El este uruguayo kilómetro a kilómetro
Fotografía de Leo Barizzoni

El este uruguayo kilómetro a kilómetro

un atado de madera prendida sobre una parrilla entrega su brasa a un trozo de carne, para dorarlo lentamente sin permitir que escape su jugo; una botella de vino tannat es descorchada para llenar la copa del sacrificado asador que domina los fuegos; mientras, a pocos metros, la brisa refresca a los habitantes de una mesa bajo la sombra de un eucalipto colorado, que observan el ir y venir de las olas del Océano Atlántico. Estamos en Punta del Este.

 

Paso por la Península


Reconocido en el mundo por la calidad de sus carnes, vinos, campos y playas, Uruguay es un pequeño país de 176  215 kilómetros cuadrados y tres millones de habitantes, principalmente descendientes de italianos, españoles y franceses. Ubicado entre Brasil y Argentina, en las latitudes 34 sur y 56 oeste, en este país la costa se extiende en toda la zona este, primero sobre el Río de la Plata y después sobre el Océano Atlántico. Es en la puerta de acceso al mar abierto donde se encuentra el exclusivo balneario Punta del Este, principal destino de veraneo para lugareños y extranjeros, a poco más de 130 kilómetros de la capital del país, Montevideo.

Bautizado como Punta del Este desde el año 1907, este balneario es una península de arenas finas y doradas y agua azul cristalina, con 40 kilómetros de playas. A pesar de haber nacido como pueblo de pescadores, esta punta fue rápidamente considerada como un glamuroso paraíso natural del departamento de Maldonado (uno de los 19 del país).

Camino al mar

El recorrido hasta llegar al balneario comienza en la Ruta Panorámica Interbalnearia que nace cerca del aeropuerto y recorre los 340 kilómetros de costa este del país. Pasada la hora de viaje, en el kilómetro 130, se llega al balneario Punta Ballena, casa del artista uruguayo Carlos Páez Vilaró. Allí Páez Vilaró construyó el Club Hotel Casapueblo, una casa-escultura inspirada en la arquitectura de las islas del Mar Egeo. Emplazado en un acantilado al pie de la Sierra de la Ballena, en Casapueblo se pueden apreciar algunos de los mejores atardeceres del país sobre el mar.

Punta del Este está a cuatro kilómetros de Casapueblo por la Ruta Panorámica, no obstante, el paseo permite
un rápido desvío a la sierra. En la carretera Interbalnearia, un cartel indica el acceso al Arboretum Lussich, un parque nacional de 192 hectáreas, considerado la séptima reserva forestal a nivel mundial y la más importante de Sudamérica. Después de conocer el parque se puede visitar la quesería contigua, Nonno Antonio, afamada por su producción local de mascarpone, gorgonzola y
reblochon.

Aún en el campo, más adelante por la Ruta 12, en la Sierra de los Caracoles, se ubica la bodega Alto de la Ballena, donde se pueden programar visitas y catas. Sobre la misma carretera se creó la Ruta del Olivo con el restaurante Mendiko y el restaurante de campo La Posta de Vaimaca en Pueblo Edén, uno de los tesoros culinarios mejor preservados del departamento. Uruguay retomó el cultivo del olivo hace menos de una década, pero sus aceites de oliva extravirgen ya cosechan logros en concursos internacionales.

Sólo cuatro kilómetros después de haber abandonado Punta Ballena por la Interbalnearia aparece la península de Punta del Este. Y casi enseguida, a mano izquierda hay un reducto de pastas llamado Pachamama, poco conocido y nada pretencioso. A este balneario se ingresa por la rambla de la playa mansa, zona familiar de aguas tranquilas, ideales para realizar deportes acuáticos como el esquí.

Frente a la orilla está la isla Gorriti, patrimonio arqueológico, destino de yates, cruceros y deportistas, y paraje obligado donde apreciar el atardecer desde el océano. Del otro lado de la península, hacia el suroeste, se encuentra la Playa Brava, favorita de surfistas y gente joven. 

