Portland y su extraña escala humana

Portland y su extraña escala humana
Una ciudad que desafía la manera en que vivimos en el resto del mundo.

En la primera línea de la primera versión de esta crónica sobre mi viaje a Portland aparecía Hootie and The Blowfish, una banda no tan depresiva de los años noventa. La mencionaba porque, en nuestra segunda noche allá, a Carlota y a mí nos pareció escucharla a lo lejos, en un festival nocturno de foodtrucks sobre North Park Blocks.

 

Hootie and The Blowfish me parecía una referencia perfecta para hablar de Portland: un poco vaga, un poco naif y absolutamente innecesaria. A esta ciudad todo mundo la identifica bien por la serie Portlandia (de hecho, en aquel primer boceto, el capítulo tres se llamaba: “Al oír ‘Portland’ todos gritan ‘¡Portlandia!’, y luego ya no saben qué más decir”, pero ese título, tan largo, fue la última razón para descartar ese texto).

 

Y sí: la ciudad es como Portlandia, donde cada capítulo, en vez de tener una sola historia, es un mosaico de sketches dispersos y detalles inconexos. Así que empezar con Hootie and The Blowfish –con esa melodía fácil que nos llevó a caminar por un vacío parque nocturno hasta un toldo de foquitos sobre una explanada, también vacía, rodeada de foodtrucks ya cerrados, con nombres como “Weiners From Another World” y “The Grilled Cheese Grill”–, tenía tanto sentido como empezar con el Old Chinatown –el barrio por el que caminamos después, buscando sin éxito un baño para Carlota, en medio de alegres vagos cuya amabilidad nos daba cada vez más terror–.

 

También pude haber empezado con el malencarado bartender que nos permitió pasar al baño –tras pedir dos cervezas– y que terminó relatándonos de memoria el calendario de un festival de jazz que recién empezaba en la ciudad. Ahora, tras no sé cuántos intentos de escribir esta crónica, creo que antes de contar esa noche corta pero caótica debí empezar con esto: Portland es la ciudad natal de Matt Groening, el creador de Los Simpson, quien después de este viaje se me reveló como mejor observador que comediante. Pero empecé con Hootie and The Blowfish porque pensé que ese detalle me serviría para decir de un chispazo que Portland está siempre un poco a destiempo, que ahí no pasan las cosas, pero ahí emergen.

 

El primer capítulo de aquella primera versión de crónica, luego de unas diez cuartillas, terminaba así: “Son las dos a.m.; llevamos casi una hora en la fila para llegar a uno de los (no tan pocos) rituales de Portland: un local color rosa estridente y morado chiclamino, por cuyas ventanas sale a todo volumen un incomprensible heavy metal; en una de sus tres cajas registradoras –que sólo aceptan efectivo, pero que abren las 24 horas del día– atiende un pelirrojo enorme, musculoso, temible, cuya larga barba está cautelosamente guardada con una red.

 

A gritos, flotando entre guitarrazos y juguetes colgando de las paredes, el pelirrojo toma una orden y la despacha rápido: seis de las famosas donas insignia de Voodoo Doughnuts, cubiertas de chocolate y rellenas de crema pastelera; las entrega con una sonrisa y delicadeza casi absurda. El gesto se hunde rápido bajo la barba tupida: ‘Next!’, grita, y el nuevo cliente se acerca veloz, sonrojado por miedo de hacerle perder el tiempo al pelirrojo de las donas rellenas”.

 

Ya deseché esa primera versión, por supuesto. Era demasiado caótica, y no me parecía que a Portland le hiciera justicia un primer capítulo que no dijera esto: frente a Voodoo Doughnuts, flanqueando un parking lot cualquiera, hay un muro frente al cual todos se toman fotos; el muro, que soporta los flashes como celebridad curtida, sentencia como mantra, como orden militar: “Keep Portland Weird”.

 

Segunda versión

Así que volví a empezar, con algo más de orden. Podría iniciar con el mapa, así: “La avenida Burnside divide a Portland en sur y norte, y el río Willamette parte a la ciudad en este y oeste. Así nacen los cuadrantes naturales de la ciudad (NW, NE, SW y SE); pero como al norte el río hace un chanfle hacia el oeste, entre North West y North East queda una cuña, el quinto cuadrante, que se llama simplemente North. Esa división curiosa es la primera cosa que los habitantes de la ciudad detallan, como si ese desequilibrio fuera el karma de Portland”.

