Arte recluído en una villa toscana
Cabane éclatée aux 4 salles (2005), Daniel Buren Fotografía de Simone Casetta

Arte recluído en una villa toscana

Una de las más importantes colecciones privadas de arte contemporáneo a nivel internacional se exhibe a menos de una hora de Florencia. Y nunca va a moverse de ahí. La Fattoria di Celle no es un museo tradicional, sino un espacio en donde las obras viven en simbiosis con el ambiente, y donde, para disfrutarlas, hay que entregarse a la naturaleza.
Cuando llegué a la Fattoria di Celle me recibieron tres criados mudos. No era el capricho de unos aristócratas italianos. La primera obra que se encuentra a la entrada de esta villa del siglo xvi, una escultura de Roberto Barni, consiste en tres hombres en bronce con los ojos vendados, que el artista llamó precisamente Servi muti (Criados mudos), jugando así con su recurrente tema sobre la imposibilidad de ver y por lo tanto de atestiguar. Pasados los tres, se me acercó un hombre de setenta años que, por el contrario, en los últimos cincuenta años ha presenciado los acontecimientos más importantes en el mundo del arte contemporáneo: Giuliano Gori, dueño de la Fattoria di Celle, mecenas y creador de la colección homónima.

Atravesar los caminos del jardín de la villa en su compañía fue una deliciosa manera de conocer la historia de esta colección y comprender plenamente el concepto de “arte ambiental”, es decir, el sentido de todo este proyecto. “La idea me nació en los años sesenta, después de una visita a un museo en Barcelona, el Museu Nacional d’Art de Catalunya, donde se exponía una muestra de arte antiguo”, me contó Gori, mientras pasábamos por una pajarera del siglo xix, la cual Jean-Michel Folon transformó en 2002 en refugio para pájaros libres. Tras reflexionar sobre ellos, cambió su destino al abrir las jaulas y colocar en el centro un árbol en bronce con frutos de oro.

“En vez de presentar las obras como en un museo tradicional, los curadores de la exposición reconstruyeron los espacios originales en los cuales fueron pensadas. Allí comprendí la diferencia entre lo que expresa un trabajo artístico cuando está creado para un espacio específico y lo que puede decir una obra que se instala en una sala. Pues si bien existen salas perfectas, como las de Uffizi o las del Museo del Prado, ninguna de ellas alude al modo en que el artista concibió su obra.” Es por esto que Giuliano Gori, empresario textil de profesión, mecenas y coleccionista de arte desde los años cincuenta por pasión, cultivó el proyecto de crear la primera colección de arte ambiental en el mundo.

Encontró el lugar apropiado en una villa construida por voluntad del cardenal Fabroni de Pistoia, con un parque estilo romántico a la inglesa que se extiende aparentemente salvaje y descontrolado por veinte hectáreas, realizado en el siglo xix por el arquitecto Giovanni Gambini.

Convocó en un principio a un limitado grupo de artistas de fama internacional. Nombres como Robert Morris, Dennis Oppenheim, Dani Karavan, Anne y Patrick Poirier, Ulrich Ruckriem, Alice Aycock, Mauro Staccioli, Richard Serra y George Trakas. Su propuesta: el artista tenía que elegir un lugar entre el parque, los campos o las habitaciones de la villa y luego realizar una obra que se apoderase del espacio para transformarlo en parte de su trabajo artístico. Las obras que desde 1982 integran la Colección Gori nacieron exclusivamente en Celle y para Celle.

“Realizar una obra de arte ambiental implica muchas cosas: desde la historia de los lugares hasta los materiales, desde las tradiciones hasta el espacio que necesariamente tiene que integrarse”, me explica Gori mostrándome el trabajo de la escultora polaca Magdalena Abakanowicz: Katarsis, algo similar a las estructuras de Stonehenge, en Inglaterra, pero hecho de cuerpos mutilados, piernas y espaldas, cáscaras vacías de bronce que emergen a más de dos metros de altura en un campo no cultivado, cerca del olivar de la Fattoria.

