India es India. Hasta en las cimas de los Himalayas
A mis amigas y a mí nos pasó no sólo eso. También nos pusimos a (tratar de) bailar con Mehnoor, una niña de seis años, las últimas coreografías de Bollywood, y vimos el ingenioso comal tubular que Jheet Badur, el cocinero de la casa, inventó para poder acelerar la cocción de los chapatis: aún recuerda cuando uno de los primeros huéspedes se comió 15 parathas y discretamente se puso a hacer más masa, para que éste no se enterara de que había rebasado el precavido cálculo del atónito anfitrión.
Estábamos en la región de Kullu, o “el fin del mundo habitable” según la etimología, sólo que en manos de Muneer y Manisha Suri, que acaban de abrir Neeralaya, un hotel muy especial donde grita el río. La idea del hotel puede rastrearse hasta la niñez de la familia Suri: solían venir aquí los fines de semana —lo que los indios llaman picnics— a nadar, hacer castillos de arena, atrapar mariposas o coger pescados desde la orilla.
El plan original era hacer una especie de campamento, de modo que no se dañase la naturaleza. Pero, dada la escasez de la madera y la voluntad del gobierno de salvar los bosques del estado de Himachal, la gente de la región empezó a construir con concreto, y entonces Muneer prefirió rendir homenaje a la arquitectura ancestral: recuperó dos de las casas que la gente estaba desechando, y encontró a un arquitecto italiano expatriado aquí para que reutilizase hasta el último pedazo de madera, pizarra y roca en las villas —versiones modernas y ampliadas de arquitectura orignaria del oeste de los Himalayas, con troncos o vigas de madera en forma de reja, intercalados con lajas
de pizarra.
También aprovechó los suelos fértiles de la zona para el huerto de donde vienen buena parte de los ingredientes que utiliza Jheet en la cocina, y contrató a gente como Rupa, que llegó “con lo que traía puesto” a tocar la puerta y ahora se pasea en su traje tradicional asegurándose de que todo esté bien. O a tocar esa campana que hace om cuando es hora de salir a desayunar unas omelettes con chile muy parecidos a nuestros huevos a la mexicana, jugos frescos y yogurts como no existen en otro sitio. Por momentos (los más), dan ganas de quedarse y abandonar el propósito del viaje. Por momentos resulta urgente ir a treparse a esos poderosos picos.





