No obstante, este balneario no sólo tiene playas. Dividido en paradas ordenadas en forma decreciente hacia la punta, aquí hay un pequeño centro de calles numeradas con un paseo de compras, ubicado en la fashion road, la Calle 20, donde se comercializan marcas de lujo como Fendi, Versace, Valentino y Musto, entre otras. Para aquellos que buscan productos locales, la península también dispone de un centro comercial, ferias artesanales y diversas tiendas distribuidas por la ciudad.

Frecuentado principalmente por la sociedad argentina, brasileña, paraguaya y chilena, que radica en la zona todos los veranos, Punta del Este dispone de un gran número de casas y departamentos en alquiler, así como también de una cada vez más variada oferta de hoteles cinco estrellas. Conrad Punta del Este es el que acapara la atención de la mayoría de los turistas, quizás por su particular arquitectura en forma de barco que sobresale en la Parada 3 de la Playa Mansa, su casino y restaurante 24 horas. No obstante, es el barrio residencial San Rafael, sobre la Playa Brava, donde vive la alta sociedad del balneario casi desde su fundación. Algunos de los alojamientos de la zona son el moderno hotel boutique design AWA emplazado en la emblemática calle Pedragosa Sierra (reducto de los restaurantes más lujosos del este) y el hotel L’Auberge, de marcado estilo clásico francés, ubicado en una antigua construcción de ladrillos que simula un castillo, con torre incluida. Ambos hoteles poseen propuestas gastronómicas acordes: en AWA, el chef peruano Zozimo Arteaga fusiona sus sabores con los productos locales, y en L’Auberge preparan una de las recetas de waffles mejor guardadas del país.

La oferta culinaria puntaesteña, en general, ronda entre los 50 y los 150 dólares, por persona por almuerzo o cena, y no admite etiquetas únicas, pues conjuga múltiples cocinas. En la península hay dos distritos gastronómicos diferenciados, una oferta más que nada de mar sobre el puerto, en la punta, y otra en el barrio San Rafael, sobre la avenida Pedragosa Sierra. El restaurante Lo de Tere, sobre la rambla, es quizás el principal embajador de las ollas locales, con un menú simple pero de sabor sofisticado, a cargo de María Elena Marfetán, una joven chef a quien su madre le entregó las riendas el año pasado, después de haberse formado en el país y en España.

En el puerto, además, el muelle de Mailhos es una de las paradas obligadas después de largas caminatas por la extensa rambla que rodea el balneario, pues en esta zona hay muchos cafés y bares. A pocos metros de allí está el Yacht Club Uruguayo, a cuyo restaurante de carta tradicional se accede únicamente siendo socio o invitado; Lo de Charlie, donde se come el mejor pulpo de la ciudad, y una pequeña pizzería llamada Pizza Pino, espacio ideal para quienes viajan en familia.

Por la noche, también en la zona del puerto están los bares más frecuentados, Moby Dick, una institución del Este que recibe parroquianos durante todo el año, y Soho, un disco-bar chic ubicado sobre la misma calle. No obstante, debe saberse que en este balneario por la noche abundan las fiestas privadas, por lo que es necesario
vincularse rápidamente, y para ello hay servicios de conserjería que brindan la contraseña de las actividades del verano.

Entre eucaliptos, pinos y caserones, San Rafael alberga a la parrilla El Palenque, un espacio culinario que combina el asado local con la tradición culinaria española de sus propietarios, la familia Portela, quienes se instalaron en el Mercado del Puerto de Montevideo hace medio siglo. Pocos metros adelante, sobre la avenida Pedragosa Sierra, se estableció en los años ochenta el Relais & Châteaux La Bourgogne del chef Jean-Paul Bondoux, destino obligado de paladares exigentes que buscan foie gras, magret de pato y otras especialidades de la cocina francesa. La agenda de este chef está llena casi todo el verano, por lo que es imprescindible reservar, especialmente si se quiere disfrutar de una velada en su florido jardín en vez de un recargado salón. Pese a que disfrutar de un almuerzo o cena aquí es un must de la temporada, la joya del restaurante es su boutique, dispuesta al costado de la misma casa, y en ella los quesos franceses y los croissants y el pain au chocolat que preparan cada mañana.

