El valle del Loire: la esencia de Francia

El valle del Loire: la esencia de Francia
Una región en la que mires donde mires, encuentras algo hermoso y terriblemente francés. 
Marzo 31, 15
Fotografías por: Javier Belmont

El valle del Loire se podría considerar la esencia de Francia: una región en la que mires donde mires, encuentras algo hermoso y terriblemente francés, ya sea un castillo, un gran río o uno de sus afluentes, un bosque, un viñedo; una plaza medieval, un restaurante en una cocina de garaje, un laberinto en el suelo de una catedral gótica; el azul de una vidriera, o los violetas de un atardecer sobre alguno de sus campos suavemente ondulados. No sorprende que fuera, durante siglos, la favorita de las familias reales francesas.

 

Monumentos históricos, paisajes y cultura se entretejen en esta legendaria región y su río de más de 1 000 kilómetros. Situada a unos 150 kilómetros al sur de París, se puede recorrer en la comodidad de una camioneta (como hicimos nosotros), en barco (no toda la región), o en bici (para la próxima vez).

 

La cuna de Francia, le dicen

La llaman el jardín de Francia, la cuna de Francia, la esencia de Francia. En los 280 kilómetros aproximados que mide la región del fértil valle del Loire, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000, hay gran densidad de paisajes históricos, pequeñas ciudades con catedrales insignes y centros históricos medievales, y efectivamente, algunos de los mejores vinos blancos del mundo. Si te gustan las rosas, ve en mayo. Por todo el país los rosales estallan durante ese mes (también es el mes de los espárragos, por cierto).

 

El eje de nuestro viaje son los castillos; en toda la región quedan unos 400, según algunas fuentes, algunas otras los aumentan a 1 000. Más de 100 se pueden visitar. En ningún otro lugar del mundo hay tal concentración de castillos. Es un verdadero paraíso para un pintor romántico del siglo XIX. Nos encontramos en el Charles de Gaulle, aterrizamos en un reluciente B787 Dreamliner que Aeroméxico presume en esta popular ruta. Nuestro plan es tal vez el más cómodo para un pequeño grupo de personas: rentar una camioneta y contratar a una guía profesional, Virginie Batteux, para que nos acompañe durante todo el viaje.

 

La ventaja de tener a la misma guía es que no tardó en conocernos, y enseguida se dio cuenta del tipo de detalles que nos interesaban: los chismes domésticos, las vidas de las amantes de los reyes, su cotidianeidad. A lo largo de todas las visitas nos fue contando la larga historia, llena de anécdotas, protagonizada por los reyes franceses, sus amantes, esposas, hijos, ministros, secretarios y demás miembros del considerable entourage real. Eso, en vez de que a cada castillo que vayas te vuelvan a repetir la vida de Francisco i o de Luis XIV. Virginie vive en Tours, una de las principales ciudades de la Loire, y conoce la región como la palma de su mano. Fue una gran idea contactarla.

 

Chartres

Pasamos nuestra primera noche en Chartres, en el Grand Monarque, un hotel de cuatro estrellas en un edificio del siglo XVI que siempre ha sido usado como hotel. De hecho, fue el primer hotel en Francia en entrar en la guía Michelin en 1900 (sigue en la guía, y ahora uno de sus restaurantes, Le George, tiene una estrella Michelin).

 

La cava del hotel, orgullo de su dueño, es un buen lugar para empezar a conocer los vinos de la región del Loire, ya que tienen más de 400 etiquetas de esta zona y 40 mil botellas de vino. Sobre una colina que se eleva desde la ribera del río L´Eure, en el centro de la tranquila ciudad, se encuentra la increíble catedral dedicada a Nuestra Señora de Chartres, motivo de tantas intrigas y teorías sobre cultos precatólicos. En Chartres el pasado se mezcla con el presente, camines por donde camines. A lo largo del río, en la parte baja de la ciudad, las casas aún conservan porches que dan al agua y que antes eran utilizados por todos los que usaban la energía y el agua para sus oficios: las lavanderas, los que teñían tela, los herreros, los molineros, etc.