 

Pudo haber funcionado, pero me pareció un comienzo anodino para una crónica de viajes que debería estar llena de aventuras (¿Aventuras? ¡Terror! ¡Pérdida! ¡Catarsis!). Traté de ordenar la ciudad de un modo quizá más intrépido (“No sé si ‘intrépido’ es la palabra que define a Portland”, increpó Carlota. Le recordé la noche que llegamos allá, cuando nos quedamos solos en aquella oscura calle Ash del SE, rodeados de casitas de una planta y front yards vacíos, viendo al taxi alejarse, abandonados con todo y maleta en el suburbio profundo.

 

Le recordé que, antes de eso, buscamos por tres días a Sydney, la dueña de la cochera convertida en Airbnb donde nos hospedaríamos, para preguntarle cómo proceder al llegar a su casa, sin lograr que nos contestara un solo correo. Le recordé el mail que recibimos, ya ahí parados después de medianoche, donde Sydney decía simplemente: “La llave está bajo el tapete”, como en programa de la tele. Le recordé que tardamos media hora en darnos valor para acercarnos a la cochera que, no estábamos seguros, era nuestro hospedaje: la llave y su llavero de patineta estaban ahí, bajo el tapete, como si nada, como si en el mundo no existieran ciudades de 23 millones de habitantes; le recordé el respiro largo que dimos al entrar a esa cochera decorada con costales de café y con ligero olor a perro. Le recordé que, aunque dormimos en su casa, a Sydney no la vimos nunca, y que cuando nos fuimos de su casa dejamos la llave bajo el mismo tapete, quizá ya acostumbrados a los modos locales. “Empieza con eso”, me dijo Carlota, “y ve en orden cronológico”. “¿A quién le puede importar un viaje que empezó en la zona suburbial de Portland?”, contesté).

 

Pensé que sería mejor describir en un primer capítulo cada barrio de forma rápida, así: “El alma de Portland, más que partida en cuadrantes, está racionada en barrios, que las guías comandan recorrer en el orden de las manecillas del reloj, empezando a las seis. Primero ir a Downtown a pasear por sus calles adoquinadas, a rodear el Pioneer Square, un ayuntamiento tan perfecto que podría ser parte de un set de Playmobil; en la plaza, en el kiosco de información turística, ir por folletos con rutas para recorrer la ciudad, o pasar directo al Museum District, que está a pasos de ahí.

 

Ir luego a Old Chinatown, el barrio más antiguo, al mercado de artesanías que los sábados se dispone bajo el puente de Burnside, en el mero centro de la ciudad, y comprar juguetes, cositas vintage, mantas de lana local. En Pearl District, el barrio más bonito y más sofisticado, perderse entre galerías, tiendas de productos locales, cafeterías, cervecerías (¿cómo no hablar de la cerveza artesanal de Portland, que bien merece un reportaje entero?).

 

Dejar el barullo en Nob Hill, un barrio con pequeños tesoros, mucho más íntimos, del estilo de una ciudad que vive entre bosques. Al cruzar el río, al quinto cuadrante, las avenidas Mississippi y Williams son un barrio en franca escalada: restaurantes, bares, tiendas, foros musicales donde los trendsetters más preppy (como si cualquier clase de trendsetter fuera posible en Portland, la capital mundial de los trendy-no-trendy) tienen un oasis. Ya en NE, el Alberta Arts District es hoy día el sitio donde se congregan artistas y otra clase de trendsetters, que se sienten felices en un barrio en cuya avenida principal puede verse un auto rosa (igual que Voodoo Doughnuts) forrado de juguetitos (igual que Voodoo Doughnuts); visitar este barrio el último jueves de cada mes, cuando las calles se hacínan de bailes y performances y gente, como en un carnaval.

 

De ahí, bajar por la orilla del río: primero Central Eastside, con sus bodegones de look industrial que hoy son tiendas y restaurantes; luego Hawthorne/Belmont, ese barrio largo, de cafés modestos pero sorprendentes; finalmente, a su barrio gemelo, Division/Clinton, un poco más étnico pero igual de cozy”.

 

“Es demasiado general”, me increpa Carlota, “es pura información que puedes encontrar en internet”. “No es mi culpa que Portland tenga tan buena oficina de promoción turística”, replico, listo para dinamitar esta segunda versión, tan lineal: ése no fue nuestro viaje. Hay demasiados personajes, escenarios y situaciones en Portland como para tratar de enfrascarlos en barrios o en cuadrantes. Quizá sería más fácil buscar un concepto, escribir pura primera voz, enfocarme en una experiencia radical o en una experiencia común radicalmente narrada. Algo como…

 

 

Las cinco mesas de Portland (un boceto)

(Empezar con una frase pegajosa, una neta absoluta). El destino de la humanidad siempre se ha balanceado sobre una mesa (bien: desarrolla, llega a tu punto), ya sea el escritorio de un estratega, el comedor que construye memorias o la base de las máquinas de escribir que urden las grandes obras. Y si la Historia con mayúscula puede narrarse sobre una silla, cómodamente acodado, la de Portland también; acaso desde la ciudad más grande de Oregón no cambiarás a toda la humanidad, pero sí le darás nuevos visos a tu propia vida.

