Las joyas de Nueva Zelanda: Auckland y Wellington
Se hace difícil resumir en pocas páginas las experiencias de un viaje que recorre dos zonas urbanas potentes y llenas de estímulos, en las que se mezclan permanentemente cemento y áreas muy verdes, cuya gastronomía representa a todas las zonas de Asia, y donde hay pescadores sempiternos lanzando sus carnadas al mar, así como museos colosales.
La suerte de Nueva Zelanda es tener un par de ciudades que son imanes por sí mismas: Wellington es la capital, puerta a la isla Sur y un enclave cultural. Auckland es el área más poblada del país, tiene el mayor aeropuerto internacional y es un polo económico. Distanciados por 630 kilómetros, ambos lugares aparecen anualmente posicionados entre los mejores sitios para vivir en el mundo.
Visitarlos significa hablar con los “kiwis” —como coloquialmente son llamados sus habitantes—, visitar islas y tomar una copa de vino en viñedos con vista al mar o comer fish n' chips, el plato típico de papas y pescado fritos. Auckland y Wellington son los referentes de la cultura neozelandesa del siglo xxi, en la que se mezcla lo polinesio y lo inglés con lo asiático, la insularidad con el primer mundo y la vida moderna con la siesta.
Viajar al futuro
Tras 14 horas de vuelo desde América Latina, cuando se llega a Auckland, la más grande de las ciudades de Nueva Zelanda, se desembarca directamente al futuro. Por gracia de los husos horarios internacionales, apenas se pone un pie en el principal aeropuerto de la isla se comienza a vivir un día adelantado a la mayor parte del planeta. Jet lag mediante, empieza la incursión en uno de los países que llenan el imaginario viajero con sus magnos paisajes retratados por la saga cinematográfica de El Señor de los Anillos y su merecida fama de Meca de los deportes de aventura.
El país se compone de dos amplias islas: la Norte, con Auckland y Wellington como principales puntos de desarrollo, y la Sur, con glaciares, montañas y pequeñas ciudades. Ambos territorios son la cuna de una historia de poblamiento que comenzó hace 700 años, cuando llegaron los maoríes, importante etnia canoera polinesia, a la zona más septentrional. Ellos fueron los únicos regentes de esta geografía hasta el arribo de los ingleses a mitad del siglo xix, quienes, mediante guerras y postreros tratados, se quedaron “colonizando”. Esta presencia ha dotado a Nueva Zelanda de una poderosa herencia: el inglés como idioma oficial, el volante de los autos a la derecha, un amor reverencial por la reina Isabel II, servicios públicos que funcionan puntuales y el rugby, pasión kiwi casi tan intensa como el amor a la cerveza.
Nueva Zelanda está lejos de todo. O casi. Limita en el extremo norte con el Mar de Tasmania, que la separa de la enorme Australia y nada más. Sólo océanos. Este nivel de aislamiento no ha sido obstáculo para que se convierta en una nación desarrollada, con altos estándares de calidad de vida y de preservación medioambiental y con un poderoso ingreso per cápita. Éstas son razones más que suficientes para hacerla un imán para migrantes chinos, indios, nepaleses, sudamericanos y japoneses, que han sido los nuevos vecinos de la última década.
Caminar por Auckland
Son las ocho de la mañana, despunta el sol y las principales calles del centro de Auckland se pueblan de gente. La calle Queen, uno de los puntos más centrales y cosmopolitas de la ciudad, es una pasarela de colores y razas. Hay que hacer el ejercicio de sentarse en cualquier restaurante con sillas en la calle, pedir un café con un muffin y deleitarse mirando a una buena representación de la población mundial coexistiendo en pocos metros. Turbantes, minifaldas, rubios, ojos rasgados, repartidores de pizzas, indios y maoríes se suceden entre vitrinas y edificios que mezclan estilos modernistas y neovictorianos.