 

 

La catedral, la joya del gótico francés, es por supuesto la marca más impresionante de este pasado latente. Con sus enormes vitrales de colores —2 600 metros cuadrados de vidrieras para ser exactos—, sus tres pórticos y su fascinante laberinto en las lozas del suelo del vestíbulo principal, es una visita obligada para empezar a comprender la región.

 

Por la noche en Chartres (aunque llueva, como la noche que nosotros fuimos) puedes asistir al espectáculo de luces y sonido que se realiza sobre las paredes de 29 edificios históricos del pueblo. Chartres en lumières sucede todas las noches desde principios de mayo hasta finales de octubre. El espectáculo de la catedral es definitivamente el más impresionante. A través de música y luces proyectadas sobre toda la fachada se hace un repaso a su historia, pero además los artistas que lo programaron dejaron libre su imaginación, creando coreografías de luz sobre el enorme templo.

 

Hay un momento del espectáculo en que los pórticos se cubren de los colores que pudieron haber sido los originales. Todos hemos escuchado o leído cómo estaban pintadas las catedrales en el tiempo de su construcción, pero es difícil imaginarlas multicolores al verlas con sus sombríos tonos grises. Aunque nadie pueda saber a ciencia cierta cómo estaba pintada esta catedral, conocemos los pigmentos que se usaban en la época. Basándose en esa información, los creadores del Chartres en lumières pintan por unos instantes la catedral tal y como la vieron nuestros antepasados, hace 800 años. Una maravilla.

 

Maintenon

Al día siguiente empezó nuestro verdadero viaje de los castillos. Visitamos el chateau de Maintenon. Ese era el nombre de su dueña más famosa: Francoise d´Aubigné, marquesa de Maintenon, la segunda esposa —secreta— de Luis XIV, El Rey Sol que consolidó la monarquía absoluta en Francia.

 

La vida de Maintenon es novelesca: las malas lenguas decían (y puede que tengan razón) que nació en la cárcel donde su padre, el protestante Constant de Aubigné, cumplía condena por traicionar al cardenal Richelieu. Su madre, Jean, era de hecho la hija del carcelero de su padre. Al salir de la cárcel, Constant se fue con su mujer (que era católica) y sus hijos a la Martinique. Constant regresó a Francia, y dejó a su familia en el Caribe, hasta que la madre de la futura Maintenon, que probablemente no había recibido noticias de su esposo en años, se cansó de esperarlo y regresó también a Francia.

 

A pesar de su infancia y juventud inestable, Maintenon adulta fue una mujer discreta, generosa y de moral irreprochable, lo que le garantizó su supervivencia en la corte real. Llegó a ser la esposa del rey, con quien se casó en secreto (dicen que además, el rey le fue fiel el resto de su vida y no volvió a tener amantes). Luis xiv la ayudó a comprar este castillo, pequeño en comparación con otros que visitamos después, pero tal vez por ser el primero que vimos o por haber pertenecido a esta dama ejemplar, fue uno de nuestros favoritos del viaje. Los jardines han sido restaurados recientemente, y son una maravilla. 

Le Sully

Nuestro segundo castillo fue Le Sully, que perteneció a Maximiliano de Bethune (1560-1641), un famoso duque protestante, ministro de Enrique iv, Enrique de Navarra. Algunas cosas que nos contó Virginie sobre el personaje: vivió una vida muy larga probablemente porque tenía la extravagante y poco usual costumbre de bañarse todos los días, 81 años para ser exactos. Aparte, fue el ministro de finanzas que restauró la paz y la bonanza económica en Francia. El castillo (o partes de él) preceden al duque: es un verdadero fuerte medieval construido para la defensa y la guerra, y aún conserva partes muy antiguas. Rodeado de agua, se eleva directamente de la fosa, y se entra a él por un portón levadizo.