 

Primera mesa: Roman Candle

Desde la mesa enorme que cruza el salón frente a la barra que expone tartas, panqués y hogazas (hablar aquí de la fiebre de panaderías que invade a Portland; mencionar que en cada calle hay locales que huelen a mañanas felices; decir que el café es aquí un asunto importante, como en otros lugares el vino), escucho el silencio de Division Street. Junto a mí desayunan varios, a su ritmo; a un ritmo humano.

 

Antes del mediodía, Portland parece una ciudad de asueto, aunque sea miércoles: la gente corre, va al mercado, se junta en las mesas de afuera con sus amigos. No hay rush hour. Me sirven el sándwich de huevo con jamón en plain bagel, mi nuevo desayuno favorito, y un aromático café latte, tan perfecto como todos los lattes que he tomado en Portland. (Mencionar aquí a la mujer sentada frente a nosotros con sus dos niños pequeños; detallar la apertura de sus ojos al escuchar que estábamos en Portland “de placer”. “¿Placer? Pero si en Portland no hay mucho que ver… es una ciudad cualquiera”, responde antes de secarle los mocos al niño chico, que no para de comer pan).

 

Segunda mesa: Elephants in the Park

Nos apresuramos hacia el cubo de cristal en medio de Director Park, en Downtown: es la una de la tarde, pero queremos llegar antes de que se haga otra de las enormes filas de esta semana afuera de todos los restaurantes de comida rápida por culpa del festival de la hamburguesa (mención breve: cada hamburguesería de la ciudad hace durante esa semana un número limitado de ejemplares de su emparedado insignia). Lo logramos, y conseguimos comer dos “The Pig Lebowski”: carne de cerdo molida con tocino y salchicha, con col encurtida en pan de la casa. Conseguimos una mesa junto a la ventana, desde donde se ve la gran fuente en medio de la plaza: bajo el sol cínico, una docena de niños se baña en los chorros intermitentes (nota: ¿hablar aquí de sus padres, remanentes hippies, que no se bañan en la fuente, aunque deberían?).

 

Tercera mesa: Kachka

La mesa es minúscula, igual que el restaurante de Central Southeast, que está de moda y repleto. Es hora de cenar, y estamos en una suerte de fonda rústica de comida rusa (buscar una metáfora para decir: Portland es una ciudad con decenas de restaurantes extraordinarios de todas las cocinas del mundo. Que el lugar de moda sea de comida rusa, una cocina que no suele destacar en el mapa gourmet del planeta, dice mucho). En nuestro cuadro de 50 por 50 caben una cubeta con hielos y un botellón de cerveza Zhiguljovskoje, y por lo menos tres platones de zakuski fríos: ensaladillas moradas y blancas, caviar, sardinas, borsch en presentación fun size. Junto a nosotros, una cándida pareja está en su primera cita; con una sonrisa que apenas puede contener, ella jura que sí, ese estofado de conejo es idéntico al que preparaba su abuela; él se anota un punto en el tablero del romance. Nosotros no tenemos abuela rusa y el romance está en otro nivel, pero de esa comida nos quedan sonrisas similares a las de ellos.

 

Cuarta mesa: Bagdad

La marquesina es la única luz interrumpiendo la noche de Hawthorne Boulevard, así que llegamos ahí como insectos buscando cerveza. Delante de nosotros ha caminado durante varias cuadras la versión portlandesa (especificar: más colorida pero menos escandalosa) de Steven Tyler. Su sombrero rosa de copa toma aire cada tanto; sus leggings bambolean por la acera, que empieza a dormitar.

 

Por fin se frena, como nosotros, frente a las mesas exteriores del bar del Bagdad Theatre, aunque por razones distintas. Pasa dos, tres canciones observando a los dos músicos que tocan swing con sabor afroamericano. Cuando pedimos la primera sidra (nota: hacer un apéndice sobre la ola de sidra que está bañando a Portland; especificar que, aunque no es tan grande como la tradición de las cervezas artesanales, es una moda fuerte), Steven ya empieza su baile de siempre. Dos muchachos que van pasando bailan con él. Para la tercera sidra, la acera ya es un apéndice de 1989, y bailar aunque sea un segundo con Tyler parece requisito de aduana peatonal. Una hora después, sin mediar despedida ni razón, Steven aborda un bus y se va, como si aquello no fuera una noche perfecta.

