PASADO: DF a contratiempo
©SINAFO-Fototeca Nacional / El Zócalo visto desde la Catedral Metropolitana, 1956

PASADO: DF a contratiempo

Aún queda quien le llama “San Juan de Letrán” al Eje Central, “Plateros” a Madero y “libres” a los taxis. Este paseo por la Ciudad de México está lleno de recuerdos de esos y otros tiempos mejores. O de menos “más transparentes”.
El Centro
1905
La Ciudad de México todavía tenía su sabor antiguo: mucho tezontle, conventos como fortalezas, calles empedradas con matatenas de río. Viajeros y locales paseaban por Plateros (hoy Madero), para ver las joyas; avanzaban hasta la plaza y el Empedradillo —que recién remodelaron—. La cortesía típica de la Ciudad de México tenía, entonces, un cariz aristocrático: aquél se quita el sombrero de copa o seda o el bombín casi esférico o el sombrero de charro; aquélla va enjoyada, escotada de los hombros y la garganta, con tocado de plumas de avestruz, con bucles negros o ambarinos, con trenzas recogidas en peinetas de carey; los rizos le caen sobre la frente y los cachetes, y sobre la nuca también. Los hombres se recargan en los muros para ver pasar lento a las mujeres —y lisonjearlas— o a los carros con mujeres en “lujosa competencia”, con su sombrilla blanca colgada del antebrazo, y el corsé extremando los senos y las espaldas (“pero, ¡ay del tuno si alarga el brazo! / ¡Nadie se salva del sombrillazo / que le descarga sobre la sien!”, escribía el mexicano del siglo xix Manuel Gutiérrez Nájera, quien a veces firmaba bajo el seudónimo de Duque Job), y están por todos lados, frente a la catedral, frente al portal de mercaderes, sobre Cinco de Mayo, o en la plaza con sus árboles todos copudos.

1950-2006
México siempre ha sido una ciudad dulcera. (Recuérdense los escándalos de las Damas Chocolateras que lo bebían clandestinamente en la mismísima iglesia.) El poeta Salvador Novo enumera: “Pirulíes, bolitas, trompadas, charamuscas, azucarillos, coronitas, varitas de azúcar, pepitorias, muéganos, cocadas, calabazates, camotes, mostachones…” Hacia 1950 Salubridad ya había ido desapareciendo a los vendedores callejeros, pero aún se podía recorrer el Centro en busca de esas glorias: las había en La Flor de Tabasco de la calle Tacuba, en La Dulcería de Celaya que aún hoy oficia sus misterios sobre Cinco de Mayo, y en La Flor de Guerrero de Tacuba se tomaban helados.

Con el azúcar hasta arriba quedaba tiempo de visitar librerías: la viejísima Porrúa, en el barrio de la universidad; la Antigua Librería de Robredo sobre Luis González Obregón; la Librería de Cristal, frente a la Alameda (¿todavía quedaban álamos en la Alameda?; no, creo que no); o, si era época, la Feria del Libro que ya se celebraba todos los años en el Palacio de Minería. Hoy, preferimos las librerías de viejo de Donceles, con sus estanterías imposibles en cualquier idioma. O preferimos las tiendas, que en el Centro siguen agrupándose por calles: en Allende y el Eje 1 hay todo lo necesario para ceremonias, bodas, quince años, luz y sonido; los casimires sobre Isabel La Católica, desde Madero hasta Donceles; los grandes almacenes sobre 5 de Febrero; los aparatos fotográficos sobre Donceles; las telas de lujo en Venustiano Carranza; las elegantes tiendas en Gante; la ropa casual sobre Izazaga.

Devoción a lo barroco
Quizá preferimos, como otro turismo (el turismo devoto), recorrer las iglesias que han dado tanto renombre a la ciudad durante tantos siglos; no ciudad de los palacios: ciudad de la fe, de la devoción y de la mortificación también. Peregrinos que vienen a la Basílica de Guadalupe, allá en la Villa, cada año, a pie —de rodillas, por lapsos—, a ver, a besar, a celebrar a la Virgen; o buscan la Catedral y su Sagrario con encaje de piedra y el purpúreo Señor del Perdón; su tablero central de la Asunción (aunque el hecho suele olvidarse, tal es la advocación de esta iglesia, la Catedral de la Asunción de María); su rojinegro Señor del Veneno, que antes estuvo en la iglesia Porta Coeli; su impresionante y articulado Señor de la Columna en la capilla de la Soledad; su Señor del Cacao en la capilla de San José; su Señor del Buen Despacho; o van al templo de Santo Domingo a adorar al Cristo de la Cañita; o a la Capilla de la Inmaculada Concepción, frente al Salto del Agua, donde también se venera al Cristo del Santo Entierro; a la inclinada Iglesia de la Profesa, para festejar el 5 de agosto a Nuestra Señora de las Nieves. (Por supuesto, no se necesita ninguna devoción para fascinarse con el barroco de estas iglesias; con su belleza de tezontle, piedra empapada en sangre; con su arquitectura encendida.)

