Alta costura al mejor postor

Alta costura al mejor postor

Hoy día se imitan las creaciones de los grandes diseñadores y las marcas se copian en dimensiones industriales. Y como hay que estar a la moda, se adquieren artículos por cantidad, no por calidad. Todo nuevo, nada de segunda mano. Lo roto y con piojos para los punks. Pero no siempre. Vuelve lo retro. Ni la imitación más perfecta ni el diseñador más in pueden compararse con las obras maestras de décadas anteriores. Son precisamente los años que transpiran sus fibras lo que hacen únicas estas prendas. Mucho más si hay que pelearlas en una subasta. ¿Alguien da más?
Atención aficionados a la alta costura: llegan las subastas de ropa vintage. Modelos Christian Dior, Ossie Clark o Thierry Mugler a golpe de martillo. Los Yves Saint Laurent o Chanel a precio de ganga y sin olor a naftalina.

En un mundo donde todo es pasajero, algunas casas de subastas se han percatado de la gran demanda que pueden generar vestidos clásicos si se combinan con el nombre de un gran diseñador y llevan la etiqueta de vintage. En Londres las subastas que organizan Christie’s o Sotheby’s están siempre a tope: representantes de museos, coleccionistas de moda o fanáticos de algún famoso se codean en la sala con aquellos a los que simplemente les gusta lo tradicional con un toque diferente. Hay para todos los gustos: quizá la pijama de Winston Churchill con una quemadura de puro sea exclusiva y haga las delicias de algún museo pero… ¿qué me dicen del vestido que lució Marilyn Monroe cuando le cantó el feliz cumpleaños a J.F. Kennedy? La prenda de Jean–Louis alcanzó el millón de dólares en una subasta celebrada en Nueva York en 1999.

Un ejemplo extremo, pero que marca la tendencia a seguir. En la última venta de Christie’s se ofertaban piezas de renombre a precios muy asequibles: un Christian Dior rojo de los cincuenta por 400 dólares; una pieza más corta de Jean Patou de los años veinte, por 600. Si enloquece por Gucci, yo destacaría un abrigo de ante rojo muy de los setenta con un precio inicial de 1 200 dólares. O para los más rebeldes: una chamarra de cuero negra de Vivienne Westwood, estilo Sex Pistols, desde 1 600 dólares.

Lucir ropa de “segunda mano” es cuestión de gustos, pero sí es cierto que una pieza de época puede dar ese toque de distinción al que aspiran todos los fashionistas.

Otros perciben la ropa de marca como una inversión. Aquí el factor determinante es el grado de notoriedad del que disfrutó su dueño anterior: un traje de noche de Diana, la princesa de Gales, salió a subasta hace dos años por unos 60 mil dólares. ¿Era el momento oportuno para vender? Probablemente sí, porque a veces la sociedad experimenta un cambio de opinión y los precios pueden bajar. Nadie sabe cómo se verá a Diana dentro de 10 años.

La corriente mayoritaria la constituyen todos aquellos que gozan paseando por la calle con una prenda que tiene historia propia. Algunas son fascinantes: un día allá por los sesenta, Jean–Louis Dumas, el presidente de la marca Hermès, coincidió con la actriz y cantante Jane Birkin en un vuelo a París. Al ver a la estrella con un bolso de lona lleno a reventar le propuso diseñarle un accesorio más práctico. Y allí mismo ella le esbozó una pieza que hoy en día se conoce como “el bolso Birkin”. Es uno de los accesorios más caros del mundo y sus precios oscilan entre los 6 mil y los 80 mil dólares. Eso por no hablar del binomio Audrey Hepburn–Hubert de Givenchy. Aquel vestido negro de Breakfast at Tiffany’s alcanzó los 900 mil dólares en una subasta de Londres a finales de 2006.

El gancho de un dueño famoso lastra económicamente la prenda, pero ejemplos como el anterior son más bien excepciones. Las subastas ofrecen precios asequibles con gran variedad de diseñadores, clásicos y contemporáneos, o lotes enteros de una misma marca. Un juego entero de maletas Louis Vuitton por 900 dólares, seis pares de zapatos (incluidos dos “Manolos”) por 400. También hay gangas, como un vestido rosa ceñido de Christian Dior por los mismos 400.