 

No pienso escribir la quinta mesa

“¿Por?”, me preguntó Carlota, harta. “Es un recurso insuficiente. Me falta contar demasiadas cosas”. Borré las cuatro mesas que llevaba: “Esta crónica no va a terminar nunca”. “¿Y si haces ‘cinco tendencias imprescindibles de Portland’?”. La miré callado, queriendo creer que no había dicho eso. “A ver, sólo escribe lo que más te haya gustado. ¿Por qué alguien iría a Portland, una ciudad que requiere dos vuelos desde México, a una ciudad rara, sin grandes paisajes? Cuenta eso. Lo que de verdad hace que valga la pena”. “Ok. A ver”.

 

El problema de la escala de Portland

Portland tiene un problema de escala. Es una ciudad enorme; junto con Seattle y Vancouver forma el centro urbano más importante del Pacífico norte. Sin embargo: Powell’s City of Books es la librería independiente más grande del mundo (y otro de los rituales locales); ese título significa, más que un récord, pisos y pisos de libreros que llevan a cuestas cual primate madre a decenas de lectores ñoños sentados como si nada en los pasillos, en las escaleras, en donde sea, hojeándolo todo con calma.

 

 

En el último piso, el de libros raros, un empleado de pelo largo canoso nos ofreció ir a buscar un libro agotado a la competencia, con tal de tenernos contentos.

El mote oficial de la ciudad no es “Keep Portland weird”, sino “la ciudad de las rosas”; eso se debe a un enorme jardín donde hay flores de todos colores hasta donde alcanza cualquier daltonismo. Cada división de la parcela colorida pertenece a una familia del pueblo (perdón: la ciudad), que se encarga de cuidar sus rosas para estar a la altura de la frase local.

 

El jardín japonés de Portland, uno de los más grandes de América, privilegia a los visitantes que van para recluirse y meditar; se exige silencio y respeto al recorrer los senderos de las cinco áreas; hay un momento, una sombra de árbol sobre el estanque, que hace que los peces koi que nadan sin percatarse de nosotros revelen algo del futuro al que los observa; lo mismo los pasillos de musgo que se ven desde las bancas de la parte alta, las tupidas cortinas de árboles que sorprenden en las veredas.

 

En la entrada al arbóreum de Portland, un bosque que tiene ejemplares numerados de los árboles de la región (densamente arbolada, por cierto), atiende una familia de tres personas, cuyo padre tiene un maullet genuino, overol y sonrisa chimuela y franca. Nunca había visto tanta gente tatuada en la calle; nunca había visto tanta gente ñoña a su muy particular modo. Todo lo que hay en Portland parece un templo a esa ñoñez apasionada y encantadora.

 

MadeHere PDX, esa tienda de productos locales de toda clase (desde carteras hasta motocicletas), donde un artesano pasará gustoso una hora explicando la hechura de una corbata de algodón salvaje. Tilt, un restaurante de enormes hamburguesas y pays, donde el cajero detallará con paciencia, casi con lujuria, los ingredientes de su emparedado especial.

 

El Museum of Contemporary Craft, dedicado a las artesanías locales, donde los artesanos circulan entre los visitantes, mirando sus reacciones como si esos gestos fueran las piezas de museo. El piano en la explanada del Portland Art Museum, del que brota una melodía perfecta de manos de un vago virtuoso que estaba aburrido.

 

El cine al aire libre en Pioneer Square, donde se proyectan películas viejas ante una plaza repleta de gente que, antes de empezar la película, canta “Sweet Caroline” a toda voz, como si la vida fuera una fiesta y la gente de Portland fuera la única enterada (o la única en ese punto de ebriedad donde sólo importa lo que de verdad importa). El problema de Portland es que lo hace a uno pensar que en Estados Unidos y en la vida puede haber una escala humana y en esa humanidad alguna grandeza.

 

“Nada de netas absolutas”, me detuvo Carlota. “Ya, en serio, ¿eso es a lo que la gente tiene que ir a Portland?”. “A eso y a ver el letrero de la avenida 60 y NE Flanders, donde algún chistoso tuvo a bien escribir una ‘D’: ahora dice ‘NED Flanders’”. “¿Y si empiezas diciendo que Matt Groening es de Portland?”. “No sé si Portland y Los Simpson tengan algo que ver”.

