La Provenza restaurada
Château de Provenza. Fotografía de Estudio Lafourcade

La Provenza restaurada

Si se encuentra con una cuadrilla de 50 o 60 albañiles atacando un granero o caballeriza de hace 300 años en la Provenza francesa, seguramente es porque está parado frente a una de las propiedades a cargo de Bruno Lafourcade, que no es arquitecto, pero sí uno de los restauradores más solicitados por los millonarios de todo el mundo que quieren hacer del sur de Francia su segunda casa.
Claire Perraton está parada frente a una casa de campo —manoir, en francés— en las afueras de St. Rémy de Provence, un hermoso pueblo medieval del sur de Francia. Como ella participó en la restauración de la propiedad, mostrará una foto de antes y después. El momento ha generado expectativa entre los periodistas que la acompañamos hasta aquí. De repente, la campiña provenzal, que huele a romero, a tomillo y a lavanda, se ha llenado de silencio.

Entonces, la joven arquitecta de elegantes canas, flamante socia de Bruno y Alexandre Lafourcade, uno de los estudios de restauración más prestigiosos de Europa, saca de su cartera una foto descolorida y la sostiene en alto, como un trofeo.

Pensaba sorprenderme, ver un establo a punto de derrumbarse, con fardos de alfalfa saliendo por las ventanas y pilas de heno rancio en la puerta. Pero no. La foto muestra, a simple vista, exactamente la misma casa frente a la que ella está parada. Siempre me gustó el juego de las diferencias, pero aquí no encuentro ninguna. Antes de poner un pie en el caserón, la única diferencia entre las dos casas es apenas una certeza: la primera costó un millón de euros y la que ahora tengo enfrente vale más de cinco.

La fachada, los postigos, la puerta de entrada, la fuente, el bosque de sicomoros (o plátanos de sombra como se les conoce en Europa), todo se ve igual. Hasta ese ciprés alto como una columna romana está en la foto. Por un segundo, la restauración pierde toda gracia y el grupo de periodistas la mira con desconfianza. Igual, avanza hacia el manoir, que pertenece a una familia sudafricana que viene sólo una vez por año. A lo sumo, dos.

Se hacen las llamadas necesarias a Ciudad del Cabo para que las alarmas no suenen, los perros no ladren y las amas de llaves abran la puerta.

SUTIL METAMORFOSIS

El estudio Lafourcade, que ya concretó más de 300 proyectos de restauración en la Provenza, la Costa Azul y la frontera con Italia, tiene sus cuarteles generales en St. Rémy de Provence, el pueblo donde en 1503 nació Nostradamus, el hombre que predijo el fin del mundo, y el mismo donde, en este preciso momento, Carolina de Mónaco puede estar comprando una leche en el supermercado. La princesa suele pasar largas temporadas en St. Rémy y, según los vecinos, lleva una vida casera. Igual que el actor Jean Reno, que además tiene viñedos y produce vino en esta zona de los Alpilles o Alpes bajos.

En este ambiente de lujo, historia y jet set, sobre el boulevard Victor Hugo, está el estudio de arquitectura, justo frente a la exclusiva boutique de Joël Durand, un maestro chocolatero, famoso por usar hierbas recién cortadas en el relleno de sus chocolates. Ocupa, por supuesto, una casa antigua y restaurada.

Una de las primeras palabras que escucho cuando entro es ¡cuidado! y una de las primeras palabras que digo es ¡lo siento! Todo el piso está alfombrado de planos y más planos que estuve a punto de pisar. En el lugar hay varios ambientes y pasadizos largos y conectados, que terminan en una planta alta, donde Bruno Lafourcade, ganador del Premio Nacional de Restauración en 1970, tiene su escritorio.

Antes de ser restaurador, Lafourcade vendió autos, tuvo un restaurante y luchó en la Guerra de Argelia. Hasta que aprendió el arte de la restauración con un albañil, se asoció con el dueño de una inmobiliaria e inició una historia de éxitos profesionales.