El centro de la ciudad es un tejido de calles que ondulan sobre pequeñas lomas con vista al mar y que rodean la omnipresente figura de la Sky Tower, enorme edificación de 328 metros coronados por una gran antena. Es cosa de levantar el cuello para encontrarla. Por 28 dólares locales se puede acceder a tres miradores que alcanzan entre los 186 y los 220 metros, cuentan con dos restaurantes y de las mejores panorámicas de toda la bahía dominada por islas y volcanes extintos. Estar en el país de los deportes extremos, semejante altura hace honor a la fama de Nueva Zelanda. Hay dos opciones para quienes no sufren de vértigo: una caminata por la plataforma exterior (evidentemente con protecciones antisuicidas) o el “clásico” bungee desde 192 metros de altura en medio del cemento.
De regreso en la tierra, las opciones se abren sin necesidad de salir del centro. Por la calle Victoria, unas cinco cuadras hacia el este de la Sky Tower, se encuentra el Albert Park, colina transformada en parque, con añosos árboles y fuentes de hierro de finales del siglo xix. A esta altura ya hay panorámicas que mezclan los modernos edificios con la tranquilidad del verdor, una imagen que se repite en toda la isla Norte: naturaleza y urbanismo en armonía. En el extremo sur se ubica la Auckland Art Gallery, con 15 000 obras cobijadas en un edificio creado en 1888 para recibir el arte maorí y europeo, con varias salas de arte clásico y moderno.
Otro parque emblemático es el Domain, al que se llega atravesando la modernísima Universidad de Auckland. El Domain es un pequeño volcán extinto, lleno de enormes árboles y con un
bello trazo paisajístico, cuya cima está coronada por el Museo de Auckland. Hay que darse unos minutos antes de entrar, y disfrutar de la vista sobre la bahía. El recinto, de grandes pilares, fue inaugurado en 1929 en memoria de los caídos en la Primera Guerra Mundial. En su interior contiene tres pisos con gran parte de la historia etnográfica y natural de Nueva Zelanda, incluyendo el inmenso legado maorí y los vestigios de la colonización europea. A un costado del museo se encuentra el Jardín Botánico, con más de un siglo de antigüedad y con una sección de flores y otra de plantas selváticas, en caso de añorar el clima húmedo-tropical.
Los mareados y los veleros
Colina abajo y rumbo al puerto, la ciudad se convierte repentinamente en un pequeño cuento de terror. De la nada aparecen tumbas del siglo xix, llenas de moho, rodeadas de pastizales y lúgubres arboledas. Es una isla del pasado en medio de carreteras y superedificios. Para los lugareños es natural pasar junto al cementerio de la calle Symonds y esperar un microbús sin sentir que los monstruos del video de “Thriller”, del finado Jackson, se abalanzan detrás de uno.
Esa mixtura de ambientes es una característica fundamental de Auckland. Su apertura a otras tendencias es más visible en la cercana Karangahape Road, más conocida como K’ Road, la calle más bohemia de la ciudad, que en pocas cuadras tiene galerías de arte, tiendas gays, restaurantes krishnas, venta de ropa usada, hostales con onda, tiendas con artículos militares y lugares para comer con preparaciones de toda Asia, o casi. Durante la noche, los pubs empiezan a llenarse desde temprano, como a las siete, siendo la cerveza a destajo la regla, y pudiendo ver los resultados de esta pasión dos o tres horas después en tambaleantes ciudadanos que transitan calles arriba o abajo.
Opción para marearse en un sentido menos etílico es navegar por las aguas salobres de Auckland. Es fácil llegar: caminando por la calle Queen hacia el norte, comienza una costanera en la que se ubica una media docena de muelles, centenares de embarcaciones y el bello edificio de estilo inglés que es la Terminal de Ferries.