Por la Reforma
Uno de los detalles más vistosos y entrañables de la Ciudad de México ha sido sus paseos en vehículos —caballos, coches, autos—. Ya el viajero inglés Thomas Gage, en el siglo xvii, escribió que en la ciudad todos eran “tan vanos y tan ricos que más de la mitad tenían coche”; en la gran inundación de 1629, las lanchas de los ricos eran notables por los toldos, los adornos, los garigoles dorados; antes aún, en el capítulo III del poema Grandeza Mexicana —tal vez la primera guía de turistas de América—, el español Bernardo de Balbuena advertía:

Los caballos lozanos, bravos, fieros;
soberbias casas, calles suntuosas;
jinetes mil en mano y pies ligeros.

Ricos jaeces de libreas costosas
de aljófar, perlas, oro y pedrería,
son en sus plazas ordinarias cosas […]

Esos jaeces luego se convirtieron en cortinitas rojas para los forcitos, que fueron nuestros primeros transportes colectivos; hoy mismo, microbuses y autobuses son pequeños altares o aparadores de todo tipo de dijes.

Y para presumir tanto adorno ¿qué mejor que los bellos paseos de la ciudad? Alrededor de la Alameda, por ejemplo; o sobre Bucareli; o, mejor aún, sobre la Reforma, que en principio se extendía sólo de la Alameda al Castillo de Chapultepec. Así lo recuerdan los encantadores versos de Gutiérrez Nájera:
Toco; se viste; me abre; almorzamos; con apetito los dos tomamos un par de huevos y un buen bistec, media botella de rico vino, y en coche, juntos, vamos camino del pintoresco Chapultepec […]

Así remembra la Nueva grandeza mexicana el paseo: “Mira sus estatuas laterales asegurarse la espada, el kepí, la muleta… Mira las estatuas de sus glorietas —el Caballito, vaciado de una pieza por (el escultor Manuel) Tolsá, Colón, Cuauhtémoc, la dorada Independencia con su vela perpetua— y la apetecible, flamante, glamorosa Diana… Mira todas esas estatuas, porque cada una de ellas tiene una historia y guarda un recuerdo […]”

Y al sur de la Reforma: la querida Zona Rosa. Primero, con el agradable sabor vienés de la pax porfiriana, esa supuesta calma y bonanza basada en el amiguismo, el nepotismo, la ilusión óptica del país que soñaba que era Francia y se daba el lujo de construir calles inspiradas en Viena o París; luego, con el acelere de artistas: José Luis Cuevas y su conocido mural efímero, Guadalupe Amor, el escultor Manuel Felguérez; la llegada del Champs Elysées, uno de los restaurantes que más contribuyó al desarrollo del paladar chilango (para no ir más lejos, ellos nos enseñaron a comer buena mostaza); la decadencia del barrio hacia el principio de los noventa y su actual resurgimiento como espacio gay, local y turístico, divertido, sudoroso, feliz, que se entretiene sobre todo en la preciosa calle de Amberes.

Al sur
Dos paseos han sido clave en la historia del turismo en la Ciudad de México, tanto para los que llegan de visita como para los que viven o vivieron su vida allí: San Ángel y Xochimilco. Hacia principios del siglo pasado para ir a Xochimilco había que esperar un tren tempranero en la “plaza de México” (actual Zócalo) rumbo a Tlalpan. Si no había novedad, el tren llegaba a Huipulco a eso de las nueve, donde se conseguían coches que iban hasta Xochimilco. Era buena idea desayunar tacos de puesto en esa escala. Así se lee en las páginas de El Bar de Rubén M. Campos: “[Se proponía] tomar un taco picante y caliente, al ver la gran cazuela de chile con rajas y tortillas que se cocían en el comal: de allí pasaban a las manos de quienes las quisieran, en un puestecito de refrigerios que había junto a la estación. Hechos los tacos de las rajas en las tortillas calientes [pedíamos] xomas de tlachique dulce y espumante…” (Las “xomas” son jícaras; el “tlachique” es pulque).

