Viaje de ensueños
Fotografía de Gregory Allen

Viaje de ensueños

Catherwood Travels se especializa en las excursiones más inspiradoras y bien pensadas de la región yucateca. y sus aventuras son el lujo más sorprendente de todo.

Le di el golpe esa primera noche húmeda. Estaba sentado en la terraza de la Hacienda Temozón, la antigua plantación henequenera que ahora, en su encarnación de hotel de cinco estrellas, funciona como “campamento base” de los viajes con Catherwood Travels. La operadora se especializa en las excursiones más inspiradoras, lujosas —y bien pensadas— de la región yucateca.

Acababa de volver de una visita a Mayapán, una de las más evocadoras ciudades de los antiguos mayas, donde Alfonso Morales, un arqueólogo que trabaja con Catherwood, me me guió personalmente. Nunca antes me había considerado fanático de las civilizaciones prehispánicas. Me bastaba con lo aprendido en algunas lecciones de historia universal (ni siquiera particularmente rigurosas).

Lo que sentí esa noche, sin embargo, fue distinto, más parecido a un estado onírico. Allí, en la enorme casa principal de la hacienda, al escuchar los ruidos de la selva, concebir el calor como parte del placer y reconfortado por las cualidades antimosquitos de un gin-tonic, empecé a soñar. Las grandes civilizaciones de hace milenios, todavía vivas, me llenaron la cabeza. Vi fantasmas —unos más benévolos que otros—, de esos que habitan en toda casa vieja. Pensé en los elementos arquitectónicos que había visto en Mayapán y su significado en la cosmología maya. Todo me llevó a consideraciones acerca de mi propio lugar en el mundo, en el tiempo, en el cosmos. Los citadinos casi nunca tenemos momentos así.

Mis anfitriones en Catherwood no sólo parecen entender estos buenos momentos, también saben cómo hacerlos realidad. A lo largo de toda la Península de Yucatán, desde la biosfera Sian Ka’an hasta Campeche, la compañía ha llevado los knowledge tours (viajes de conocimiento) a un nivel extraordinario, que no he conocido en ningún otro lugar.

Para empezar, Catherwood cuenta con arqueólogos renombrados, además de expertos en Historia y Arquitectura. Igualmente impresionante es que la gente de Catherwood conozca todos los pueblos y las galerías más importantes, lo mismo que los talleres artesanales recónditos, y restaurantes locales tan auténticos como deliciosos. Y a pesar de no ser el primero en llegar a esos lugares, uno tiene la sensación de que sí lo es.

La visión de la compañía, muy propia y no del todo corporativa, podría ser lo que la distingue de otras operadoras turísticas. Aunque la noción de “experiencia de viajes” se convierte cada vez más en una frase hueca de folleto de turismo, en esta ocasión Catherwood sí cumple con lo prometido. Tuvieron otra fuente de inspiración no tan común para sus fundadores y directores: el interés no sólo por la cultura maya antigua, sino también por la actual. Relajarse en las haciendas y explorar las ruinas que las grandes civilizaciones dejaron, va de la mano con visitas a lugares de un Yucatán contemporáneo no tan conocido, tales como Oxkutzcab, un increíble mercado en el sur del estado, que ahora es una parada obligada para gastrónomos y ecoturistas; o las visitas a haciendas privadas abiertas sólo a clientes de Catherwood.

En mi caso, un paseo que jamás habría planeado al jardín de la Hacienda Santa Rosa, se convirtió una experiencia inolvidable. En absoluto me considero un aficionado de la botánica. No obstante, mientras el viejo jardinero me guiaba de un huerto perfumado a una composta natural para después hablar con orgullo de cómo se había rescatado el cultivo de antiguas hierbas medicinales —que a su vez aportó dramáticas mejoras a la salud de la comunidad local—, no pude sino sentirme conmovido. Y emocionarse por algo en lo cual uno no pensaba que podría interesarse es uno de los dividendos más valiosos de viajar.

Pero el tema no es sólo cerebral. Los placeres más inmediatos que ofrece Catherwood, tanto en el campo como en las haciendas, responden al deseo de consentirse en las vacaciones y disfrutar extravagancias desconocidas en la vida diaria. Después de tanto aprender no se experimenta ningún sentimiento de culpa al regresar a las increíbles albercas de las haciendas ni a sus espaciosas habitaciones, amuebladas con antigüedades y llenas de flores provenientes de los jardines, colocadas por el personal del hotel sobre toallas, mesas o cualquier otra superficie del baño o del cuarto. Semejantes encantos se encuentran a la hora de comer: los platillos son los típicos de la región, pero se les añade elementos “fusión” que le recuerdan a uno lo sabrosos que pueden ser los clásicos, y eso después de creer que uno lo ha probado todo.

Al día siguiente, muy temprano, estamos de nuevo en la carretera, en un cómodo vehículo privado, rumbo a Chichén Itzá. Nadie debería sentirse así ante una “maravilla del mundo” pero yo, que la he visitado antes, dudo que realmente haya mucho más que experimentar allí. De nuevo me equivoco. El arqueólogo Morales, nuestro guía otra vez, es un tipo amistoso y divertido. Pero sabe muy bien de lo que habla.

Morales me enseñó a ver las ruinas con ojos de arqueólogo y me animó a entender, por ejemplo, qué es lo que el tamaño de un aposento, o su decoración, me indica acerca de quienes lo habitaron alguna vez. Incluso toleró mi ridículo interés en las teorías que predicen el fin del mundo, así como las leyendas acerca de intervenciones extraterrestres; no obstante siempre aterrizó la plática en la ciencia cierta.


La última tarde de mi visita, profundizamos —literalmente— por debajo de la superficie de la tierra: en un cenote donde, mientras chapoteamos y nos salpicamos con el agua y contamos chistes acerca de cocodrilos y otros peligros imaginados, también hablamos del papel de estos característicos pozos naturales en el cosmos maya. A la salida, nos esperaba un picnic abundante. Traté de seguir divirtiéndome: nadar, comer, tomar una cerveza
o un tequila. Pero fue imposible: empecé a meditar de nuevo. Esta vez la unión de cuerpo, mente y espíritu no es sueño, sino realidad.

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