Adobe Guadalupe, la intimidad de un rancho vinícola
Fotografía de Rigoberto de la Rocha

Adobe Guadalupe, la intimidad de un rancho vinícola

Algunos consideran que la calidad de los vinos y la hospitalidad se miden con parámetros exactos, inapelables. El resto, preferimos dejarnos conmover (y sugestionar) con las personas e historias que hay detrás de cada copa, de cada estancia en un hotel. Y el caso de Adobe Guadalupe, con sus seis habitaciones para huéspedes, tiene todo para satisfacer a los adeptos a ambas escuelas. Y pasearlos a caballo o a pie por esta región vinícola de la península de Baja California, cuyo potencial apenas empieza a explorarse.

A pesar de ser un hotel rentable, el Adobe Guadalupe no es un simple negocio. Lo noto desde que pongo un pie en la propiedad, que se encuentra a medio camino entre Tecate y Ensenada, en el Valle de Guadalupe. Llegar ahí no es tan sencillo: para encontrar este bed & breakfast —de apenas seis habitaciones— hay que recorrer una solitaria y desértica carretera, entre viñedos y olivares.

Sin embargo, una vez que atravieso la puerta del rancho me encuentro con un ambiente cálido y sereno que nada tiene que ver con la rudeza del camino. Me reciben Donald y Tru Miller, los simpáticos propietarios del lugar. Ellos se instalaron aquí hace ya varios años, después de la trágica muerte de uno de sus hijos, Arlo, en un accidente de coche. Él era un gran fanático de toda la iconografía mexicana, en especial de la Virgen de Guadalupe. Por eso, después de su fallecimiento, Tru y Donald decidieron pasar el resto de sus días en este país. “Ya somos casi mexicanos”, me dice ella —de origen holandés—; su esposo —estadounidense— lo confirma con una sonrisa cómplice. Además, México les permitió cumplir el sueño común de tener un rancho vinícola.

Empezaron por restaurar la casa, respetando el estilo original. Sin embargo le pidieron a su amigo Nassir Haghighat, un arquitecto iraní, que le diera un toque diferente. Él agregó algunos detalles árabes en la construcción y la decoración: en medio de la sala principal, por ejemplo, hay un domo que recuerda a las mezquitas. Luego empezaron a trabajar en el viñedo de 21 hectáreas. Plantaron las semillas en 1998 y en 2001 tuvieron su primera cosecha. Hoy se cultivan 10 tipos diferentes de uvas, entre ellas cabernet sauvignon, merlot, nebbiolo, cabernet franc, tempranillo, shiraz y viognier.

Los vinos son el gran amor de Donald. Y cuando habla de ellos se emociona. Me invita entonces a la cava, para hacer una cata. Tru se excusa y dice que irá a relajarse al jacuzzi que hay al lado de la piscina. Como homenaje a su hijo, el tema central del rancho son los ángeles. Así, cada uno de los vinos que producen tiene el nombre de un arcángel: Rafael, Gabriel, Miguel, Uriel, Serafiel y Kerubiel. Los pruebo todos y, aunque la competencia es difícil, escojo mi favorito: el Gabriel cosecha 2006, un tinto con mucho carácter que está compuesto por merlot, cabernet sauvignon y malbec. Pero no dudaría en recomendar también el Uriel cosecha 2008, un delicioso rosado seco. Al final de la cata, Donald me ofrece una sorpresa: una copa de mezcal —también producido en la casa—, aceitunas y aceite de oliva. A lo lejos, veo un enorme depósito de agua adornado con dos alas. Donald me dice que esa escultura es la que protege al viñedo.

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