Ahora está parado junto a un sillón de cuero, cerca de las miniaturas de autos de colección y del escritorio donde hay planos, lapiceras, lápices, pinceles y toneladas deluz. Tiene alrededor de 65 años, lleva traje de lino color almendra, una camisa a rayas azul y blanca, y zapatos de gamuza. Del bolsillo del saco se asoma un pañuelo de seda natural, dorado. Monsieur Lafourcade está vestido de acuerdo con el título honorífico que lo acompaña desde 1989: Caballero de las Artes y las Letras de Francia.

A los hombres los saluda con un apretón de manos y a las mujeres con el mismo gesto de los Luises más famosos de Francia: una leve inclinación mientras toma la mano de la dama.

A su lado está Alexandre, su hijo de 34 años —cara y actitud de modelo—, que trabaja con él cuando no se escapa a probar autos de carrera al vecino circuito Paul Ricard. Junto a Alexandre, Claire Perraton, la nueva socia y la única que estudió Arquitectura en la universidad (Bruno es autodidacta). Falta alguien, nos advierten: Dominique Lafourcade, esposa de Bruno, madre de Alexandre y la señora de los jardines. Ella se encarga del paisajismo. Diseña los jardines mediterráneos —franceses con clara influencia italiana— que contribuyen a que un establo o una casa de campo sin gracia se transformen en distinguidas villas aristocráticas.

“Primero es necesario un trabajo de observación minucioso de la gente, los lugares y los ambientes”, explicará esta tarde Lafourcade padre, antes de llevarse a la boca un trozo de pechuga de paloma a la parrilla en el lujoso restaurante y hotel —restaurado por Lafourcade— L’Ostau de Baumanière, con dos estrellas Michelin, donde han comido Elizabeth de Inglaterra, Hugh Grant y Bono. Dirá también que su filosofía es escuchar a los clientes con la atención de un médico. Tiene público estadounidense, sudafricano, indio, ruso. Parece que una vez, hace no mucho, rechazó una restauración muy importante porque tenía serias sospechas de que el dinero provenía de la mafia rusa. Pero fue sólo una vez; los rusos son muy buenos clientes. Tanto, que la página del estudio está en francés, inglés y ruso.

Lafourcade repite con énfasis esto de escuchar a los clientes, que antes de hablarle de sus planes para la casa le contarán que se las ofreció un cazador de propiedades en la Provence, que antes fue una chacra —o granja— y que les costó apenas un millón —ya casi no quedan de ésas— de euros. O quizá le cuenten que compraron un castillo del siglo XIX y que lo consiguieron rápido y barato porque para los franceses eso no es viejo. Lafourcade los escucha. La primera cita no es en la oficina sino en el terreno: un establo o un granero del siglo XVIII —como el caserón de los sudafricanos—, un castillo venido a menos, una abadía vieja y olvidada. O una propiedad construida hace 30 años sin un gramo de estilo.

En la segunda visita Bruno prefiere ir solo, con una silla, un grand cru y una copa de tallo largo. Se queda un buen rato y estudia la incidencia de la luz en cada ambiente. ¿Cómo se proyectará la sombra de aquel roble? ¿Cuáles son los vientos dominantes en cada espacio? ¿Desde qué cuarto se ve la salida del sol? ¿Cuál es el ánimo del lugar?

Cuando termina la segunda visita, el restaurador provenzal tiene una “percepción profunda” de la casa, que evita decisiones precipitadas. Sólo ahí comienza la etapa del dibujo. Largos días de dibujar “a mano, como se hacía antes”, de la mañana a la noche. “Después, es preciso saber a quién dirigirse. Nosotros tenemos maravillosos artesanos en ebanistería, talla de piedras, herrería”, dirá Lafourcade, que posiblemente comparta esos nombres secretos sólo con unos pocos.