Por entonces, el lago de Xochimilco era muy verde, y aún surtía de flores a buena parte de la Ciudad de México. El turista, como dice El día de campo en Xochimilco, un artículo de los treinta del autor Rubén Campos que se refiere a un paseo de varios poetas por Xochimilco, vería algo así: “unas cuantas trajineras y unos cuantos cayucos bastaban para el tráfico diario; el aspecto desierto del lago [en día feriado] dábale más encanto; era un acontecimiento cruzarse con una trajinera rebosante de forrajes y legumbres, o con una que otra india rezagada con su largo y angosto cayuco henchido de flores. Los huexotes semejaban plumeros que ondulasen al viento, algunos de ellos de alturas fabulosas; y los sauces llorones besaban las superficies de las aguas con sus follajes volcados de un perpetuo verdor… Limpio de toda urbanización y poblado solamente de unas cuantas cabañas de paja, daba la impresión de internarse en un lago salvaje, de la antigua Anáhuac poblada por una raza de bronce entregada a la vida lacustre bajo otros dioses.”

Después, entre otras cosas tras el estreno y éxito pasmoso de la película María Candelaria (Emilio Fernández, 1943), con Dolores del Río y Pedro Armendáriz, mucho más miradas voltearon hacia Xochimilco, aceleraron su población (y polución, ni modo) y multiplicaron su turismo, que después volvió a decaer. Hoy, el paseo tiene poco de la verde escapada de hace un siglo y mucho de kitsch, con sus trajineras de nombres femeninos, mucho de reventón (de ley: carnitas, cervezas y ron) y hasta un cachito de nostalgia por ese pulmón de la ciudad, ese respiro y esa ducha de agua fresca que va perdiéndose.

Hacia mediados del siglo pasado, San Ángel estaba “decididamente fuera de la ciudad”; era (y en parte es) vivienda de ricos. Pero su atractivo jardín es el centro de una pequeña “comunidad artística” que se reúne cada sábado a vender o tratar de vender retratitos, artesanías, ropa, adornos de todo tipo, y sus calles empedradas se renuevan constantemente. Avenida de la Paz, tal vez la más bonita de todas, ha ido poblándose de locales que se equilibran entre el bar y el restaurante: las exitosas tapas del Capicúa, la excelente cocina francesa de La Bourgogne (probar la cola de res y la bouillabaisse), el pan fenomenal de La Trattoria della Casa Nuova; hay bares, pubs, librerías —San Ángel tiene también cierta fama de barrio culto—; hay cantinas como La Providencia, cuyo servicio es amistoso, platicador y conocedor del arte de escuchar, y sus tragos están muy bien servidos y a buenos precios; de su carta no hay que eludir la notable carne tártara, con todos los cuidados de las versiones más elevadas.

La Hacienda de los Goicoechea, al poniente del barrio, fue construida en el año de la famosa sublevación indígena que terminó con el incendio de la alhóndiga —es decir: 1692—, y ha sido de todo: casa del embajador de España; cuartel donde Antonio López de Santa Anna planeó la batalla de Chapultepec en 1847; y donde Zapata y Villa se repartían el norte y el sur de México mientras sus caballos abrevaban de su fuente; Madame Roux la hizo posada en 1915, y la atendió hasta 1942; finalmente fue convertida en restaurante. Se llama San Ángel Inn, está frente a lo que fue la casa de Diego Rivera y Frida Kahlo —y que hoy es un museo pequeño y sumamente visitable—, y aunque su cocina (crepas de huitlacoche, sopa de tortilla: touristic fare, basically) ha visto mejores tiempos, sigue siendo uno de los espacios más bonitos de la ciudad: en su jardín de sinestesias, las flores parecen mariposas que toman agua de lluvia, se diría que los pájaros crecen de los árboles; alrededor hay bancas dispuestas para tomar martinis o esperar la mesa interior. O para que la tarde se eche a nuestros pies como un animalito.

