La Patagonia chilena por aire, tierra y mar

La Patagonia chilena por aire, tierra y mar
Descubrir Patagonia a bordo de un barco que recuerda más a un hotel de lujo que a una rústica embarcación de exploradores.   
Junio 20, 14
Fotografías por:
Fotos de Diego Sampere
Fotos de Diego Sampere

Importa decir que fue en un barco. Importa decir que fue en enero. Importa decir que fue en el sur de Chile. Importa decir que era un día de un azul sedoso y que, desde la Marina del Sur, en Chinquihue, cerca de Puerto Montt, el barco, ya anclado en el muelle, no se veía y, por tanto, era difícil comprobar si ese animal llamado Atmosphere, con un costo de 20 millones de dólares —y equipado con un helicóptero para seis pasajeros, un Zodiac para 16 con dos motores de 250 caballos de fuerza cada uno, sies jet boats, seis Zodiacs, varios kayaks, dos cabinas de lujo con cama king, 10 cabinas de lujo con cama twin, dos cabinas prémium, spa, sauna y restaurante a cargo de uno de los mejores chefs chilenos— era todo lo que decían que iba a ser.

 

Atmosphere, una bestia capaz de recorrer los mares del sur llevando a bordo, a cambio de 25 000 o de 50 000 dólares por cabeza, a un máximo de 28 pasajeros para practicar pesca con mosca y navegar, cabalgar, trepar o bucear en sitios intactos, en los que la empresa propietaria del barco, Nomads of the Seas, ha montado una logística de viaje de aventuras que la ha llevado a figurar entre las 10 mejores operaciones de fly fishing del mundo.

 

Era domingo y, todavía en tierra, en el primer piso de la marina exclusiva de Nomads of the Seas, un grupo de gringos —un padre y su hijo, un proveedor de insumos para plataformas de petróleo que invitaba a seis de sus mejores clientes (invitaba: multipliquen), etcétera— aprovechaba sus últimos minutos de conexión Wi-Fi porque, entre otras delicias prometidas por “la operación”, se cuenta la de la desconexión total: siete días con sus noches lejos de todo lo que puede llamarse urbano, flotando en sitios con altos niveles de remoto salvajismo a los que no llegan la televisión, ni las señales de teléfono ni, mucho menos, internet. 

 

Era domingo y, en la marina, los gringos firmaban, obedientes, formularios en los cuales, en caso de perder la vida, las piernas o la salud, los propietarios de la vida, las piernas y la salud desligaban de toda responsabilidad a la empresa. Apenas más tarde contemplaban, respetuosos, un video en el que Andrés Ergas, el magnate chileno dueño de todo eso, hablaba de su megabote millonario y, después de varias imágenes en las que podía empezar a sospecharse el confort demencial del barco y la lejanía pavorosa de los mares del sur, decía: “Be a nomad”. Podría pensarse que, de haber sido el nomadismo así de cómodo, todavía estaríamos en la etapa de la caza y la recolección. 

 

Subir al barco es una ceremonia aparatosa: los miembros de la tripulación esperan, formados, con uniformes de marino u overoles de trabajo, en el muelle. Dan la mano, dan la bienvenida. Pocos minutos después, el barco zarpa, y hay que decir que es un barco impresionante. 

 

El Atmosphere, advierten, se moverá de madrugada. Así, durante los siguientes siete días, en medio de la noche oscura, el barco avanzará hacia el sur con su carga dormida, larvas envueltas en sábanas de 800 hilos en habitaciones donde todo es blanco y beige —blancos los edredones, beige la alfombra, blancas las paredes, beige la cómoda tapizada en cuero— y donde cada vez, cuando termine el día, en coquetas bolsitas de tela, alguien dejará, sobre las camas, bombones, caramelos, chucherías. 

Lo impresionante no es que sea impresionante —hay restaurantes y hoteles tanto más lujosos—, sino que esté ahí, flotando en medio de la nada, proa al sur, entre humildes catafalcos de pescadores tripulados por una persona.

