DDR Museum: una probada de la Alemania Oriental
En la desaparecida Alemania del Este, el automóvil popular era de plástico, los niños aprendían en forma colectiva a dejar los pañales, las playas eran nudistas y a todo el mundo lo espiaba la temible Stasi. A 20 años de la caída del Muro, la vida cotidiana tras la Cortina de Hierro renace en Berlín entre los muros de este pequeño museo interactivo.
Entre los más de 170 museos que hay en Berlín y que abarcan en sus temáticas desde tesoros persas hasta la banda de punk rock Los Ramones, el minúsculo Museo de Alemania del Este o DDR Museum (por las siglas en alemán de Deutsche Demokratische Republik) pertenece a una categoría única: aquella que busca mostrar cómo transcurría la vida cotidiana de los habitantes de un país desapare-cido hace apenas 20 años, el día a día de los ciudadanos socialistas, regidos por un modelo de Estado —y de vida— que ya no existe, bajo el ojo del marxismo-leninismo y de la Guerra Fría. Cuarenta años de vida tras un muro, literal y metafórico a la vez. Y que transcurrió en el mismo sitio donde se levanta hoy el museo que la recuerda.
El DDR Museum se ubica en la zona de Mitte (literalmente en la parte central o “media” de Berlín), donde en la época de la República Democrática Alemana (RDA) estaba situado el Palasthotel, uno de los más lujosos hoteles de Berlín, demolido luego de la Reunificación. Hoy, a pesar de sus escasos 400 metros cuadrados y de que está entre la espectacularidad de la Museumsinsel, un conjunto de cuatro museos antiguos repletos de arte internacional a la vera del río Spree, el museo se hace notar; como si fuera una de esas cajas de recuerdos con escaso valor práctico pero enorme valor sentimental.
Pues en su interior cobra vida, como si fuera una civilización extinta, la cotidianidad de la RDA, un mundo desaparecido al que pertenecieron 16 millones de personas. Con alrededor de cien mil objetos rotulados en alemán y en inglés, la exposición permanente, inaugurada en 2006, es una profusión de paneles a escala, idénticos y grises, que rememoran la arquitectura “realista-socialista” de la época comunista, con sus edificios multifamiliares y prefabricados de concreto.
Los paneles sirven para separar las diferentes áreas temáticas en que se divide el museo —son 16 y abarcan, entre otras, transporte, educación, juventud, moda, trabajo, seguridad del Estado— pero también son armarios y cajones para abrir y hurgar entre objetos, como una metáfora de que bajo la monotonía y el miedo de una existencia donde “la única sorpresa era el clima y los resultados de los partidos de futbol” existió la vida de todos los días.
El objetivo es que el visitante tenga una “experiencia práctica” de esa vida cotidiana que sucedió entre 1961, con la construcción en apenas una noche del Muro de Berlín, hasta su derrumbe en 1989.
Así, se puede hojear un cuaderno de las brigadas donde los niños aprendían a repetir los eslogans del Partido, manejar un automóvil Trabi original, espiar a un grupo de jóvenes que escucha música “occidental” prohibida en una iglesia (como en la película alemana La vida de los otros sobre la Stasi, el férreo aparato de seguridad del Estado), o curiosear en los estantes de una cocina a escala real de un departamento de época, que la Oficina de Viviendas entregaba amueblado a los más afortunados.
Se puede sintonizar, en una típica sala de estar de los años setenta, alguno de los programas de TV que eran populares incluso en Alemania Federal, ver un documental de propaganda en butacas reales de cine o ver facsímiles de alguno de los 39 diarios que había —todos diciendo esencialmente lo mismo—. Se puede tocar la ropa de trabajo de una sociedad de pleno empleo pero de escasez permanente (“Todo está disponible”, solían decir los ciudadanos de la RDA, “sólo que no siempre y no en cualquier lado, especialmente no cuando se necesita”), escuchar discos de las bandas de rock “permitidas”, ver la propaganda que exaltaba la actividad física y las pastillas con que se medicaba a los atletas para conseguir resultados olímpicos. Aprender que, contrariamente a cualquier cliché, en una dictadura socialista, la colectivización obligatoria convivió con nudismo, aborto legal, educación sexual desde el kindergarden. Todo, por supuesto, bajo el ojo omnipresente de la temible Stasi, “escudo y espada del Partido”, la parte visible de este Gran Hermano, que llegó a contar con más de 90 mil empleados y casi el doble de informantes.