De copas
Hacia 1900, los escritores se juntaban para alabarse mutuamente, leer o recitar algo, para emborracharse en El Bach o el América, abiertos toda la noche sobre Juárez, o en el Wondraeck, cuyo dueño, Stanislao, era “rosado y fresco como una manzana de California” según describe Campos en El Bar; o, si andaban medio políticos, iban al bar de la señora Faucon en Cinco de Mayo o a La Fama Italiana. Los viajantes encontraban el espectáculo divertidísimo. También eran las primeras épocas de la cantina La Ópera, que con sus opulencias muy fin de siècle atraía entonces tantos turistas como hoy mismo. En los cuarenta, las mujeres comenzaron su emancipación bebiendo públicamente en el Cigale o en el Papillon o en el Ritz (para escándalo de las turistas de provincia). Y la vida palpitante de la noche chilanga, abierta a quien quisiera explorarla, se extendía por los años cincuenta: el Rossignol estaba en un sótano muy oscuro; el Ciro’s y el Champagne Room exigían erogaciones imposibles; el Sans Souci producía variedades cubanas; el Casanova y el Waikiki limitaban la avenida Reforma.

Luego la cíclica represión —los setenta, los ochenta, incluso una guerra antinoche iniciada en el año 2000— mandó todo eso fuera de la ciudad o cuando menos lejos del centro: veías los cadáveres de los antros con sus grandes letreros de “clausurado”, a veces incluso con las luces aún encendidas, y te preguntabas “¿qué había aquí?”.

Contra todo pronóstico, el centro resurgió y hoy está sin duda entre lo más salvable de la noche capitalina. Allí vive, por ejemplo, el lobby respingado del Sheraton, su coctelería aceptable y sus poltronas tapizadas de pelambre café; también, alzada desde sus inveteradas cenizas (dicen que lo abrieron la vez primera, cuales piernas virginales, en 1949), La Perla —roja de principio a fin: las sillas, las paredes, el techo, e igualmente rojas sus travestidas—; la terraza del Centro Cultural de España tiene una vista encantadora al trasero de la Catedral, los tragos son accesibles, la comida cada vez mejor. El bar Mancera y La Faena, cantinas hechas de puro polvo en decadencia, suelen tratar de reinventarse, acogiendo la esporádica presentación alcohólica de libro o la sesión de electroclash.

Por ahora, el antro al que tendríamos que otorgarle la corona de mejor del centro es el Zinco. Es un gran bar casi por donde quiera que se le mire. Buena barra aunque aún le falta un salto hacia el surtido total; se come bien: costillitas bbq, hamburguesa de portobello, bruschette de jitomate con pesto. En música, rara vez falla: una semana cualquiera puede subir al escenario un cuarteto de Nueva Orleáns, un quinteto neoyorquino y un clarinetista chilango. Para entrar hay que bajar unas escaleras hacia el subsuelo del Centro, allí donde uno diría que se acumulan todos los sudores mezclados con aguas negras de la ciudad; donde convives con la gente que no sale de día, porque requiere oscuridad para dar el beso o porque la luz los puede hacer estallar en una combustión espontánea. Las paredes son negras y las cortinas rojas, de terciopelo, goteantes de calor; las puertas están hechas de acero blindado (esto, hace mucho, fue la bóveda de un banco), para recordarte que tú no tienes las llaves de las bóvedas de la noche.

Minicronología de cocina chilanga

Acaso menos que Oaxaca o Mérida, pero la Ciudad de México siempre ha sido un imán del turismo gastronómico. El primer gran jalón se dio hacia mediados de los cuarenta, cuando la ciudad vivía más o menos un apogeo artificial. Ibas, por ejemplo, al Club de Banqueros en el callejón de la Condesa a ver la Alameda desde la terraza (se necesitaba membresía, igual que ahora); al Lido o a la Blanca, sobre lo que hoy es el Eje Central (San Juan de Letrán entonces); al vertiginoso Prendes, con su acelerada clientela cambiante, que incluyó a Cantinflas y María Félix, pero también a Miguel Alemán; al “bohemio tardío” Café París o al Acapulco y su ingenioso anfitrión Cándido Madrid sobre la calle López; o a la Flor de México con sus molletes y sus chocolates; sus pasteles y su agua tibia; te unías a los “empistolados clientes” del Tampico Club, inventor de la “carne a la tampiqueña” (si es que esa carne asada flaquita y acompañada de chilaquiles necesitaba un inventor), o al Vie Parisienne por sopa de cebolla y canard à l’orange o coq au vin y, en la Roma, a los antojitos michoacanos de Eréndira o los oaxaqueños de Donaji, ambos en Álvaro Obregón y ya en el punto más alto Les Ambassadeurs sobre Reforma, el restaurante más refififí de la época, con su bar mamón y su cocina excelente, que sobrevivió varias décadas. (Aunque, aceptémoslo, muchos turistas optaban por algo más o menos ridículo e incomestible como Los Charros que, en palabras de Salvador Novo, “habría equivalido al Mexican Dinner de cualquier deplorable comedero Spanish de Los Ángeles, al consistir en un lunch o carne asada ‘Cantinflas’ con taco y enchilada marchitos, inaceptables, náufragos en catsup [...]”.)