 

Virginie nos cuenta que la última heredera de esta familia, ya en el siglo XX, trató de vender el castillo durante muchos años. Mientras que encontraba comprador, fue vendiendo los muebles, las pinturas y otros objetos preciosos para mantener su estilo de vida. Cuando finalmente lo adquirió el Consejo General de la región de Loiret, en 1962, no quedaba nada del esplendor de las habitaciones. Pero poco a poco los objetos han ido regresando: algunos pertenecieron originalmente a la familia, y la mayoría son de otros castillos y otras familias. El caso de Le Sully se repite en muchos castillos del Loire: ya sea porque los propios dueños vendieron los muebles o porque fueron lentamente saqueados durante siglos de abandono, pocos son los castillos que conservan sus objetos originales.

 

Después de visitar Le Sully fuimos a dar un paseo sobre el Loire, con picnic y todo. Sin otra distracción más que el curso del río y sus riberas tranquilas, nos pudimos desconectar de todo por un rato, disfrutando de un gran vino blanco, el silencioso paisaje y la compañía.

 

Chambord

Este es el castillo de la desmesura y el inicio simbólico del absolutismo del rey, pero aún así, el arquitecto —del que no se conoce el nombre— se las ingenió para que el edificio, realmente impactante por su enorme tamaño, tuviera gracia y equilibrio. Es bonito sin duda, pero después de visitarlo y conocer su historia, uno se da cuenta de que es mucho contenedor para poco contenido. Lo empezó a construir Francisco i en 1519, inicialmente como un palacio para cazar.

 

Quiso construir un palacio que impresionara al rey de España, la gran potencia europea en ese entonces. Las cifras apabullan: mide 156 metros de largo, 56 de altura, y tiene 77 escaleras, 282 chimeneas y 426 habitaciones que dan un total de 10 mil metros cuadrados. El parque en el que está construido tiene 5 500 hectáreas. A la muerte del rey Francisco i aún no se había terminado de construir, y fue finalizado por sus descendientes. Luis XIV lo terminó 100 años después. Este castillo casi siempre ha estado vacío a lo largo de su historia: si se suman los días que vivieron aquí los reyes o los dueños del castillo, dan un total de 15 años de los 500 que tiene. El entorno es insalubre, ya que está rodeado de pantanos y humedales, a pesar de la gran cantidad de chimeneas, es imposible de calentar; es como un refrigerador gigantesco.

 

Tiene algunas anomalías arquitectónicas muy curiosas: hay unas grandes escaleras en espiral con dos revoluciones, es decir, dos personas pueden subir o bajar las escaleras sin tener que cruzarse. Fue la primera vez que se usó la cruz griega, típica de las iglesias, para un edificio civil, y los aposentos del rey están en el este y la capilla al oeste, al contrario de lo que dicta la tradición.

 

El rey en este palacio se impone a Dios. La disposición simboliza la idea de que el rey es el representante de Dios en la tierra. El lugar es alucinante, es cierto. El castillo hoy en día ofrece muchas actividades para los visitantes: exposiciones temporales, visitas por el parque en bici, a caballo o en barco (hay un río que atraviesa la enorme propiedad), y también la posibilidad de rentar alguna de sus salas para eventos especiales. Además, hay un tour que te lleva a visitar los aposentos secretos, no abiertos al público, de la amante del rey.

 

Cheverny

Este magnífico inmueble pertenece a la misma familia que lo construyó hace más de 500 años, y excepcionalmente conserva objetos de todas sus épocas en un estado inmaculado. Es el castillo en el que se inspiró Hergé para dibujar Moulinsart, el castillo del capitán Haddock, el mejor amigo de Tintín. Yo no conocía este detalle, y soy una gran fan de Las Aventuras de Tintín. Leí los cómics de pequeña ocho mil veces cada uno, así que cuando me di cuenta de que estaba en un lugar que mi imaginación había habitado en miles de ocasiones, mi sorpresa fue grande y muy grata.

 

Por su simétrica belleza, su enorme parque-jardín a la inglesa, por las actividades que ofrece, y por supuesto por los cientos de fans de Tintín que vienen a recordar las aventuras del joven reportero belga y su amigo alcohólico, éste es uno de los castillos más visitados de la región. Los actuales dueños, los marqueses de Vibraye, habitan en una parte del castillo cerrada al público.

