Guía mínima de África: Etiopía

Guía mínima de África: Etiopía
Tierra de iglesias, castillos y otras rarezas maravillosas. 

La antigua Abisinia es una África negra completamente distinta al resto. Una llena de historias, castillos e iglesias. Nunca fue conquistada por nadie, de lo que presumen los etíopes, y tuvo un alfabeto propio. Su pobreza se hizo legendaria en los ochenta por las hambrunas de sus zonas desérticas. Hoy persiste esa miseria en las áreas rurales combinada con un alto crecimiento económico. Hay dos países distintos: el norte y el sur.

 

Addis Abeba, la capital, es una ciudad que siempre me gustó mucho. Abierta, en pleno proceso de explosión urbanística, la sede de la Unión Africana es una urbe de montaña en la que por la noche, en sus barrios más altos, se puede escuchar el reír de las hienas que bajan a alimentarse. Algunas leyendas dicen que se comen también a perros y hombres que duermen en sus calles.

 

El norte de Etiopía se puede recorrer en avión. Sus líneas aéreas son bastante buenas y permiten cortas conexiones que, por desgracia, van subiendo sus otrora bajos precios. En coche, al lago Tana y las fuentes del Nilo Azul son ocho horas de curvas y paisajes desolados. Cerca de la ciudad de Bahir Dar se pueden ver, en época de lluvias, las cataratas Tis Isat cargadas de agua.

 

Más hacia el norte se llega a la ciudad monárquica de Gondar. Ahí están los castillos de la antigua casa real abisinia; un complejo histórico —y sorprendente— desconocido en el resto del sureste continental. Se le conoce como la “Camelot africana”.

 

Tras Gondar, en una ruta en círculo, se cruza por las Simien Mountains y Axum, con sus históricos obeliscos. Y, detrás, ya hacia el sur de nuevo, se encuentra esa maravillosa rareza que son las iglesias de Lalibela.

 

Lalibela comprende templos coptos excavados en la roca. En medio de aquellas montañas, como una herida de piedra, aparecen iglesias con cruces antiguas y alfombras donde se acumulan las pulgas. Los monjes rezan en silencio mientras el olor a incienso lo invade todo. Lalibela es una de esas obras históricas fuera del gran circuito turístico mundial que no se deben perder.

 

Al sur, el país es distinto. Más plano y lleno de tribus arcaicas. En Arba Minch, una localidad entre los lagos Chamo y Abaya, uno se tropieza con los dorze, una etnia que construye sus casas con forma de cara de elefante, que se comen las termitas.

 

Más abajo, aún habitan los konso y los samais, que se decoran el rostro con formas animales. Yo no fui a ver las tribus del río Omo, donde radican las etnias más fotogénicas y prehistóricas. Pese a que alertan de que hay un cierto show para turistas, creo que es indispensable verlo. Queda pendiente. Hasta la frontera con Kenia el paisaje semidesértico lleno de acacias es espectacular.

 

Imprescindibles: Addis Abeba, lago Tana, Gondar, Lalibela, Arba Minch y río Omo.

 

Fuera de ruta: monasterio Debre Damo y desierto de Danakil.

 

Dónde dormir: Elias Hotel, en Addis Abeba, por la generosidad de su dueño, y Paradise Lodge, en Arba Minch.

Guía mínima de África: Etiopía
Tierra de iglesias, castillos y otras rarezas maravillosas. 
Julio 6, 15
Fotografías por:

La antigua Abisinia es una África negra completamente distinta al resto. Una llena de historias, castillos e iglesias. Nunca fue conquistada por nadie, de lo que presumen los etíopes, y tuvo un alfabeto propio. Su pobreza se hizo legendaria en los ochenta por las hambrunas de sus zonas desérticas. Hoy persiste esa miseria en las áreas rurales combinada con un alto crecimiento económico. Hay dos países distintos: el norte y el sur.

 

Addis Abeba, la capital, es una ciudad que siempre me gustó mucho. Abierta, en pleno proceso de explosión urbanística, la sede de la Unión Africana es una urbe de montaña en la que por la noche, en sus barrios más altos, se puede escuchar el reír de las hienas que bajan a alimentarse. Algunas leyendas dicen que se comen también a perros y hombres que duermen en sus calles.

 

El norte de Etiopía se puede recorrer en avión. Sus líneas aéreas son bastante buenas y permiten cortas conexiones que, por desgracia, van subiendo sus otrora bajos precios. En coche, al lago Tana y las fuentes del Nilo Azul son ocho horas de curvas y paisajes desolados. Cerca de la ciudad de Bahir Dar se pueden ver, en época de lluvias, las cataratas Tis Isat cargadas de agua.

 

Más hacia el norte se llega a la ciudad monárquica de Gondar. Ahí están los castillos de la antigua casa real abisinia; un complejo histórico —y sorprendente— desconocido en el resto del sureste continental. Se le conoce como la “Camelot africana”.

 

Tras Gondar, en una ruta en círculo, se cruza por las Simien Mountains y Axum, con sus históricos obeliscos. Y, detrás, ya hacia el sur de nuevo, se encuentra esa maravillosa rareza que son las iglesias de Lalibela.

 

Lalibela comprende templos coptos excavados en la roca. En medio de aquellas montañas, como una herida de piedra, aparecen iglesias con cruces antiguas y alfombras donde se acumulan las pulgas. Los monjes rezan en silencio mientras el olor a incienso lo invade todo. Lalibela es una de esas obras históricas fuera del gran circuito turístico mundial que no se deben perder.

 

Al sur, el país es distinto. Más plano y lleno de tribus arcaicas. En Arba Minch, una localidad entre los lagos Chamo y Abaya, uno se tropieza con los dorze, una etnia que construye sus casas con forma de cara de elefante, que se comen las termitas.

 

Más abajo, aún habitan los konso y los samais, que se decoran el rostro con formas animales. Yo no fui a ver las tribus del río Omo, donde radican las etnias más fotogénicas y prehistóricas. Pese a que alertan de que hay un cierto show para turistas, creo que es indispensable verlo. Queda pendiente. Hasta la frontera con Kenia el paisaje semidesértico lleno de acacias es espectacular.

 

Imprescindibles: Addis Abeba, lago Tana, Gondar, Lalibela, Arba Minch y río Omo.

 

Fuera de ruta: monasterio Debre Damo y desierto de Danakil.

 

Dónde dormir: Elias Hotel, en Addis Abeba, por la generosidad de su dueño, y Paradise Lodge, en Arba Minch.