Los ferries unen a las principales islas de las cercanías con la ciudad. ¿Opciones? Un tour que va por toda la bahía recorriendo la zona de Devonport, el faro de Bean Rock y la increíble isla Rangitoto. Con sólo 600 años de antigüedad, esta ínsula es un volcán y toda su geografía es de roca volcánica. Se puede realizar trekking hasta la cima. Otra alternativa es ir hacia la isla Waiheke, una de las más grandes de los alrededores, ubicada en el Golfo de Hauraki. Es sólo media hora de navegación y una sonrisa garantizada: ondulantes colinas, playas magníficas, viñedos con vista al mar que pueden recorrerse con una copa de Syrah local, olivos y grandes bosques. Si nada de eso resulta atractivo, otra opción es obtener adrenalina a raudales viajando en uno de los yates profesionales de doble vela que usualmente participan en la Copa del Mundo y que, pago mediante, permiten ser uno de sus tripulantes y navegar a toda velocidad en las aguas de Auckland.
Si no se tiene ese apego por ser un “lobo de mar”, en el Viaduct Harbour —continuación de la costanera hacia el oeste— hay decenas de lindos restaurantes con frutos de mar, y el Museo Marítimo Nacional, con un enorme barco en el frente, que hace imposible perderse.
Rumbo a Windy Welly
La recomendación es de al menos tres días para recorrer bien la zona céntrica de Auckland. Sin embargo, se requieren unas jornadas más si se va en verano, sobre todo para recorrer los sectores de playas en los suburbios. Barrios de grandes casas y bellas playas como Karekare Beach, Mission Bay, Point Chevalier Beach, Herne, Home Beach, Block House o Surfdale son la cereza de este pastel.
Es tiempo de ir a Wellington y hay tres opciones de viaje: una hora en avión, 10 en bus o 12 en tren. Si se tienen tiempo y ganas de ver la geografía interna de la isla Norte, la mejor alternativa es el ferrocarril. El tramo se llama Overlander y sale diariamente.
La capital del país queda en el extremo austral de la isla Norte, por lo que el clima varía radicalmente y es mucho más frío que la agradable temperatura de Auckland. Windy Welly, así le dicen los que conocen sus vientos que corren sin piedad.
El ventarrón es fuerte, pero no alcanza a opacar a una de las urbes más escénicas de Nueva Zelanda. Una serie de colinas verdes cubiertas de grandes casas rodea a la bahía de Port Nicholson y es el hogar de las 450 000 personas que habitan la capital más austral del mundo, que detenta este título desde 1885, año en que relevó a Auckland como sede gubernamental y política.
No todo son cerros. En una estrecha planicie a nivel del mar están ubicados los principales edificios públicos y comerciales, abundantes museos, puertos y una bella costanera que es recorrida a toda hora (realmente a toda hora) por amantes del trote. Este espectáculo aumenta antes y después de los horarios de oficina. A la vista hay una legión de corredores que enfrentan el frío viento salobre, como los navegantes a vela que recorren veloces las corrientes del Estrecho de Cook, límite natural que nos separa de la isla Sur.
Una ciudad boutique
Wellington es hermosa. No es un adjetivo antojadizo. La ciudad está bien pensada y es de ésas que los arquitectos llamarían de “escala humana”. Desde el primer momento se palpa el esmerado cuidado de las edificaciones, las calles limpias, variadas esculturas y monumentos, grandes centros culturales, parques perfectos, hoteles y hostales de primera categoría, comercio sofisticado y un barrio bohemio —la calle Cuba— con tiendas de diseño y bares decorados con gran gusto.
Las distancias son muy cortas para recorrerlas caminado, sobre todo tomando en cuenta que los buses en ciertas zonas no pueden sobrepasar los 30 kilómetros por hora. Perderse por las calles de Welly es altamente recomendable. En la zona norte de la bahía están las estaciones de tren y bus; el Westpac Stadium donde juegan los Hurricanes, el equipo local de rugby, y el puerto desde donde salen los buques hacia la isla Sur. Hacia la parte más austral de la ciudad están el monte Victoria, con una increíble panorámica, y la Oriental Bay, parte de la costanera en la que se alternan espaciosas viviendas, pescadores y gente corriendo (¡cómo no!) y muchos escaños para sentarse a contemplar la ciudad.
