de Denis Montel y RDAI: la experiencia se siente casi como caminar por una pieza de arte.

 

Al igual que Marilyn Monroe en Gentlemen Prefer Blondes, comprar diamantes y perfumes es casi una carrera de fondo. Ya hablé antes de las joyerías, así que ahora, lo haré de esa moda que no se ve, pero que se huele. Sí, las fragancias más únicas, especiales, raras y costosas están en París. Antes había que buscarlas por doquier hasta que Printemps tuvo la extraordinaria idea de crear un departamento especializado en excepcionales aromas.

 

Así que bajo el mismo techo se congregan las marcas más exquisitas de perfumería: Bryedo, Creed, Tom Ford, Les Exclusifs de Chanel, Hermessence, Juliette has a Gun, Le labo, Dyptique, L’Artisan Perfumer y muchas firmas de elaboración artesanal que en algunos casos sólo aquí ofrecen sus creaciones, con lo cual el fashionista que busca oler a lo que nadie más huele ha llegado al lugar indicado.

 

Ahora, para el seguidor más alternativo, los creadores que tienen algo irresistible están también en suelo parisino. Maison Martin Margiela y Rick Owens son creadores de anti-moda, de prendas de confección impecable, pero de imagen transgresora: prendas oversize, de estilo inacabado o confeccionadas en materiales inesperados hacen las delicias de otro tipo de adicto a la moda: el intelectual-existencial-couture, que también es un muy buen cliente y amante de París y sus dulzuras.

 

Para los amantes del calzado, nada como la boutique de Christian Louboutin. Gemelas, las tiendas de hombre y mujer, tienen en su haber los zapatos más extravagantes y atrevidos de la industria, aquellos que se vuelven un fetiche y trofeo para los amantes empedernidos de esta prenda de vestir. Reconocibles, sus suelas rojas, sus tacones de vértigo o sus mocasines infestados de tachuelas y cristales son el sueño de muchos y la realidad de pocos.

 

Opciones vintage

Finalmente –aunque podría seguir sin parar– me parece interesante darle un espacio a lo viejo, a la segunda mano de luxe, conocida desde hace ya algunos años como vintage. Existen muchas tiendas, aunque quizá la más famosa sea Didier Ludot, que es una tienda-museo en los jardines del Palais Royal y que se ha especializado en la petite robe Noire, o el vestidito negro, aunque por sus precios prohibitivos, muchos optan por verla más como museo que como tienda.

 

No obstante, la boutique de Catherine B se especializa en prendas usadas de Hermès y Chanel, que a pesar de no ser baratas, son más accesibles y, que además, están en perfectas condiciones. Si eres coleccionista o simplemente un amante de estas firmas, no pierdas un minuto más y corre, porque puedes hallar esa bolsa o traje que has estado buscando por años.

 

Bon appetit…

Más que las calles, los restaurantes son el sitio ideal para ver y ser visto. Por su ubicación y extraordinaria gastronomía, L’Avenue es como el segundo hogar de Kate Moss, Patricia Kaas, Marc Jacobs o Victoria Abril. Y no se hable de todas las tribus que hacen fila para comer algo durante la semana de la moda: son imperdonables unos días de prêt à porter sin ir a L’Avenue. ¿El plato más solicitado? El risotto con gambas y su macaron gigante de frutos rojos.

 

También en la semana de la moda, las mesas de Café Ruc se llenan de modelos, editores y compradores de todo el mundo que esperan horas por una mesa para poder degustar una buena copa de vino y una plato de Le tigre que pluie, un corte exquisito y tierno de carne de res al limón y chile. El mejor postre es, quizá, ver quién entra y sale… y qué llevan puesto.

 

Toyo Nakayama, quien fuera el chef del diseñador retirado Kenzo Takada, abrió su restaurante llamado Toyo. Los franceses han enloquecido a la par que nosotros, los seguidores de la moda.

 

En una inteligentísima fusión de cocina francesa y japonesa, Toyo ofrece sabores únicos y sofisticados para paladares exigentes, y mejor aún, siempre hay en el lugar alguna personalidad de moda, como la joven modelo Cara Delavigne, que es asidua a este sitio. Su menú de degustación ronda los 100 euros, pero vale la pena cada centavo. Hay que reservar con mucho tiempo de antelación.

 

Como en la gastronomía francesa no hay nada escrito, se puede viajar del cielo al suelo. ¿El cielo? Caviar Kaspia, sitio famoso por su caviar y por estar siempre repleto de millonarios y de gente de moda, cuya última preocupación es el dinero.

 

Y de ahí, podemos irnos al suelo. Uno de los secretos mejor guardados de París para la gente de la moda: el Bouillon Chartier, en un barrio más popular y animado. Se trata de un restaurante que en el siglo XIX solía ser un comedor público, y que hoy sigue sirviendo cocina casera francesa –exquisita- a precios de risa. Un menú con vino, entrada, plato fuerte y postre, no llega a más de 20 euros. ¿Lo malo? Hay que hacer larguísimas filas para entrar. ¿Lo bueno? Que si llegas tarde, alrededor de las nueve de la noche, la gente habrá desaparecido.

 

Prêt-à-porter

Ahora, si el viajero amante de la moda quiere vivir la verdadera experiencia del Paris Fashion, hay que viajar a la Ciudad Luz durante una de las semanas de la moda que se festejan varias veces al año. El prêt-a-porter suele suceder en marzo y en septiembre, y la alta costura en febrero y junio.

 

Aunque puede tener sus bemoles hacerlo (las reservaciones de hotel se van a las nubes, los boletos de avión suelen ser más caros y conseguir reservación en un buen restaurante es prácticamente imposible) vale mucho la pena vivir esta experiencia, porque la ciudad entera se viste a la moda.

 

Por ejemplo, las boutiques tratan de tener sus avances de temporada en exclusiva para estas fechas; algunas librerías como Galignani, visten sus escaparates de moda y aprovechan para hacer presentaciones de libros relacionados con el tema.

 

Colette, por otro lado, crea una serie de productos especiales que sólo se venden durante Fashion Week, con lo cual generan el doble de tráfico, y casi se vuelve el cuartel general de la moda en esa temporada: si quieres encontrar a cualquier persona, aquí hay que buscar.

 

Vale la pena ir a los restaurantes sólo para ver la cantidad de modelos, celebridades y gente de moda, que ya en sí mismas son un espectáculo. Además, museos como Les Arts Décoratifs o el Palais du Tokio usualmente tienen fabulosas muestras plásticas relacionadas con la moda, que inauguran durante esta temporada o que encuentran su mayor afluencia en la misma.

 

Y sí, fashionista hasta la médula: quizá no todo sea hospedarse, comprar o comer. También el ente de moda se permite la vida contemplativa. En este periodo no hay nada mejor que ver a las tribus que van corriendo para no llegar tarde a un desfile, presenciar la emoción de las asiáticas que pescan a una modelo en la calle para tomarse una selfie, o ver cómo las boutiques venden couture como pan caliente, contemplar esa bolsa, esos zapatos o el traje de corte impecable que viste en una revista o simplemente soñaste, es parte de vivir el París de moda. Y créeme, bien vale la pena la inversión.