
La ruta del carnaval
Baco, Isis y Momo son los responsables de tamaña juerga. Parece ser que, de tanto en tanto, bajaban del Olimpo y se les agasajaba como Dios manda. Aunque son inciertos los orígenes del carnaval (algunos estudiosos señalan las fiestas en honor a los dioses de las antiguas civilizaciones de Roma y Egipto), hay investigadores que los adjudican a la mismísima Iglesia católica. Habría ocurrido allá por el año 604, mediante la imposición de la cuaresma previa a la semana santa, que prohibía algunos placeres mundanos como comer carne y beber alcohol. Así fue que el pueblo tomó los días previos a la veda para entregarse al placer, y nacieron los días del “adiós la carne”, en italiano carne-vale. De una u otra manera se puede decir que el carnaval es parte de la religión.
La fiesta tuvo su evolución en el Viejo Continente y, con la impronta europea adquirida en los bailes parisinos, llegó a las costas americanas para quedarse, tomando ribetes propios en cada uno de los lugares donde se festeja, con el aporte fundamental de la cultura africana y los pobladores originarios.
Hoy en día, los carnavales son una de las expresiones culturales más ricas y significativas de la región. Tríos eléctricos, blocos y maracatús en Brasil. El desfile de llamadas, murgas y candombe en Montevideo, Uruguay. Huaynos, caporales y diabladas en Oruro, Bolivia. Diablitos, chicha y carnavalitos en Tilcara. Músicas, personajes y expresiones de este festejo que cada febrero estalla en Sudamérica.
RÍO DE JANEIRO,
SAMBA SIN PARAR
En Río de Janeiro, las malas lenguas dicen que el carnaval nació en las calles y murió en el Sambódromo. Y que el carnaval de los turistas es en el Sambódromo da Marquês de Sapucaí
y el carnaval carioca en los blocos.
Si en Río todo el año es carnaval, durante los días en que Momo es rey, la cidade maravilhosa lidera el ranking de excesos bajo un Cristo Redentor que se hace el distraído. A la vera del mar, en los rincones más chic o en las barriadas, todo el mundo danza, cerveza en mano, bajo una lluvia de espuma en medio de un gran baile de disfraces callejero.
La cara más difundida del festejo es la que reproduce el minuto a minuto de todo lo que ocurre en el Sambódromo Marquês de Sapucaí, el desfile de las famosas escolas de samba, a lo largo de cinco noches infinitas. Sin embargo, afuera la historia es otra. La gente toma las calles de la ciudad siguiendo el ritmo que imponen los blocos, agrupaciones de amigos y vecinos que se juntan a tocar durante todo el año en los barrios con la mira puesta en el día de gloria, el momento de imponer el ritmo y adueñarse de una ciudad que late a pura samba. Son ellos quienes le dan identidad al verdadero carnaval, el carnaval da rua o callejero. Los hay pequeños, pero también grandes organizaciones que llevan décadas en la ruta. Fieles representantes de la vieja guardia son la Banda de Ipanema, oriunda del barrio más famoso de Río e ideada por un grupo de bohemios intelectuales allá por la década de los sesenta; el Cordao do Bola Preta, uno de los más antiguos, que arrastra multitudes durante el sábado de carnaval por el centro carioca; o los Escravos da Mauá, de origen afro, que abren el festejo callejero en la noche del jueves. Entre los más novedosos están las Carmelitas, que desatan tremenda fiesta en el bohemio barrio de Santa Teresa, o los jóvenes del Cordão do Boitatá, artistas de toda calaña. Son tantos que si uno no se arma de una buena hoja de ruta, es posible que termine perdiéndose entre la marea humana. Quizá sea la mejor forma de disfrutar como lo hacen los lugareños. Tal como dice Meri Sandi, una carioca a ultranza que trabaja en una agencia de publicidad: “El pueblo se olvida de todo durante el carnaval. El carnaval es alegría, cerveza helada, y a sambar sin parar”.
SALVADOR DE BAHÍA,
EL PODER DEL PUEBLO
Tiemblan las centenarias iglesias de la capital bahiana. Los tríos eléctricos
—gigantescos camiones que funcionan como escenarios móviles— sacuden la
ciudad y arrastran multitudes por las calles. El trópico arde. El pueblo se estremece. Salvador es un hervidero de gente, y la única religión en este lugar donde reinan los ritos yorubas es el paganismo.
La ciudad vibra al ritmo del axé y el pagode que retumban en los gigantescos sound systems ambulantes que recorren los tres circuitos principales donde la gran fiesta explota: Campo Grande, Barra-Ondina y Pelourinho, barrios poseídos por el fervor carnavalero. Por allí desfilan hasta altas horas de la madrugada megaestrellas de la música vernácula como Daniela Mercury, Ivete Sangalo, Carlinhos Brown, Chiclete com Banana o Timbalada, entre otros, arrastrando multitudes. Sai do chão!, (“salgan del piso, salten”) arengan las divinidades de la canción bahiana. Y la masa enloquece, y el trío acelera y todo el mundo corre y baila y salta y canta detrás.