 

La cubierta principal está recorrida por enormes ventanales, a lo largo, a lo alto, a lo ancho. En el centro hay una barra circular, con bebidas de los cuatro rincones del planeta disponibles a toda hora. A un lado, sobre una alfombra de pelos largos, hay sofás y mesas bajas, bibliotecas, refrigeradores para vinos. Afuera, en un espacio para fumar, rodeado de paneles de vidrio, hay butacas de cuerina blanca y un canasto con mantas.

 

A espaldas de ese espacio empieza el armamento: encadenada al piso, una flota de seis jet boats, un Zodiac Hurricane 920 de última generación, drifts, catarafts, zodiacs, kayaks, balsas de rafting y 12 jet skiffs, los botes de aluminio que se usan para internarse en los ríos y pescar.

 

Dos cubiertas más arriba, amarrado a su pista, el helicóptero Bell 407, una libélula roja que cuesta casi tres millones de dólares, que gasta 2 000 dólares por hora de vuelo, y que los pasajeros del Atmosphere usarán con la indiferencia natural con que se toma el metro. Nomads of the Seas opera desde 2006 pero, en verdad, existe desde mucho antes.

 

Desde que el jefe de la operación, un ex militar, fue enviado por Ergas a la Patagonia a descubrir lugares inexplorados y estuvo meses desembarcando en glaciares que no figuran en el mapa, hondonadas que tampoco, ríos que menos, y volvió con un registro detallado de lo mejor de lo más remoto y, después aún, regresó a todos esos sitios para implantar las bases: hoy, en esos puntos —una laguna con glaciar, una playa de lava negra, una isla repleta de pájaros, una pampa de líquenes—, esperan escondidos 60 botes para pesca con mosca y decenas de barriles que contienen tiendas de campaña e implementos de cocina.

 

El resultado de todo esto es que los guías (con entrenamiento en artes marciales, supervivencia, primeros auxilios) rastrean los barriles, desembalan los tesoros ocultos y montan, en los sitios más insólitos, una tienda blanca, una mesa con mantel, cristalería fina, y despliegan la comida preparada por el chef de a bordo. Y eso, dicen, es la experiencia Nomads of the Seas: máximo lujo allí donde el lujo es lo último que se espera. 

 

Si uno se duerme frente a una bahía, se despierta en un archipiélago. Si uno se duerme en un archipiélago, se despierta frente a una ladera envuelta en bruma. Si uno se duerme frente a una ladera envuelta en bruma, se despierta con vista a un risco cubierto de verde. 

 

El Atmosphere cubre un recorrido de 925 kilómetros desde Puerto Montt, y no va más allá de la península Taitao, pero el itinerario es incierto: depende del viento, del mar, de las lluvias, de modo que las actividades de cada día se deciden la noche anterior y se confirman un par de horas antes del desayuno. Suele haber más de una —kayaking, trekking—, pero la pesca con mosca, que es la estrella, siempre está allí. 

 

El barco amanece anclado frente a una bahía, y el helicóptero, con sus seis pasajeros, vuela hasta una planicie cubierta de líquenes que termina en una quebrada de cuyos bordes caen, con gran vértigo, hilos de agua.

 

Donde termina la quebrada hay un glaciar, el Melimoyu, de un azul adictivo, artificioso, una torre de hielo sobre una laguna oscura, repleta de témpanos. La siguiente hora y media es así: unos miran desde la orilla y otros se acercan en kayak hasta el glaciar, se detienen, contemplan, escuchan crujir, regresan. 

 

—Está peligroso —dice uno de los guías—. Se está rompiendo. Vayan y vuelvan rápido, y no se acerquen mucho. Queda la sospecha de que no lo dice en serio. De que quienes pagan 25 000 o 50 000 dólares por estar aquí quieren, también, jugar al riesgo. 

 

En la cubierta superior hay tres jacuzzis, un sauna, una camilla de masajes. Todas las tardes varios suben allí y leen y toman cervezas mirando el sol caer. Uno de los extranjeros, el magnate que ha invitado a los demás, se aburre particularmente.

 

Vive en Nueva Orleans, se ha casado hace poco con una mujer mucho más joven, acaba de tener un hijo. No le gusta pescar, no le gustan los botes ni estar al sol ni mojarse ni leer. Su frase de cabecera es “No me gusta hacer nada durante demasiado tiempo”, y pasa casi todo el día tumbado en alguna parte: un sofá, el sauna, su cama.