Portland y su extraña escala humana
Una ciudad que desafía la manera en que vivimos en el resto del mundo.
Julio 5, 16
Fotografías por: James Fitzgerald III

En la primera línea de la primera versión de esta crónica sobre mi viaje a Portland aparecía Hootie and The Blowfish, una banda no tan depresiva de los años noventa. La mencionaba porque, en nuestra segunda noche allá, a Carlota y a mí nos pareció escucharla a lo lejos, en un festival nocturno de foodtrucks sobre North Park Blocks.

 

Hootie and The Blowfish me parecía una referencia perfecta para hablar de Portland: un poco vaga, un poco naif y absolutamente innecesaria. A esta ciudad todo mundo la identifica bien por la serie Portlandia (de hecho, en aquel primer boceto, el capítulo tres se llamaba: “Al oír ‘Portland’ todos gritan ‘¡Portlandia!’, y luego ya no saben qué más decir”, pero ese título, tan largo, fue la última razón para descartar ese texto).

 

Y sí: la ciudad es como Portlandia, donde cada capítulo, en vez de tener una sola historia, es un mosaico de sketches dispersos y detalles inconexos. Así que empezar con Hootie and The Blowfish –con esa melodía fácil que nos llevó a caminar por un vacío parque nocturno hasta un toldo de foquitos sobre una explanada, también vacía, rodeada de foodtrucks ya cerrados, con nombres como “Weiners From Another World” y “The Grilled Cheese Grill”–, tenía tanto sentido como empezar con el Old Chinatown –el barrio por el que caminamos después, buscando sin éxito un baño para Carlota, en medio de alegres vagos cuya amabilidad nos daba cada vez más terror–.

 

También pude haber empezado con el malencarado bartender que nos permitió pasar al baño –tras pedir dos cervezas– y que terminó relatándonos de memoria el calendario de un festival de jazz que recién empezaba en la ciudad. Ahora, tras no sé cuántos intentos de escribir esta crónica, creo que antes de contar esa noche corta pero caótica debí empezar con esto: Portland es la ciudad natal de Matt Groening, el creador de Los Simpson, quien después de este viaje se me reveló como mejor observador que comediante. Pero empecé con Hootie and The Blowfish porque pensé que ese detalle me serviría para decir de un chispazo que Portland está siempre un poco a destiempo, que ahí no pasan las cosas, pero ahí emergen.

 

El primer capítulo de aquella primera versión de crónica, luego de unas diez cuartillas, terminaba así: “Son las dos a.m.; llevamos casi una hora en la fila para llegar a uno de los (no tan pocos) rituales de Portland: un local color rosa estridente y morado chiclamino, por cuyas ventanas sale a todo volumen un incomprensible heavy metal; en una de sus tres cajas registradoras –que sólo aceptan efectivo, pero que abren las 24 horas del día– atiende un pelirrojo enorme, musculoso, temible, cuya larga barba está cautelosamente guardada con una red.

 

A gritos, flotando entre guitarrazos y juguetes colgando de las paredes, el pelirrojo toma una orden y la despacha rápido: seis de las famosas donas insignia de Voodoo Doughnuts, cubiertas de chocolate y rellenas de crema pastelera; las entrega con una sonrisa y delicadeza casi absurda. El gesto se hunde rápido bajo la barba tupida: ‘Next!’, grita, y el nuevo cliente se acerca veloz, sonrojado por miedo de hacerle perder el tiempo al pelirrojo de las donas rellenas”.

 

Ya deseché esa primera versión, por supuesto. Era demasiado caótica, y no me parecía que a Portland le hiciera justicia un primer capítulo que no dijera esto: frente a Voodoo Doughnuts, flanqueando un parking lot cualquiera, hay un muro frente al cual todos se toman fotos; el muro, que soporta los flashes como celebridad curtida, sentencia como mantra, como orden militar: “Keep Portland Weird”.

 

Segunda versión

Así que volví a empezar, con algo más de orden. Podría iniciar con el mapa, así: “La avenida Burnside divide a Portland en sur y norte, y el río Willamette parte a la ciudad en este y oeste. Así nacen los cuadrantes naturales de la ciudad (NW, NE, SW y SE); pero como al norte el río hace un chanfle hacia el oeste, entre North West y North East queda una cuña, el quinto cuadrante, que se llama simplemente North. Esa división curiosa es la primera cosa que los habitantes de la ciudad detallan, como si ese desequilibrio fuera el karma de Portland”.