A pocas cuadras de lo de Bondoux está el restaurante Pez Azul, un fiel representante de la cocina tradicional local, es decir, de aquellos platos que llegaron con los inmigrantes y fueron adaptándose a los ingredientes y paladares locales. Allí se preparan, por ejemplo, lasañas, pechugas de pollo rellenas, costilla de cerdo a la plancha y mousse de dulce de leche.


Cruzando el puente 

Después de disfrutar de la península y los restaurantes del arbolado barrio de San Rafael, incluido un pasaje por el Cantegril Country Club y su campo de golf, conviene retomar el camino por la rambla sobre la Playa Brava, hasta llegar al puente que conecta Punta del Este con su balneario satélite: La Barra. Casa de pintores locales como Ignacio Zuloaga, galería con cuadros de Álvaro Castagnet, entre otros, esta zona fue descubierta primero por los artistas, quienes construyeron coloridas residencias —violetas, rojas o amarillas— sobre la costa.

La Barra nació como un pueblo hippie chic alejado del tránsito y los paparazzi de la península, con saxofonistas que tocan en los bares sobre la única calle principal, la Ruta Panorámica 10, que nace al salir del puente. No obstante, hoy los más jóvenes dominan sus calles con fiestas durante las noches de verano, y la Playa Bikini en el día.

La propuesta gastronómica de La Barra es extensa y variada. Realizar una reserva para visitar el hotel y restaurante del empresario brasileño Rogerio Fasano, Fasano Las Piedras, es esencial para cualquier turista. Ubicado en el camino Cerro Egusquiza, en el punto más alto del balneario sobre la sierra, con una vista privilegiada entre las piedras, a este restaurante de cocina tradicional italiana se llega doblando a la izquierda enseguida de cruzar el puente (hay señalización), después de transitar varios kilómetros entre campos.

De vuelta de Fasano, vale la pena retomar la calle del puente, para encontrar el restaurante Al Forno, en las calles 17 y 20, donde el chef uruguayo Federico Amandola, dentro del bosque, asa corderos y pastas lentamente en su horno de barro. En cambio, si se sigue el camino por la Ruta 10 a mano derecha se encuentra Flo Café, un espacio ideal para relajarse al atardecer en blancos sillones mientras se toma un trago y un sándwich o el té.

Cada vez más alejados hacia el este, dejando atrás el ruido, los veraneantes más sofisticados de Punta del Este han ido poblando la Ruta 10 hasta llegar a José Ignacio, con pequeños caseríos de grandes construcciones como Manantiales o La Juanita. De todos los balnearios satélites recién desarrollados, Manantiales es el más antiguo y mejor provisto. Centro de moda y diseño, esta zona está dominada por la playa Montoya, que recibe a los turistas con música y tragos todas las tardes. Sobre la carretera están las tiendas de ropa Ménage à Trois, SUB (Selection of Unbelievable Beachwear) y Osklen, entre otras, además de casas de decoración y subastas como Sotheby’s y la pizzería No me Olvides, donde todos quieren ser vistos. Al final del pueblo, a la izquierda, en una casa dominada por la madera, se estableció O’Farrell, restaurante de cocina internacional sofisticada que, según la mayoría de los cocineros locales, debería estar incluido en la lista San Pellegrino, publicada en la prestigiosa revista inglesa Restaurant, por la calidad de su gastronomía y servicio.

Más adelante está la fundación y sala de exposiciones del escultor uruguayo Pablo Atchugarry. Para llegar allí debe tomarse la Ruta 104 desde la Ruta 10. Un escondite arbolado entre los más sofisticados del este, en la 104 se instalaron, por ejemplo, el restaurante del reconocido chef argentino Hernán Taiana, ubicado en Pueblomio, Chacra de Manantiales con una cocina dominada por los sentidos. También por la misma carretera se llega a El Abrazo, restaurante de fuegos y hornos de barro del chef uruguayo Federico Gasparri y su esposa Lucía Sosa Días. Este empresario gastronómico recibe en su casa a los comensales, en un espacio elegante sin esfuerzos, un lugar donde relajarse y disfrutar de eternas cenas al calor de una fogata. Muy cerca también se ubica el exclusivo restaurante El Camino, en Altos de Manantiales, donde se suceden presentaciones de dj o conciertos.