 

Es uno de los últimos castillos que se construyeron en la región, con interiores luminosos, cómodos, con un aire más familiar para nosotros o dicho de otra manera, no es difícil imaginarse vivir aquí. Desde 1764 hasta 1825, el castillo pasó por diferentes dueños, hasta que lo adquirió Anne Denis Hurault, la marquesa de Vibraye, regresando de nuevo a las manos de la familia original.

 

No hay que dejar de visitar la jauría de sabuesos del castillo —aquí aún se practica la caza—. Algunos de los servicios extras que ofrece el castillo: se puede aterrizar en helicóptero en los jardines y también ofrecen visitas privadas fuera del horario oficial y, por si fuera poco, el helado que venden está buenísimo.

 

Chaumont sur-Loire

Virginie nos cuenta sobre la última dueña de este castillo antes de que pasara a manos del Consejo de la Región: Marie-Charlote Say, heredera de una fortuna azucarera, la Léon Say. Lo vio —es muy bonito— y lo compró —tenía apenas 17 años—. Fue una mujer notable en su tiempo, que mantenía un salón de artistas e intelectuales en París, aunque pasaba la mayor parte del año en Chaumont. Ella modernizó el castillo, puso agua corriente y electricidad, y devolvió su esplendor al jardín, invitando a famosos paisajistas y arquitectos en la renovación de su dominio.

 

La vista es preciosa, ya que está construido sobre un promontorio a un lado del Loire. El castillo perteneció a Catalina de Medici (1519-1589), esposa de Enrique ii. A la muerte del rey, Catalina obligó a Diane de Poitiers, su rival y amante de su esposo, a intercambiar este castillo por otro que le gustaba más, el de Chenonceau, que Enrique había regalado a Diane.

 

En Chaumont los jardines, su creciente relación con el mundo del arte contemporáneo, la arquitectura y el paisajismo son el mayor atractivo. Cada año reciben a una veintena de artistas invitados para que cada uno cree un pequeño jardín con un tema en común (en el 2014 fueron los pecados capitales). Además, partes del jardín son instalaciones permanentes realizadas por arquitectos, paisajistas y artistas plásticos internacionales. Dentro del castillo hay exposiciones temporales de artistas contemporáneos, como la del artista mexicano Gabriel Orozco titulada Flores fantasmas que nos tocó ver durante nuestra visita.

 

Además, tuvimos la suerte de poder ver las instalaciones de los artistas Henrique Oliveira y Miguel Chevalier. Repartidas por el jardín se encuentran varias esculturas de largo formato. Chaumont cuenta con varios lugares estupendos para comer dentro de los mismos jardines, entre los que destaca Le Gran Velum, un laboratorio culinario que utiliza el tema del Festival de los Jardines de cada año para elaborar un menú cambiante.

 

Amboise y Clos Lucé

Dos castillos muy diferentes, pero muy cercanos y con una historia en común. Amboise fue residencia real durante todo el Renacimiento y el final de la Edad Media. Aquí habitaron los reyes de la casa de Valois y algunos Borbones, y fue escenario de muchos acontecimientos históricos: se daban audiencias y fiestas, recibían a otros reyes y embajadores, se expedían edictos y se firmaban paces y guerras; hubo bautizos, bodas, y por supuesto entierros. La arquitectura muestra una mezcla de lo medieval o gótico flamígero, lo italiano —que llegó sobre todo durante el reinado de Francisco i— y las influencias flamencas.

 

En Amboise está enterrado Leonardo da Vinci, en una capilla preciosa dedicada a San Huberto, patrón de los cazadores. Francisco i invitó al artista florentino a vivir aquí. Llegó con 64 años y murió tres años después, pero imaginamos que disfrutó mucho del único momento en su vida en el que no se tuvo que preocupar por mantenerse a sí mismo, ya que el rey, además de regalarle Clos Lucé, un pequeño castillo, le dio una pensión de 700 escudos al año. Lo nombró “primer pintor, ingeniero y arquitecto del rey”.