 

Pudo haber funcionado, pero me pareció un comienzo anodino para una crónica de viajes que debería estar llena de aventuras (¿Aventuras? ¡Terror! ¡Pérdida! ¡Catarsis!). Traté de ordenar la ciudad de un modo quizá más intrépido (“No sé si ‘intrépido’ es la palabra que define a Portland”, increpó Carlota. Le recordé la noche que llegamos allá, cuando nos quedamos solos en aquella oscura calle Ash del SE, rodeados de casitas de una planta y front yards vacíos, viendo al taxi alejarse, abandonados con todo y maleta en el suburbio profundo.

 

Le recordé que, antes de eso, buscamos por tres días a Sydney, la dueña de la cochera convertida en Airbnb donde nos hospedaríamos, para preguntarle cómo proceder al llegar a su casa, sin lograr que nos contestara un solo correo. Le recordé el mail que recibimos, ya ahí parados después de medianoche, donde Sydney decía simplemente: “La llave está bajo el tapete”, como en programa de la tele. Le recordé que tardamos media hora en darnos valor para acercarnos a la cochera que, no estábamos seguros, era nuestro hospedaje: la llave y su llavero de patineta estaban ahí, bajo el tapete, como si nada, como si en el mundo no existieran ciudades de 23 millones de habitantes; le recordé el respiro largo que dimos al entrar a esa cochera decorada con costales de café y con ligero olor a perro. Le recordé que, aunque dormimos en su casa, a Sydney no la vimos nunca, y que cuando nos fuimos de su casa dejamos la llave bajo el mismo tapete, quizá ya acostumbrados a los modos locales. “Empieza con eso”, me dijo Carlota, “y ve en orden cronológico”. “¿A quién le puede importar un viaje que empezó en la zona suburbial de Portland?”, contesté).

 

Pensé que sería mejor describir en un primer capítulo cada barrio de forma rápida, así: “El alma de Portland, más que partida en cuadrantes, está racionada en barrios, que las guías comandan recorrer en el orden de las manecillas del reloj, empezando a las seis. Primero ir a Downtown a pasear por sus calles adoquinadas, a rodear el Pioneer Square, un ayuntamiento tan perfecto que podría ser parte de un set de Playmobil; en la plaza, en el kiosco de información turística, ir por folletos con rutas para recorrer la ciudad, o pasar directo al Museum District, que está a pasos de ahí.

 

Ir luego a Old Chinatown, el barrio más antiguo, al mercado de artesanías que los sábados se dispone bajo el puente de Burnside, en el mero centro de la ciudad, y comprar juguetes, cositas vintage, mantas de lana local. En Pearl District, el barrio más bonito y más sofisticado, perderse entre galerías, tiendas de productos locales, cafeterías, cervecerías (¿cómo no hablar de la cerveza artesanal de Portland, que bien merece un reportaje entero?).

 

Dejar el barullo en Nob Hill, un barrio con pequeños tesoros, mucho más íntimos, del estilo de una ciudad que vive entre bosques. Al cruzar el río, al quinto cuadrante, las avenidas Mississippi y Williams son un barrio en franca escalada: restaurantes, bares, tiendas, foros musicales donde los trendsetters más preppy (como si cualquier clase de trendsetter fuera posible en Portland, la capital mundial de los trendy-no-trendy) tienen un oasis. Ya en NE, el Alberta Arts District es hoy día el sitio donde se congregan artistas y otra clase de trendsetters, que se sienten felices en un barrio en cuya avenida principal puede verse un auto rosa (igual que Voodoo Doughnuts) forrado de juguetitos (igual que Voodoo Doughnuts); visitar este barrio el último jueves de cada mes, cuando las calles se hacínan de bailes y performances y gente, como en un carnaval.

 

De ahí, bajar por la orilla del río: primero Central Eastside, con sus bodegones de look industrial que hoy son tiendas y restaurantes; luego Hawthorne/Belmont, ese barrio largo, de cafés modestos pero sorprendentes; finalmente, a su barrio gemelo, Division/Clinton, un poco más étnico pero igual de cozy”.

 

“Es demasiado general”, me increpa Carlota, “es pura información que puedes encontrar en internet”. “No es mi culpa que Portland tenga tan buena oficina de promoción turística”, replico, listo para dinamitar esta segunda versión, tan lineal: ése no fue nuestro viaje. Hay demasiados personajes, escenarios y situaciones en Portland como para tratar de enfrascarlos en barrios o en cuadrantes. Quizá sería más fácil buscar un concepto, escribir pura primera voz, enfocarme en una experiencia radical o en una experiencia común radicalmente narrada. Algo como…

 

 

Las cinco mesas de Portland (un boceto)

(Empezar con una frase pegajosa, una neta absoluta). El destino de la humanidad siempre se ha balanceado sobre una mesa (bien: desarrolla, llega a tu punto), ya sea el escritorio de un estratega, el comedor que construye memorias o la base de las máquinas de escribir que urden las grandes obras. Y si la Historia con mayúscula puede narrarse sobre una silla, cómodamente acodado, la de Portland también; acaso desde la ciudad más grande de Oregón no cambiarás a toda la humanidad, pero sí le darás nuevos visos a tu propia vida.