“El aparato de seguridad era el puño de hierro que mantenía todo en pie. El planeamiento económico demostró ser muy inferior a la economía de mercado. Todos los generosos beneficios sociales ofrecidos por el Estado fueron demasiado costosos a la larga y contribuyeron al colapso económico”, escribe Robert Rückel, fundador y curador del museo, en el catálogo de la exhibición permanente. Pero, agrega, “Alemania del Este era más que un producto artificial de la ideología y el poder: para millones de personas era también su vida. Crecieron en este país, experimentaron el sistema educativo, sirvieron en las fuerzas armadas, trabajaron, fundaron una familia, amueblaron un departamento, criaron hijos. Era posible tener una vida feliz. A veces, era incluso bastante fácil olvidarse de la política y la economía”. Y concluye: “Había una brecha inevitable entre lo que la gente pensaba y lo que decía. Estaba el miedo a atraer la atención o, aún peor, entrar en conflicto con la Stasi. Si no hubiese sido por el humor y el sentido de optimismo, la situación habría sido insoportable. Por eso mucha gente todavía sonríe cuando piensa en Alemania Oriental, a pesar de que a veces sea una sonrisa amarga”.
Quizás el atractivo del DDR Museum tenga que ver con esa nostalgia de un mundo que ha desaparecido. En 2008 fue postulado en el certamen European Museum Of The Year (que finalmente ganó el Museo Kumu de Estonia) y registró los picos más sobresalientes de visitas, que ya van por las 700 mil en apenas dos años. Se mantiene sólo mediante las aportaciones de sus visitantes, sin ninguna clase de subsidio estatal. Y a pesar de las críticas que ha recibido por mostrar “sólo una parte” de la asfixiante vida bajo la dictadura, o trivializarla según otros, es un museo inmensamente popular entre los alemanes, que son el 70% de sus visitantes. “Hay muchos museos, exhibiciones y monumentos, tanto en Berlín como en otros sitios, que muestran las medidas que tomó la Stasi y dan información detallada sobre el Muro, pero no presentan una muestra amplia de lo que era la vida en ese momento”, defiende Rückel.
Será que en Alemania empieza a verse bajo otra lupa esa época tan cercana y extraña a la vez: películas como Good Bye Lenin! (2003), proyectos como el del artista René Zimmer, que fotografía paredes y edificios buscando rastros de esa época (www.alltagsspuren.de) o souvenirs que imitan productos de la RDA (que en los años setenta llegó a ser la décima potencia industrial del mundo) recrean un sentimiento de nostalgia por ciertos aspectos de la cultura y la vida diaria bajo el socialismo, que se ha dado en llamar Ostalgie, un acrónimo entre “Este” (Ost) y “Nostalgia”.
“La vida diaria es historia vívida”, dice el catálogo. Por eso el museo anima a sus visitantes a tocar los objetos, presta muchos de ellos para producciones especiales y renta el espacio para congresos. ¡Incluso ofrece un buffet de auténtica comida de la RDA!
Entre los proyectos para este vigésimo aniversario de la Reunificación alemana está la creación de una “base de datos contemporánea” con los recuerdos escritos por antiguos habitantes de la RDA, además de mesas redondas y charlas sobre el tema.
Como en la “vida feliz” de la novela 1984 de George Orwell —por cierto, uno de los tantos libros prohibidos en la RDA— el DDR Museum insinúa, por medio del humor, la ironía y la ostalgie, que aun bajo una dictadura los individuos de un país pueden tener ciertas libertades y beneficios; que ni el terror puede lograr un control completamente férreo. Y que la democracia globalizada tiene tantas fallas que es posible, incluso, salir de un museo como éste con una sonrisa.
DDR MUSEUM
Karl-Liebknecht-Str. 1 Berlín
T. 49 (30) 847 123 73-1
www.ddr-museum.de
Lunes a domingo de 10 a 20 horas; sábados hasta las 22.
Entrada: 5.50 euros; niños, 3.50 euros.
Visitas guiadas desde 40 euros.
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