 

Clos Lucé, a 400 metros del castillo real de Ambois, fue el hogar de los últimos años de Leonardo. Es pequeño en comparación con los otros que hemos visto, pero es muy bonito y el jardín es enorme, con muchas maquetas gigantes de las invenciones de Da Vinci. Dice la historia que Leonardo se trajo tres cuadros de Italia para terminarlos aquí, en Clos Lucé: La Virgen y el Niño con Santa Ana, un San Juan Bautista y la famosa Gioconda.

 

En Clos Lucé hay dos cafeterías y un restaurante extraordinario, donde el chef Sausin prepara platillos del Renacimiento y los sirve en una bonita terraza que da al jardín. Y entre los dos castillos, en el centro de la ciudad de Amboise, puedes comer un delicioso y sencillo lunch en la pastelería Bigot, donde la dueña despacha sandwiches, omelettes y quiches deliciosas.

 

Villandry

Jean de Breton, ministro de finanzas de Francisco i, lo construyó hacia 1536. Hizo destruir casi toda la antigua fortaleza, de la que sólo quedan los cimientos y un torreón (les gustaba dejar vestigios para demostrar antigüedad y linaje). En 1754 pasó a manos del Marqués de Castellane, que construyó las dos alas de estilo clásico que ahora rodean el antepatio, y entre él y los sucesivos herederos sustituyeron el jardín original por uno de estilo inglés, de aspecto más salvaje y más fácil de cuidar.

 

En 1906 lo compraron Joaquín Carvallo, un científico español, y su mujer, Ann Coleman, una rica heredera americana. Ellos restauraron los jardines a la francesa, basándose en fuentes literarias, además de excavar en su propio jardín para encontrar los vestigios arqueológicos del antiguo jardín renacentista.

Fue un castillo original e innovador para su tiempo.

 

El arquitecto utilizó recursos sutiles para romper con la monótona simetría, como no alinear las ventanas de la fachada central exactamente en el centro del edificio, o hacer que los ángulos del pabellón principal fueran ligeramente obtusos y agudos.

 

Los Carvallo, además de restaurar el jardín, coleccionaron arte español, con un gusto marcado hacia el gore, al parecer: abundan los cuadros de mártires despedazados. Entre los objetos del castillo destaca un techo de artesonado polícromo de estilo mudéjar, traído de una sinagoga de Toledo. Hoy en día, sus descendientes siguen habitando aquí, en un edificio que eran las caballerizas y que es simplemente otro palacio.

 

El jardín es espectacular, y dicen que es uno de los más visitados en Francia. Dividido en siete áreas principales, no le falta su huerta renacentista ni su laberinto ni su jardín del amor. Desde la terraza del castillo se aprecia de maravilla. El huerto renacentista emula los de los antiguos conventos.

 

Desde la época medieval, los monjes solían plantar sus hortalizas organizadas en formas geométricas (por lo general cruces). Los parterres se combinan con fuentes, cenadores y cuadros florales, influencias de la Italia renacentista. En la tienda del castillo, además de los souvenirs clásicos, ofrecen una selección muy interesante de artículos de jardinería, incluyendo una serie de semillas (probablemente no sea legal transportarlas a otro país, pero en fin).

 

De regreso

Lo más difícil, después de un viaje así, es regresar al departamento de uno, sin cama con postes, sin techos de artesonado, sin retratos al óleo de ilustres antepasados; nada de tapices de seda con escenas de Psique y Cupido, ni siquiera un secreter chiquito de madera de cerezo con aplicaciones de marfil. No pido un Da Vinci, pero si por lo menos tuviéramos un puente levadizo, un foso con cisnes, una torre con vistas al Loire…

Regreso a donde empecé: a la intensa concentración de belleza que guarda esta región francesa —o tal vez sea así todo el país, no lo sé—. Lo cierto es que rodearse de objetos bellos es un impulso humano universal, y en pocos lugares se hace tan aparente como en el valle del Loire, en mayo.