 

Primera mesa: Roman Candle

Desde la mesa enorme que cruza el salón frente a la barra que expone tartas, panqués y hogazas (hablar aquí de la fiebre de panaderías que invade a Portland; mencionar que en cada calle hay locales que huelen a mañanas felices; decir que el café es aquí un asunto importante, como en otros lugares el vino), escucho el silencio de Division Street. Junto a mí desayunan varios, a su ritmo; a un ritmo humano.

 

Antes del mediodía, Portland parece una ciudad de asueto, aunque sea miércoles: la gente corre, va al mercado, se junta en las mesas de afuera con sus amigos. No hay rush hour. Me sirven el sándwich de huevo con jamón en plain bagel, mi nuevo desayuno favorito, y un aromático café latte, tan perfecto como todos los lattes que he tomado en Portland. (Mencionar aquí a la mujer sentada frente a nosotros con sus dos niños pequeños; detallar la apertura de sus ojos al escuchar que estábamos en Portland “de placer”. “¿Placer? Pero si en Portland no hay mucho que ver… es una ciudad cualquiera”, responde antes de secarle los mocos al niño chico, que no para de comer pan).

 

Segunda mesa: Elephants in the Park

Nos apresuramos hacia el cubo de cristal en medio de Director Park, en Downtown: es la una de la tarde, pero queremos llegar antes de que se haga otra de las enormes filas de esta semana afuera de todos los restaurantes de comida rápida por culpa del festival de la hamburguesa (mención breve: cada hamburguesería de la ciudad hace durante esa semana un número limitado de ejemplares de su emparedado insignia). Lo logramos, y conseguimos comer dos “The Pig Lebowski”: carne de cerdo molida con tocino y salchicha, con col encurtida en pan de la casa. Conseguimos una mesa junto a la ventana, desde donde se ve la gran fuente en medio de la plaza: bajo el sol cínico, una docena de niños se baña en los chorros intermitentes (nota: ¿hablar aquí de sus padres, remanentes hippies, que no se bañan en la fuente, aunque deberían?).

 

Tercera mesa: Kachka

La mesa es minúscula, igual que el restaurante de Central Southeast, que está de moda y repleto. Es hora de cenar, y estamos en una suerte de fonda rústica de comida rusa (buscar una metáfora para decir: Portland es una ciudad con decenas de restaurantes extraordinarios de todas las cocinas del mundo. Que el lugar de moda sea de comida rusa, una cocina que no suele destacar en el mapa gourmet del planeta, dice mucho). En nuestro cuadro de 50 por 50 caben una cubeta con hielos y un botellón de cerveza Zhiguljovskoje, y por lo menos tres platones de zakuski fríos: ensaladillas moradas y blancas, caviar, sardinas, borsch en presentación fun size. Junto a nosotros, una cándida pareja está en su primera cita; con una sonrisa que apenas puede contener, ella jura que sí, ese estofado de conejo es idéntico al que preparaba su abuela; él se anota un punto en el tablero del romance. Nosotros no tenemos abuela rusa y el romance está en otro nivel, pero de esa comida nos quedan sonrisas similares a las de ellos.

 

Cuarta mesa: Bagdad

La marquesina es la única luz interrumpiendo la noche de Hawthorne Boulevard, así que llegamos ahí como insectos buscando cerveza. Delante de nosotros ha caminado durante varias cuadras la versión portlandesa (especificar: más colorida pero menos escandalosa) de Steven Tyler. Su sombrero rosa de copa toma aire cada tanto; sus leggings bambolean por la acera, que empieza a dormitar.

 

Por fin se frena, como nosotros, frente a las mesas exteriores del bar del Bagdad Theatre, aunque por razones distintas. Pasa dos, tres canciones observando a los dos músicos que tocan swing con sabor afroamericano. Cuando pedimos la primera sidra (nota: hacer un apéndice sobre la ola de sidra que está bañando a Portland; especificar que, aunque no es tan grande como la tradición de las cervezas artesanales, es una moda fuerte), Steven ya empieza su baile de siempre. Dos muchachos que van pasando bailan con él. Para la tercera sidra, la acera ya es un apéndice de 1989, y bailar aunque sea un segundo con Tyler parece requisito de aduana peatonal. Una hora después, sin mediar despedida ni razón, Steven aborda un bus y se va, como si aquello no fuera una noche perfecta.