OCHO DORMITORIOS Y DIEZ BAÑOS

Es una mañana nublada en la soleada Provenza. No sería extraño que en unos minutos lloviera, pero el mal tiempo no alcanza a ocultar la luz especial de esta zona de Francia, esa claridad intensa y misteriosa que atrajo a Van Gogh y Cézanne.

Claire Perraton espera que el grupo de periodistas entre y cierre la puerta. Lo primero que veo es el portarretratos de una familia. Padre y madre de 40 años, no más. Dos hijos de ocho y 10. Sudafricanos rubios, con el pelo revuelto por el viento de mar. Él trabaja en el negocio de las finanzas, me contarán más tarde.

Después del portarretratos veo un palacio clásico, con el espíritu del siglo XVIII. Adentro dominan los tonos claros, blancos, manteca y rosa viejo. Los muebles son antiguos, la mayoría de origen francés aunque curiosamente fueron comprados con anticuarios sudafricanos y enviados por barco a Francia. Posiblemente, unos siglos antes los mismos muebles hayan viajado el recorrido inverso, de Europa a Sudáfrica.

La estructura del caserón tiene forma de “c”. El fondo fue alguna vez una casa y ambos lados, granero y cuadra. Con la restauración, toda la propiedad ha sido integrada y transformada en una mansión de 1 300 metros cuadrados, con ocho dormitorios —no es que los sudafricanos piensen en una familia numerosa, sino que tienen muchos amigos—, ocho salones, 10 baños y cerca de 50 ventanas.

La restauración duró menos de un año. “Todo mi embarazo y un poco más”, cuenta Claire, que por fin ve las caras sorprendidas de un grupo de periodistas latinoamericanos caminando en fila india por el manoir francés. En sus países, claro, lo más antiguo tiene 200 años y casi seguro que ya fue demolido.

En el estudio Lafourcade el trabajo de restauración se hace por partes, simultáneamente y rápido. Pues además de la atención al detalle, es famoso por su rapidez. Mientras se levanta un cuarto en un extremo de la casa, se puede estar demoliendo un ambiente en el otro, agrandando una ventana para capturar el paisaje y convirtiendo un gallinero en un bello jardín de invierno. Suelen trabajar entre 50 y 80 obreros en cada restauración.

Muchas veces se acuerda con los dueños que la fachada sea la misma que antaño. Por eso, entre la foto y la casa no se encontraban las diferencias. Se trabajó para que no existieran. Los restauradores usan herramientas ultramodernas para transformar lo antiguo en una pieza de colección, que además es útil.

Algo así sucedió cuando el propio Bruno Lafourcade mandó demoler una superficie inútil, que tapaba la vista al jardín, y cambió de lugar la entrada principal de un castillo del siglo XVIII. “Así se recuperó el antiguo brillo y la simetría armónica”, cuenta el restaurador en un momento del almuerzo que está a punto de terminar.

Bruno Lafourcade ya comió toda su paloma y también el postre de chocolate salpicado con láminas de plata y flor de sal glaseada, cuando alguien le pregunta si le gusta Nicolas Sarkozy. El restaurador que no es arquitecto sonríe con aire seductor y responde: “Prefiero a Luis XV” .


DÓNDE EMPEZAR


CHOCOLATES JOËL DURAND
3 boulevard Victor Hugo
T. 33 (4) 9092 3825
www.chocolat-durand.com


Los cien gramos de pequeños cuadrados rellenos de hierbas frescas cuestan 10 euros.

MAISONS DE BAUMANIÈRE
www.oustaudebaumaniere.com

Reconocido restaurante con dos estrellas Michelin al mando de Raymond Thuilier, nieto de chef y fanático de las hierbas provenzales. El menú, desde 200 euros.

DÓNDE SOÑAR


ESTUDIO LAFOURCADE
10 boulevard Victor Hugo
T. 33 (4) 9092 1014
www.architecturelafourcade.com


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