Nuevamente sobre Ruta 10, se puede visitar el restaurante El Franchute, de Laurent Laine, un francés radicado en el balneario Buenos Aires, que prepara patés y demás platos de la cocina europea. Y, por último, pocos kilómetros más adelante, en Pueblo San Vicente se instaló este verano una sucursal del restaurante Páru, del peruano Jann Van Oordt, que combina la cocina de su natal con la japonesa.


En la playa del faro

Al continuar el camino por la Ruta 10, en el kilómetro 182 se encuentra la rotonda de ingreso a José Ignacio, una pequeña península de dos kilómetros de largo y 800 metros de ancho, donde
utilizar el carro representa más una molestia que un símbolo
de confort. Destinado para quienes consideran la buena mesa y la vida tranquila un valor agregado, este balneario es un pueblo de pescadores con una playa mansa al oeste y brava al este, y un paraíso para los surfistas.

Atractivo para turistas sobre todo europeos y norteamericanos, este privilegiado destino uruguayo se está convirtiendo lentamente en territorio de extranjeros. En la entrada al pueblo, sobre la carretera, por ejemplo, este año se instaló Belcampo, una tienda de productos ecológicos gourmet, propiedad del grupo estadounidense del mismo nombre con estancias en San Francisco y Belice. No obstante, la mayoría de los inversionistas locales pertenece a la región.

En este faro, el restaurante más afamado se llama La Huella, un parador de madera sobre la arena, abierto todo el día, donde
es usual la espera en la barra mientras se disfruta de un trago. Discípulos del famoso cocinero argentino Francis Mallmann, los propietarios de este espacio —que este año cumplió una década— son Martín Pittaluga y Guzmán Artagaveytia, y su cocina es una de las más ocupadas del balneario. Ubicado exactamente en la playa opuesta a La Huella, Playa Vik es la última inauguración del grupo hotelero Vik en el país, una construcción de alta tecnología que simula la proa de un barco rodeada de búngalos, con la mejor vista del atardecer de la península. Sobre el mismo puerto de pescadores está la Posada de José Ignacio, un alojamiento sin pretenciones que logró captar hace tiempo la búsqueda de quienes se acercan al balneario. Llegada la tarde, uno de los clásicos para el té es Lucy, uno de los espacios culinarios más antiguos de la zona. A la cocina se suma una ecléctica oferta de diseño, con tiendas como El Canuto y Sentido. En esta península no hay forma de perderse, pues al entrar se ven clavadas en postes miles de flechas que orientan sobre cada oferta disponible.

De vuelta sobre la ruta, pasado José Ignacio, a la izquierda aparece Casa Suaya, un hotel boutique que mira al mar sobre la carretera, y que dentro alberga no sólo búngalos, sino también al restaurante Butiá, de la cocinera uruguaya radicada en San Pablo Clo Dimet (también discípula de Mallmann). Allí la carta es corta, pero sustanciosa, y reúne todo lo necesario para quien viene de disfrutar de una mañana o tarde de playa con ensaladas, tartas y carnes, producidas en la zona. En la misma área también está Namm, restaurante escondido en el bosque doblando de Ruta 10 a la izquierda; Saravá, uno de los espacios gastronómicos preferidos por las celebridades de bajo perfil que frecuentan la zona, y Tô, de cocina nipona-francesa en el barrio privado Laguna Escondida (filial de uno de los más sofisticados salones de Buenos Aires, ubicado en el hotel boutique Mio).


Un pueblo en el campo

De regreso al kilómetro 185 de la Ruta 10, en la entrada a José Ignacio, se abre a la izquierda el camino Saiz Martínez, que da acceso a las propuestas de campo del balneario, como el Estancia Vik, que esta temporada abrirá su restaurante al público, y el Haras Godiva, ideal para pasar un día de picnic gourmet y cabalgatas. Esta calle de tierra suelta y polvo es la vía al pueblo más chic de la zona, Pueblo Garzón. Al llegar a la Ruta 9 debe doblarse a la derecha y transitar 14 kilómetros hasta la señalización de ingreso a Garzón, que indica tomar a la izquierda por una calle de piedras.