 

Está empeñado en ver un partido de futbol americano y, cada vez que los miembros de la tripulación le dicen que es imposible porque no hay, por allí, ni la sombra de una señal de televisión, parece hundirse en un estado de perplejidad indignada.

 

Un día, por debajo, le ofrece a una de las tripulantes 10 000 dólares si logra conectarlo. La mujer le explica que es imposible porque, primero, ella no puede aceptar ese dinero y, segundo, porque, otra vez, no hay ni la sombra de una señal de televisión. Etcétera. 

 

La terma, a la que se llega después de un viaje en helicóptero y una caminata no muy larga, es un rectángulo chico y, en verdad, no dice mucho, pero aquí, en medio de la nada, el pequeño trozo de agua hirviente es el pago al precio de ser únicos.

 

Alrededor hay árboles altísimos repletos de lianas, y el cielo permanece inalcanzable al otro lado de las copas. Los guías disponen una mesa con mantel en la que distribuyen una tabla de quesos, embutidos, champaña, cerveza, vinos. Y todo eso —la mesa, la tabla, las sillas, los quesos, los embutidos, el champaña, la cerveza, los vinos y hasta el mantel— lo han cargado, hasta aquí, en las espaldas. 

 

Un día, camino a una playa sobre un lago llamado El Trébol, el piloto del helicóptero desciende casi a ras de la tierra y sigue, con gran júbilo, las vueltas del lecho de un río seco.

 

La playa, quieta, sola, es la contracara de esa euforia guerrera: no hay nada, excepto un bosque de cañas, y hace un calor inmenso. Uno de los guías rastrea los tambores ocultos y vuelve con sillas, mesas, tienda. Es raro estar en el fin de la Tierra comiendo salmón y tarta de moras. De regreso, desde el aire, el Atmosphere empieza a parecerse, peligrosamente, a eso que llamamos “casa”. 

 

Bajo la cubierta principal está el cuarto húmedo, un sitio donde se deja la ropa que se ha usado durante el día: overoles hipertecnológicos para temperaturas bajo cero, guantes y pantalones térmicos, chaquetas megaimpermeables, trajes de neopreno para bucear en aguas gélidas.

 

Cuando los pasajeros regresan de las excursiones, antes de su peregrinación al cuarto húmedo, dos tripulantes los reciben con café con leche o chocolate: amargo para quien no consume azúcar, con leche deslactosada para quien tiene intolerancia a la lactosa. Y todo el tiempo la extraña sensación de que se podría pedir cualquier cosa: bájenme ese bote, quiero un dulce, llévenme a la orilla. Después de todo, no es tan difícil devenir tirano. 

 

Y la comida: atún rojo, magret de pato, arroz a la valenciana con pinzas de jaiba, crema de zapallo con centolla, suspiro de murtillas maceradas en pisco, tartar de ostiones con manzana y aceitunas negras, tostadas de maíz con queso azul y damascos turcos, mousse de camarones, cordero, pulpo con garbanzos a la oriental, foie gras, confit de pato, filete de mero a la cancha, salsa de cítricos y puré de arvejitas nuevas, centolla magallánica servida con salsas (pebre de palta, pebre de tomate), crema de camarones a la ciboulette, chupe de locos con su pil pil, caldero de jaibas y camarones en mantequilla a las hierbas. Y eso que llaman “detalles”: si alguien bebe agua mineral con gas, nadie le ofrecerá nunca sin gas. Si alguien no come ajo ni picantes, ningún plato llegará a su mesa con una sola pizca de esos ingredientes. 

 

Hay días en los que el helicóptero sobrevuela volcanes, fumarolas, quebradas. Días en los que se desembarca en una pampa de líquenes donde las botas se hunden mientras, bajo la superficie, el agua se mueve como un pulmón monstruoso. Y hay días normales, como éste, en los que a bordo de una lancha de medio millón de dólares se viaja hasta islotes repletos de lobos marinos para regresar, tres horas más tarde, en cabalgata demente, raspando el mar, mientras los delfines, de un lado a otro, saltan, saltan, saltan. Días normales. 