 

No pienso escribir la quinta mesa

“¿Por?”, me preguntó Carlota, harta. “Es un recurso insuficiente. Me falta contar demasiadas cosas”. Borré las cuatro mesas que llevaba: “Esta crónica no va a terminar nunca”. “¿Y si haces ‘cinco tendencias imprescindibles de Portland’?”. La miré callado, queriendo creer que no había dicho eso. “A ver, sólo escribe lo que más te haya gustado. ¿Por qué alguien iría a Portland, una ciudad que requiere dos vuelos desde México, a una ciudad rara, sin grandes paisajes? Cuenta eso. Lo que de verdad hace que valga la pena”. “Ok. A ver”.

 

El problema de la escala de Portland

Portland tiene un problema de escala. Es una ciudad enorme; junto con Seattle y Vancouver forma el centro urbano más importante del Pacífico norte. Sin embargo: Powell’s City of Books es la librería independiente más grande del mundo (y otro de los rituales locales); ese título significa, más que un récord, pisos y pisos de libreros que llevan a cuestas cual primate madre a decenas de lectores ñoños sentados como si nada en los pasillos, en las escaleras, en donde sea, hojeándolo todo con calma.

 

 

En el último piso, el de libros raros, un empleado de pelo largo canoso nos ofreció ir a buscar un libro agotado a la competencia, con tal de tenernos contentos.

El mote oficial de la ciudad no es “Keep Portland weird”, sino “la ciudad de las rosas”; eso se debe a un enorme jardín donde hay flores de todos colores hasta donde alcanza cualquier daltonismo. Cada división de la parcela colorida pertenece a una familia del pueblo (perdón: la ciudad), que se encarga de cuidar sus rosas para estar a la altura de la frase local.

 

El jardín japonés de Portland, uno de los más grandes de América, privilegia a los visitantes que van para recluirse y meditar; se exige silencio y respeto al recorrer los senderos de las cinco áreas; hay un momento, una sombra de árbol sobre el estanque, que hace que los peces koi que nadan sin percatarse de nosotros revelen algo del futuro al que los observa; lo mismo los pasillos de musgo que se ven desde las bancas de la parte alta, las tupidas cortinas de árboles que sorprenden en las veredas.

 

En la entrada al arbóreum de Portland, un bosque que tiene ejemplares numerados de los árboles de la región (densamente arbolada, por cierto), atiende una familia de tres personas, cuyo padre tiene un maullet genuino, overol y sonrisa chimuela y franca. Nunca había visto tanta gente tatuada en la calle; nunca había visto tanta gente ñoña a su muy particular modo. Todo lo que hay en Portland parece un templo a esa ñoñez apasionada y encantadora.

 

MadeHere PDX, esa tienda de productos locales de toda clase (desde carteras hasta motocicletas), donde un artesano pasará gustoso una hora explicando la hechura de una corbata de algodón salvaje. Tilt, un restaurante de enormes hamburguesas y pays, donde el cajero detallará con paciencia, casi con lujuria, los ingredientes de su emparedado especial.

 

El Museum of Contemporary Craft, dedicado a las artesanías locales, donde los artesanos circulan entre los visitantes, mirando sus reacciones como si esos gestos fueran las piezas de museo. El piano en la explanada del Portland Art Museum, del que brota una melodía perfecta de manos de un vago virtuoso que estaba aburrido.

 

El cine al aire libre en Pioneer Square, donde se proyectan películas viejas ante una plaza repleta de gente que, antes de empezar la película, canta “Sweet Caroline” a toda voz, como si la vida fuera una fiesta y la gente de Portland fuera la única enterada (o la única en ese punto de ebriedad donde sólo importa lo que de verdad importa). El problema de Portland es que lo hace a uno pensar que en Estados Unidos y en la vida puede haber una escala humana y en esa humanidad alguna grandeza.

 

“Nada de netas absolutas”, me detuvo Carlota. “Ya, en serio, ¿eso es a lo que la gente tiene que ir a Portland?”. “A eso y a ver el letrero de la avenida 60 y NE Flanders, donde algún chistoso tuvo a bien escribir una ‘D’: ahora dice ‘NED Flanders’”. “¿Y si empiezas diciendo que Matt Groening es de Portland?”. “No sé si Portland y Los Simpson tengan algo que ver”.