Las agrupaciones afro se destacan por su espiritualidad, basada en el candomblé, religión de origen africana. Ilê Ayê, Olodum, Filhos de Gandhy, Cortejo Afro, Muzenza y otros son parte de este mosaico negro que enciende otra llama en el carnaval de Salvador. Ellos no sólo utilizan la fiesta para divertirse. Sus cantos son como plegarias y reivindican los derechos de los afrobrasileños.
“El carnaval es el poder del pueblo, es una forma de desahogo —dice Reginaldo, director del ya desaparecido bloco carnavalesco Secos & Molhados—. Es muy importante porque tiene cultura, diversidad y ofrece la libertad de expresarte. Uno puede hacer lo que quiera. Si quieres criticar, criticas.
Si quieres vestirte de mujer, te vistes de mujer. Puedes bailar en medio de la calle sin que te traten de loco. El carnaval tiene el mismo gusto maravilloso de ganarle a Argentina. Es un caos saludable.”
OLINDA-RECIFE,
TRADICIÓN NORDESTAL
Ríos de gente invaden las viejas calles de Olinda, al compás del frevo y los redobles del maracatú, una mezcla autóctona de ritmos heredados de
África y Europa, característicos del
carnaval de Pernambuco, al noreste de
Brasil. Centenares de agrupaciones de raíz africana —maracatú como también se les llama a algunas comparsas afro— desfilan por la pintoresca ciudad arrastrando por sus callejuelas cerca de un millón de personas al son de sus pegadizas melodías ejecutadas por bandas de viento y tambores. Los blocos se entrecruzan en las estrechas laderas del pintoresco centro antiguo, generando verdaderos embotellamientos humanos. Son miles de cuerpos cubiertos de espuma y bañados en sudor. Danzan y cantan como en trance bajo el abrasador sol nordestal.
El de Olinda es, quizás, el menos conocido de todos los festejos carnavalescos de Brasil. Sin embargo, no deja de sorprender. Es un espectáculo frenético —como el frevo, que se baila agitando con frenesí unos paraguas de colores—, del que todos participan libremente en esta bellísima ciudad Patrimonio de la Humanidad. “Aquí se preservan las más puras tradiciones del noreste brasileño”, explica Júnior, un artesano de Recife, en Cidade Tabajara,
un barrio humilde de las afueras de Olinda, donde desfilan los maracatús rurales, agrupaciones tradicionales de fuerte raigambre afro. En Pernambuco, las viejas costumbres se fusionaron con
el toque moderno que aportan las nuevas generaciones de inquietos artistas locales. El desfile de los muñecos gigantes, por su parte, es todo un clásico. Son más de cien muñecos que pueden llegar a los tres metros de alto. Aquí la sátira no discrimina, desde el mismísimo Lula hasta Bin Laden pueden ser caricaturizados.
En Recife, a pocos kilómetros de Olinda, se reúnen cada sábado de carnaval los seguidores del bloco más grande del mundo según el libro Guinness de los récords, el Galo da Madrugada, que llega a convocar a dos millones de personas por las calles de la capital pernambucana. La Noche de los Tambores Silenciosos, que despierta multitudes en el renovado centro histórico durante la noche del domingo, le aporta un toque místico a tanto desenfreno. Se trata de un desfile de agrupaciones que rinden homenaje a las almas, una vieja ceremonia de origen africano.
Tradición, misticismo y desenfreno: eso es el carnaval de Olinda.
MONTEVIDEO,
EL MÁS LARGO DEL MUNDO
“El carnaval es la manifestación artística y cultural más significativa de Uruguay, junto con el futbol”, afirma César Bianchi, periodista uruguayo.
El autoproclamado carnaval más largo del mundo, que dura 40 días y otras tantas noches, alcanza su clímax durante el desfile de las tradicionales llamadas, a lo largo de dos jornadas. Los apasionados por la fiesta del rey Momo acuden en masa a las calles de los barrios montevideanos Sur y Palermo, a deleitarse con el desfile de unas 40 agrupaciones barriales que protagonizan dos noches maratónicas y despliegan toda la herencia africana a puro candombe. “Blancos y negros se unen para desfilar por la calle Isla de Flores al ritmo del piano, el chico y el repique. Los tres tamboriles remiten a la forma de encuentro de los inmigrantes africanos, cuando se ‘llamaban’ con la percusión para ir juntos a la fiesta del dios Momo”, explica Bianchi.
Ataviados en trajes de colores, cada sociedad de negros y lubolos (blancos pintados de negro), banderilleros
y comparsas exhiben sus banderas y
estandartes para luego dar paso a tambores y a personajes típicos, como la Mamá Vieja, el Director, el Gramillero que barre los males, el Escobero Malabarista
y las Vedettes que se menean sensuales en ínfimos trajes.
Pero no sólo de llamadas se alimenta el carnaval uruguayo. Las murgas y sus clásicos cantos llenos de ironía, que giran en torno a los hechos más destacados del año y satirizan a la plana mayor de la política local, son otro de los rasgos distintivos que hacen de Montevideo una de las referencias carnavalescas en el mundo. Se presentan en los tablados dispuestos en varios puntos de la ciudad, o en el Teatro de Verano Ramón Collazo, donde compiten y marcan el pulso de esta expresión popular uruguaya, que trascendió las fronteras del carnaval.