Hace más de 10 años, Francis Mallmann, ya consagrado como referente de la cocina de los fuegos, decidió abandonar su restaurante en la playa de José Ignacio, Los Negros, para instalarse en un pueblo perdido en el campo a 30 minutos del océano. De esta manera, con la seducción de sus salmones al infiernillo, corderos a las brasas y verduras al rescoldo, el cocinero colocó a Garzón en la agenda de los más exigentes sibaritas. De calles de tierra, con estación de tren y unas pocas casas alrededor de la plaza local, este pueblo posee no más de 200 habitantes, cinco restaurantes y una tienda de diseño.

Son varias las versiones sobre el origen de Pueblo Garzón, pero todas concuerdan en que nació en últimos años del siglo xix. Esta localidad, ubicada en el límite de los departamentos de Maldonado y Rocha (frontera con Brasil), ingresó en el mapa por 1930 con la llegada del ferrocarril, aunque actualmente la estación está abandonada. Con sus dos centenares de pobladores locales dedicados principalmente a la actividad rural y la explotación de canteras de granito gris, este pueblo posee policía, alcaldía, policlínica, iglesia, una escuela, el espacio cultural Galpón el Molino y un club social. Y recibe una insólita afluencia de turistas extranjeros y locales atraídos por la cocina de los fuegos de Mallmann, junto a los vinos de su socio, el vitivinicultor argentino Manuel Mas, propietario de la bodega Finca La Anita. Sin embargo, el panorama culinario allí fue completado recientemente con las propuestas de jóvenes cocineros emprendedores que se instalaron en el pueblo.

En una de las ochavas de la plaza se encuentra el Hotel & Restaurante Garzón, una vieja casona de ladrillos construida a principios del siglo xx como almacén de ramos generales, y que en 2004 fue restaurada por uno de los arquitectos mimados del este, Diego Montero. En este reconocido páramo lejos de la movida estival, se puede almorzar o cenar por alrededor de 150 dólares por persona o disfrutar de una estadía “all inclusive” por 780.

A pocos metros de allí, en el camino de la estación del tren, se instaló una de las discípulas de Mallmann, Lucía Soria, chef y propietaria de Lucifer, que fue conquistada por el pueblo al conocerlo hace una década. También en la búsqueda del contacto con la naturaleza, forman parte de la bohemia local la cocinera argentina Paula Santucci con Paulette Bistro, de cocina artesanal y orgánica; los artistas Carol Ansaldo y Gustavo Aguirre con el colorido restaurante D’Cepa Pueblo Garzón Art & Cuisine; el chef local Jonathan Núñez con su Terranova Café, y los diseñadores Carolyn Prevett y Mariano Piñeyerúa con su tienda y estudio de diseño Allium.

Además de buena mesa, música y diseño, Garzón ofrece experiencias de campo. En la misma calle que lleva al pueblo desde la Ruta 9 se abre una bifurcación a la derecha con un letrero que indica Agroland, una finca de 3 000 hectáreas que pertenece al magnate de la energía en Argentina, Carlos A. Bulgheroni. Allí, a partir de diciembre se podrán coordinar visitas a su planta de aceite de oliva Colinas de Garzón y disfrutar de un menú de tapeo, creado por Mallmann, maridado con los vinos que elaboran en el predio, bajo la etiqueta Garzón.

Muy cerca de Agroland está Belcampo, única inversión en Sudamérica de esta empresa con experiencia en alimentos sostenibles en San Francisco, Belice y próximamente Sudáfrica. Con apertura en diciembre, la estancia recibirá a grupos de máximo 10 personas que deseen pasar una velada al aire libre alrededor del fuego comiendo un asado del chef Santiago Garat.

Este último emprendimiento natural llegó al país para complementar la variada oferta del este uruguayo, un destino de playa y campo, centro de atención de vecinos y extranjeros, especialmente durante la temporada estival. 

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