Es indudable que el cine ha contribuido a este nuevo estilo de entender la moda, pero el factor retro ya es suficiente para hacer interesante una prenda de vestir. Lo antiguo, aquello que tiene solera y un mínimo de calidad puede llegar hoy en día a multiplicar su valor inicial. Kerry Taylor, una experta en ropa vintage, cuenta cómo en una ocasión dio con una casa con las habitaciones llenas de ropa. Su difunta dueña, una mujer de 90 años, había coleccionado a lo largo de su vida vestidos de todas las clases y marcas. La familia iba a deshacerse de todo ello por anticuado, pero Taylor salvó las mejores prendas y recuperó toda la tela que pudo. El lote salió a subasta y alcanzó casi los 50 mil.

Los diseñadores contemporáneos suelen ser más asequibles: un avispado comprador se puede hacer con un par de Ralph Lauren, otro par de botas de cuero negro de Jimmy Choo y otro de Bruno Magli por 220 dólares, un precio que no habría alcanzado para comprarse ni un solo par en la tienda.
Otra ventaja que ofrecen las casas de subastas es su garantía de autenticidad. En internet se consiguen muchos Dolce & Gabbana o Versace, pero pocos pueden demostrar ser lo que aparentan. También la forma de adquirir el producto es totalmente diferente. Olvídese de andar de tienda en tienda con las compras colgadas del hombro. En las subastas los artículos desfilan ante usted. Además, tener el dinero para comprarlo no significa necesariamente conseguirlo. Pujar por una prenda que le gusta también le demostrará hasta qué punto está interesado en ella. Y así, al placer de comprar se le une la emoción de competir.

GUÍA PRÁCTICA

CHRISTIE’S
85 Old Brompton Road
T. 44 (20) 7930 607
www.christies.com


La casa de subastas de Londres organiza dos eventos de este tipo al año, uno en marzo y otro en septiembre. La sede de Nueva York es más irregular.

SOTHEBY’S
34–35 New Bond Street
T. 44 (20) 7293 5000
www.sothebys.com


KERRY TAYLOR AUCTIONS
40 Martell Road, Dulwich
T. 44 (20) 8676 4600
www.kerrytaylorauctions.com


Asociada a Sotheby’s, es la única subastadora especializada en ropa y accesorios de época y hace unas ocho subastas al año.

DE COMPRAS CON KERRY TAYLOR


En el pequeño almacén de Kerry Taylor, en un barrio residencial al sur de Londres, apenas se abre la puerta llega un ruido de perchas, cierres y exclamaciones. Ni siquiera la dueña esperaba tanta gente el primer día de exposición antes de la subasta. Funciona el boca a boca. Cuatro empleados atienden a los clientes en un círculo de mesas rodeadas de decenas de percheros con cientos de trajes, chaquetas y blusas. Sobre las mesas se apilan las cajas con sombreros, bolsas y demás accesorios que los potenciales compradores estudian y revisan. Kerry se disculpa mientras avanza por entre Lilli Anns (gabardina roja, estilo años cuarenta, unos 100 dólares), Nina Ricci (vestido de noche color turquesa, principios de los sesenta, 80 dólares) y grandes plumas de avestruz naturales (100 dólares el lote). “Aquí estamos como en familia, tratamos a los clientes de manera más personal. Lo formal y lo pomposo con las piezas más caras tiene lugar en Sotheby’s.”

Explica que hay varias formas de adquirir la prenda: en persona el día de la subasta, por teléfono o incluso por eBay. Recibe pujas desde cualquier rincón del mundo, y se especializa en ropa de época, una profesión avalada por más de 30 años en el ámbito de las subastas.

“Para mí, vintage es una combinación de antigüedad y estilo. Para considerarla de época tienen que haber transcurrido al menos 10 años. O si vendo algo más reciente, se trata de un gran diseñador como Galiano, la crème de la crème. La cuestión es que la ropa esté bien diseñada o sea exquisita por su edad (años treinta, por ejemplo).”

Kerry explica que son sus clientes los que vienen a ella con los artículos. “La mayoría de las veces es porque la prenda ya no les vale. También la muerte o incluso el divorcio (este vestido me recuerda a fulanito) suelen ser causas muy comunes.”

Muchos de sus clientes son museos que andan detrás de un autor determinado o una época muy específica. Tampoco faltan los diseñadores de moda que buscan la “inspiración” entre los percheros de Taylor, quien se confiesa una amante de Balenciaga, Madeleine Vionnet y Paul Poiret.
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