“Colocada en un ambiente vivo, en constante cambio, que depende de las estaciones y el clima, la obra de arte tampoco será siempre la misma. Es por esto que el artista tiene que ser paciente, mirar y comprender la evolución del parque, elegir los materiales que permitan que su trabajo prevalezca en el tiempo.” El ambiente y sus modificaciones tienen que ser entendidos por el artista como parte fundamental de su obra. A veces la obra puede ser sólo el punto de vista, la línea que indica la dirección que tiene que seguir la mirada para admirar la naturaleza y su variable arquitectura espontánea. Es el caso de la Scultura Celle del italiano Mauro Staccioli, otro pionero de la idea del arte in situ: una flecha de cemento de ocho metros de largo que conduce nuestros ojos hacia lo alto para leer el espacio dibujado por las encinas del parque en su totalidad.

Estas aparentes dificultades, no fueron freno para los más de 50 artistas de todo el mundo que, invitados y subvencionados por Giuliano Gori, acogieron con entusiasmo su reto. Como el artista conceptual francés Daniel Buren, quien erigió su Cabane éclatée aux 4 salles: una casa de los espejos surrealista, que presenta un juego óptico en una continua remisión de imágenes de la naturaleza y de colores saturados plasmados sobre las paredes de su interior. Si es verdad que la obra de arte ambiental no se puede distinguir del espacio en el cual está integrada, es verdad también que el observador, para entender su sentido, tiene que llegar a ser parte de la obra misma. Ésta es la sensación que viví al moverme entre las cuatro salas de la Cabane: mi imagen tres veces reflejada sobre los azules y los rosas intensos de las paredes y contra los árboles y el pasto del parque, me hicieron desear como una nueva Narciso penetrar estos espejos y perderme en otra dimensión.

Pero el arte ambiental, en inglés Site Specific, no piensa sus obras sólo en medio de la naturaleza. Las habitaciones de la villa y los edificios históricos que le pertenecen también están implicados en el proyecto de Gori. “El espacio nunca es suficiente. Cuando llegué a Celle, hace 36 años, nunca pensé en llenarlo todo, sólo sabía que necesitaba mucho espacio.” Subiendo las escaleras de los invernaderos de la villa, después de haber encontrado muchos ejemplos de lo que el teórico Germano Celant denominó como “arte pobre” (obras hechas con materiales baratos, pero impregnadas de un estrecho contacto con el hombre) y de arte conceptual, llegamos a una pequeña sala con techo de madera, una estructura a dos aguas y ventanas semicirculares que miran hacia Vinci, el pueblo de Leonardo. Interpretando esta sala, el crítico, bailarín y artista norteamericano Robert Morris le rindió homenaje al gran genio toscano, evocando el mecanismo de una gran muela, es decir una especie de piedra de molino, que simboliza, gracias a su leve trasparencia y a sus cualidades materiales (ligera fibra de vidrio), el absurdo del trabajo del hombre y de sus tentativas de fuga.

Al terminar la visita, después de casi cuatro horas de caminar en el parque, los campos y las salas de la villa, uno se lleva en la boca un sabor a otros tiempos, a naturaleza y arte. Quizá la culpa la tenga el jardín romántico, proyectado para parecer completamente espontáneo, fuerte e irreducible al control del hombre. Quizá la apariencia de la villa, voluntariamente decadente, para comunicar el sentido del tiempo que pasa, como el rostro de un hombre orgulloso de la experiencia que de sus arrugas delatan. Quizá la figura de Giuliano Gori: un verdadero mecenas, como los que vivieron en Toscana en siglos pasados, y que ahora parecen extintos. Un empresario “sin provecho” como le gusta definirse, porque su pasión por el arte es un placer que no tiene precio: las obras de su colección nunca podrán ser vendidas, ni movidas de la Fattoria di Celle. Y, para quienes se interesen en descubrir el arte ambiental, la entrada es gratuita.

FATTORIA DI CELLE
Via Montalese 7
51030
Santomato di Pistoia
Para reservar (entrada y visita guiada gratuitas):
T. 39 (573) 479 907
F. 39 (573) 479 486

goricoll@tin.it
Visitas de mayo a septiembre

CÓMO LLEGAR
Ir a la Fattoria di Celle es muy simple: se puede tomar el tren desde Florencia en dirección Viareggio. La parada más cercana es la de Pistoia (40 minutos), que está a 5 kilómetros de la villa. Desde allí el taxi puede llevarlo en 15 minutos hasta la Colección por unos 15 euros.
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