La población es mayoritariamente kiwi, de modo que casi todos son rubios, a diferencia del crisol de razas que es Auckland. Aun así tiene más de 80 embajadas y restaurantes de todas partes del mundo, que le dan ese aire permanente de migración.
La cultura citadina
Más de una docena de sitios preserva la cultura local entre museos, bibliotecas y centros de archivos, que se suman a una serie de galerías de arte, recitales de música y cines, como el Embassy Theatre en el cual se estrenó mundialmente El Señor de los Anillos, dato no menor, ya que Peter Jackson —el director de la saga— nació acá, y su productora Weta, una de las más respetadas en el medio, se encuentra también en Welly. De hecho, uno de los panoramas de la metrópoli es ir a The Weta Cave, en la zona de Miramar, que cuenta con todas las reproducciones usadas en los filmes, incluyendo al mismísimo Gollum en tamaño natural.
La principal atracción cultural de la ciudad es el museo Te Papa Tongarewa, enorme construcción ubicada en la zona media de la costanera, inconfundible por sus dimensiones. En cinco pisos presenta toda la historia natural, geográfica, etnográfica y social de Nueva Zelanda. Con una mayor relevancia puesta en la herencia de la cultura originaria maorí, visitar el Te Papa motiva a una nueva visión del país. Incluye dos joyas: la réplica de una casa en la que se puede experimentar un terremoto (se mueve todo) y una sección en que se explica la llegada de los extraterrestres a la nación. No se trata de seres de otros mundos, sino de todas las plagas exógenas que han llegado a las islas y que han cambiado para siempre el ecosistema, incluyendo experimentos de corta vida, como fue el caso de las cebras.
El Te Papa es de visita obligada. Unas cuatro o cinco horas alcanzan para visitar todos los niveles. A pocos metros hacia el norte hay otro hito cultural de importancia: Civic Square. El principal lugar público de la capital es la sumatoria de una serie de pasarelas y esculturas con vista al mar y edificios como la imprescindible Biblioteca Pública (con miles de libros, revistas, cd y dvd), oficinas municipales y un gran centro de atención turística con gente absolutamente eficiente ante cualquier duda o dificultad.
Cable Car y el Jardin Botanico
En cualquier tienda de souvenirs hay postales de Wellington que muestran el Cable Car, un funicular rojo de 1902 que sigue tan vigente como en sus inicios. Para poder abordar este singular medio de transporte hay que internarse en el barrio financiero por la calle Lambton Quay hasta el número 280. La entrada no es muy clara, así que hay que estar atento. Se asciende durante 10 minutos y hay, al final del trayecto, junto con la vista que se obtiene, la posibilidad de conocer un museo sobre la historia del Cable Car y opciones mejores, como visitar el Observatorio y Planetario Carter, con amplias historias del espacio y el universo, o pasearse por el Jardín Botánico. Con 25 hectáreas perfectamente diseñadas y espacios para distintos ecosistemas, la zona sorprende por su diversidad floral y por su magnífica paz. Creado en 1868 con el fin de preservar especies extranjeras, es uno de los puntos favoritos de los lugareños, que lo usan para correr, otra vez, o descansar.
El Parlamento, la costanera
y las noches de Cuba
Desde el Jardín Botánico todo es en bajada. Al igual que en Auckland, aparece de la nada un antiguo cementerio que antecede a la zona del Parlamento. En este sector hay grandes edificios que son la sede de los poderes Ejecutivo y Legislativo. El más llamativo es el Beehive, construido en 1977 con forma de panal de abejas y que es sede de gobierno. Hay posibilidades de realizar tours gratis cada día. Este barrio político tiene más de 45 000 metros cuadrados y destacan también la Biblioteca Nacional y la Catedral de Saint Paul.