Entonces, a decir verdad, los chilangos nos movíamos un poco menos con los vaivenes de la moda. Después, adictos a lo que llegaba o creíamos que llegaba de Nueva York o Barcelona, las cosas cambiaron. Así, en el transcurso de los últimos veinte años hemos pasado por la moda del “videotaco”, que aprovechaba el éxito de los “videobares”, localitos para tomar copas con música de fondo proveniente de muchas pantallas de televisión; por la del sushi bar, que llegó acompañada de mil dietas y la novedad del agua embotellada hacia el final de los vanidosos años ochenta; por la del Mediterráneo, que, felizmente y acaso por primera vez, nos hizo voltear los ojos hacia la calidad del ingrediente; por la del oyster bar, la más volátil de todas, y por la del deli, que tampoco duró mucho más de un año; por la del restaurante de “nueva cocina mexicana”, la cual más que nuevas recetas propuso nuevas presentaciones; por la del bistro, ese espacio para la cocina regional, doméstica, francesa, que es el equivalente de una fonda pero que en la ciudad ascendimos a pedantería; por la de la fusión, que se apropió de media ciudad con su fácil combinación de técnicas clásicas e ingredientes supuestamente exóticos, abrió muchas compuertas de la imaginación pero, al final, acabó siendo una forma más de nuestro hastío.

En estos días el Distrito Federal vive hipnotizado por varias corrientes. Una, que tristemente va de salida, es la de tapas, esa pequeña forma de la felicidad que despertó el mero sentido común hace un par de años, y que se ha visto muy beneficiada por el auge mundial de la cocina española. Hay buenos coreanos, un sensacional bar de sake, interesantes chinos, tailandeses de sabrosa cosecha e incontables japoneses. Aunque no es una moda, dos de los mejores restaurantes de la ciudad, Pujol y Águila y Sol —ambos muy bien apreciados por guías y revistas extranjeras—, se están caracterizando por ejercer una cocina mexicana nostálgica y a la vez crítica: saben voltear hacia la memoria culinaria colectiva, desbaratar recuerdos que son platillos y volver a montarlos de formas sorprendentes, inteligentes e incluso divertidas.

También se puede dividir el estilo restaurantero del DF como un asunto de código postal. el centro es de restaurantes a la antigüita, con un servicio igualmente anticuado; la Condesa, de fondas venidas a más con una ocasional escapada hacia el siguiente escalón del refinamiento; Polanco del restaurante dizque trendy, en general con más interés puesto en el servicio; Lomas, del local con talante más carero pero también más oficinesco, menos atrevido… pa’ todos hay.

SIETE PARADAS OBLIGATORIAS

COPAS EN EL PATIO DE SAN ÁNGEL INN
Diego Rivera 50, San Ángel Inn
T. 52 (55) 5616 2222
www.sanangelinn.com
Diario de 13 a 1 horas


LA DULCERÍA DE CELAYA
Cinco de Mayo 39, Centro
T. 52 (55) 5521 1787
Lunes a domingos, de 10 a 19 horas


CANTINA LA ÓPERA
Cinco de Mayo 10, Centro
T. 52 (55) 5521 8375
Lunes a domingos de 13 a 24 horas
Alrededor de 250 pesos por persona


REFORMA DESDE EL RESTAURANTE CHAMPS ELYSÉES
Paseo de la Reforma 316, Juárez
T. 52 (55) 5514 0450
Lunes a sábados, de 13 a 23 horas
De 400 a 500 pesos por persona


BAR ZINCO
Motolinía 20, sótano, Centro
T. 52 (55) 5512 3369
De miércoles a sábados, a partir de las 21 horas
Cover 100 pesos (miércoles no hay cover)


EL GRAN HOTEL DE LA CIUDAD DE MÉXICO
16 de Septiembre 82, Centro
T. 52 (55) 1083 7700
www.granhotelciudaddemexico.com.mx
Recién remodelado, es la base correcta para emprender este recorrido.


PASEO POR LA ALAMEDA
De preferencia el domingo por la tarde, que es más agitada y colorida.
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