Murgas, llamadas y candombes son sinónimo de esta fiesta interminable.
TILCARA, ¡SOLTAME, CARNAVAL!
“Para el quebradeño, el carnaval es sagrado, es alegría y es identidad. Está muy arraigado y comprometido con el pueblo. Y no conoce edades: uno comienza en el vientre de su madre. Y cuando nacés, te ponen en la espalda y te llevan a carnavalear”, dice Walter Apaza, docente e investigador en materia carnavalesca. En Tilcara, este pueblo de la Quebrada de Humahuaca —Patrimonio Cultural de la Humanidad—, se celebra uno de los carnavales más auténticos, coloridos y originales de Argentina, un festejo que se extiende por nueve días ininterrumpidos. Rituales de una cultura ancestral e influencia española se fusionan en esta fiesta que toma las calles y atraviesa la puerta de los hogares tilcareños.
Aquí, en la provincia de Jujuy, al norte de Argentina, el carnaval está asociado con las festividades de la abundancia que realizaban los pueblos andinos, quienes se ayudaban mutuamente para levantar la cosecha. Luego hacían una fiesta y, finalizada la celebración, se trasladaban a otro predio.
Hoy en día, todo comienza con el “desentierro del diablo”. Los pobladores se reúnen alrededor de una “apacheta” (altar) y en medio de un baño de harina, papel picado, espuma y cerveza, lo desentierran y “decretan” el inicio del carnaval. Día tras día, una decena de comparsas arrastran multitudes de puerta en puerta al son de carnavalitos y huaynos ejecutados por bandas de trompetas, saxos, trombones, bombos y platillos. ¡Soltame, carnaval!, gritan los más poseídos, mientras recorren las distintas “invitaciones” a las que son convidados a beber chicha hasta que el brebaje se evapore totalmente del tonel gigante en el que se mezcla el aguardiente. Rechazarlo es descortés. Luego, la comparsa y sus seguidores siguen de fiesta por la ruta de las invitaciones. Los diablitos, actores principales de este festejo desatado, pululan por todas partes, con sus coloridos trajes espejados. Bailan con todas las mujeres, revolean sus largas colas, beben y hablan impostando la voz para no ser reconocidos.
Y todo concluye, ocho días después, con el entierro del diablo, una forma de agradecer y pedir por un año con alegría. Se lo quema para que al año siguiente vuelva a nacer, renovado y vigoroso. Durante esta ceremonia, los diablitos hacen una ronda alrededor del diablo quemado y lloran al unísono porque la fiesta se acaba hasta el año siguiente. Aunque no del todo. Porque los quebradeños se las arreglaron para inventarse el Carnaval de las Flores, una buena excusa para seguir de fiesta un par de días más.
ORURO, DIABLURAS
Y DEVOCIÓN
“En estos días es obligatorio divertirse”, dice Alejandra, una joven de La Paz, a bordo del viejo ómnibus que la lleva al carnaval de Oruro. Este festejo que sacude la modorra boliviana año tras año fue pomposamente declarado como Obra Maestra del Patrimonio Intangible de la Humanidad por la unesco. Oruro, a 230 kilómetros de La Paz y a casi 4 000 metros de altura, está orgullosa de su carnaval. La ciudad es
reconocida mundialmente por esta vistosa fiesta y fue elegida como Capital del Folklore de Bolivia.
Unos 50 grupos folclóricos entre caporales, morenadas, diabladas o tinkus, entre otros, recorren, acompañados de un centenar de bandas que ejecutan las pegadizas melodías, cerca de cuatro kilómetros. Son 4, 5, 6 horas ininterrumpidas a puro baile y música interpretada por conjuntos que llegan desde ciudades como Sucre, Cochabamba o La Paz, o pequeños pueblos del interior perdidos en las Yungas.
Por la infinita avenida 6 de Agosto desfilan las agrupaciones. A ambos lados, las graderías están repletas. Los bailarines, ataviados en magníficos trajes con máscaras, marchan hacia el punto final de este desfile que es también una suerte de peregrinación, porque se dirigen al santuario de la Virgen del Socavón, la “Mamita”, o la Virgen de la Candelaria, a quien le dedican los bailes. Cuando las chicas de los caporales, que menean sensualmente sus cortísimas faldas pasan por las atestadas calles, los hombres gritan: “¡Beso, beso, beso!”. Atraviesan la ancha Avenida Cívica entre el aliento de la multitud y suben una empinada callejuela. Bailan con energía alrededor de la plaza hasta llegar a la escalinata de la iglesia, bajo el sonido ensordecedor de las bandas que ejecutan bombos, platillos, trompetas, clarinetes
y trombones.
Y cuando los devotos carnavaleros ingresan de rodillas al santuario, la iglesia, oscura, se viste de mil colores. El cura
da misa mientras desde afuera llega el sonido ensordecedor de las bandas, en
un festejo que se prolongará más allá de la medianoche.
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