Desde este punto se puede recorrer todo el borde de la costanera. Hay una serie de bares en el parque costero de Frank Kitts en los que se puede tomar sol y beber cerveza, con grandes cojines que los locales ponen en los prados. La atmósfera de Wellington es relajada y se nota que no sólo hay tiempo para producir, sino que sus habitantes procuran usar la ciudad de la mejor forma posible y siempre puertas afuera, sin importar demasiado el ventarrón.
Pasando Civic Square y camino al Te Papa hay una serie de esculturas entre las que destaca la de un hombre desnudo recibiendo el viento en la cornisa de un viejo muelle. Los domingos en la mañana, en las cercanías del museo, se coloca una feria callejera con frutas y verduras y pequeños locales con comida de diferentes países, muchos de ellos latinos, que atraen a los comilones de mediodía.
La fama de Wellington tiene que ver también con sus noches. La calle Cuba es el epicentro de la fiesta, con una buena cantidad de bares que están abiertos desde temprano. Los pubs ofrecen varias clases de cervezas y música en vivo. Los más recomendados son el Havana Bar, con salsa en vivo; el San Francisco Bath House, que siempre está lleno, y el Southern Cross, con 100 años de vida y un patio con fogones, mantas y bolsas de agua caliente para los friolentos. Además hay espectáculos cada fin de semana, de los que es posible enterarse en las carteleras de las tiendas de diseño que hay en la calle Cuba. La noche no se limita a este sector. Sobre la cercana Courtenay Place hay variados restaurantes italianos, indios, malayos o vietnamitas que comparten espacios con muchos bares.
Out of Welly
Si bien los encantos de la ciudad son muchos y dan para quedarse, las afueras de Wellington también cuentan con notables espacios para recorrer. El Valle de Hutt, a 15 minutos en auto, en la parte norte de la bahía, es la puerta a las actividades de montaña y bosques, con trekking y actividades en bicicleta. Zona importante en la mitología maorí, su pequeño pueblo mezcla cafés con galerías de arte.
Otro sitio interesante es la isla Kapiti. Ubicada a 50 kilómetros al norte de Welly, es una de las reservas de flora y fauna locales más importantes del país. Situada a cinco millas náuticas de la costa, es una santuario de aves, entre las que destaca el emblemático kiwi (Apteryx owenii).
Si de animales se trata, mucho más cercano es el Karori Wildlife Sanctuary, un parque con especies nativas y con el ambicioso objetivo de restaurar la naturaleza original de la región restringiendo parte de su territorio al acceso humano por, aunque parezca mentira, 500 años. El santuario cuenta con 225 hectáreas protegidas por una reja que inhabilita el acceso a mamíferos predadores como gatos o perros. Tiene 35 kilómetros de senderos internos con posibilidad de ver y fotografiar muchas aves.
Finalmente, en medio de la bahía está la isla Matiu/Somes, a la que se llega vía ferry, y que fue durante generaciones reducto maorí. Sin embargo, gracias a la voluntad de sus ocupantes originarios y diversas instituciones, se logró desde 1995 transformarla en reserva natural y patrimonial. Todos estos cuidados han promovido el aumento de la fauna local, tanto de aves como de reptiles. Incluso es posible hacer un picnic escénico al lado del faro.
Finalmente… ¿cuál es mejor?
Es una de las preguntas típicas que les encanta hacer a los lugareños: “¿Preferiste Auckland o Wellington?”. La única manera de saberlo es ir y ver. Aun así, hay datos “objetivos”: según el ranking Mercer de 2010, Auckland es la cuarta ciudad del mundo con mejor calidad de vida y la primera de Asia-Pacífico. En el mismo ranking, pero en la variable de ciudades ecológicas, Wellington aparece quinta a nivel global.
Esta especie de empate técnico sólo puede ser resuelto de manera individual: con el viaje, perdiéndose por las calles ondulantes de ambas urbes, conversando con sus habitantes, bebiendo algo en un bar mientras se ven los casi diarios partidos de rugby o dejándose acariciar por el viento fresco de la isla Norte mientras el paisaje llena los ojos. Elija la que quiera. Ambas son cartas que se juegan a ganador.
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