 

 

Es miércoles. El helicóptero sobrevuela el volcán Corcovado y desciende en una playa negra en la que ya esperan los guías con la tienda blanca y la mesa dispuesta para el almuerzo de después. 

 

El día es prístino, azul de azul intenso cuando los kayaks entran al lago; un poco menos prístino media hora más tarde, y definitivamente negro cuando el kayak en el que voy empieza a inundarse.

 

El guía indica que reme hasta la orilla de una isla cercana, y remo. Cuando voltean el kayak descubren que, en efecto, está rajado. Sólo hay que parchar y esperar. El folleto —de los parches— advierte que deben transcurrir 12 horas antes de volver la embarcación al agua, pero este arreglo no tiene por qué ser tan exhaustivo: la distancia que hay que recorrer es corta. Llueve, y la isla, repleta de helechos, bambúes, coihues, es de un verde fosforescente.

 

Caminamos siguiendo el lecho de un río hacia la cima de una montaña, y bajamos por la orilla opuesta, siguiendo el mismo lecho. No pasa mucho más, salvo que me descubro una sanguijuela en la pierna y que el animal es una desilusión: siempre imaginé a las sanguijuelas como seres repulsivos, capaces de producir un dolor infinito, pero ésta es sencilla, oscura, no mide más de un centímetro y, después de arrancármela con los dedos, apenas quedan en la pierna dos hilos rojos que tardan en coagular. 

 

Cuando el kayak está en condiciones, regresamos a la playa negra que nos vio partir. El panorama, allí, es ridículo y desolador: bajo la tienda, a punto de romperse, arrasada por el viento patagónico, una guía y dos pasajeros se empeñan en calentar fideos de arroz con curry y camarones mientras, en la mesa que han dispuesto, los vasos de champaña están tumbados sobre la picada de queso, salmón y trucha que, a su vez, está cubierta de arena.

 

Alguien propone hacer fuego en un hoyo, pero la leña está mojada y el humo llena la tienda. He aquí, me digo, una típica experiencia Nomads of the Seas: hay un vendaval a punto de estallar sobre nosotros, pero nos vamos a comer nuestros fideos con curry.

 

Mientras uno de los guías intenta hacer fuego con un equipo de supervivencia, los demás armamos una pared de kayaks para protegernos del viento. Clavamos los remos en la arena, encajamos los kayaks entre los remos, extendemos entre la pared de kayaks y la tienda una tela metálica.

 

El efecto es muy pop, muy Priscilla, la reina del desierto, pero da un poco de piedad ver lo que un poco de viento y lluvia pueden hacerle al lujo: bajo la tienda, los platos están cubiertos de ceniza, los tenedores por el piso, los vasos de champaña enchastrados con grasa, y todo el mundo tiene las manos llenas de astillas y carbón. 

 

El rib (Rigid Inflatable Boat) es un Zodiac Hurricane 920 creado para operaciones militares, que fue adecuado especialmente para disponer en cada uno de los asientos un sistema independiente de absorción de impacto.

 

El artefacto, que costó medio millón de dólares, logra velocidades demenciales pero puede ser, también, suave como la brisa. Hoy, jueves, frente a la isla de Chiloé, apenas si se mueve sobre el agua mientras uno de los guías hunde un micrófono para detectar el ruido de las ballenas.

 

Pasan horas, pero del fondo del mar sólo llega la estática chirriante de los camarones. Y aunque durante el paseo aparecen pingüinos y lobos de mar y cormoranes y delfines australes, y cosas que la mayor parte de los habitantes de esta Tierra no verá jamás, excepto por gentileza de Pixar, flota, entre los pasajeros, un aire de desilusión. 

 

El volcán Chaitén. Ése es el paisaje que se ve por la ventana al día siguiente. Y, cuando el capitán avisa que en breve habrá señal de teléfono, todos se abalanzan y llaman a sus familias y, por un rato, en los pasillos y las cubiertas se escuchan conversaciones, risas, cuchicheos, hasta que la conexión se pierde y las voces se desvanecen y estamos, otra vez, entre la nada y la nada. 

 

Esa noche, uno de los guías sale a pescar por la borda. El hilo de la tanza se hunde bajo la luz fantasmagórica que alumbra los costados del barco, que sigue avanzando hacia el sur.