Le Prince Jardinier
Cortesía Le Prince Jardinier

Le Prince Jardinier

Hasta para ponerse de rodillas y meter las manos en la tierra, los franceses tenían que tener estilo. O al menos lo tienen desde que existe Le Prince Jardinier, una tienda de jardinería tan bien pensada, que quienes en su vida se hayan acercado a un tulipán querrán llevarse a casa una de sus regaderas de cobre o, de menos, un delantal de lino, con el firme propósito de usarlo el próximo domingo.
Ésta es la historia de un príncipe que, un día, se enamoró del jardín. No de una princesa perdida en el bosque, no. Su amor era demasiado grande para eso: con una sola mirada se enamoró de todo el universo del jardín.

El héroe del idilio es Louis-Albert de Broglie, y la escenografía es uno de los castillos de la Loire. “La aventura comenzó cuando compré con mi hermano, Philippe-Maurice, el castillo de La Bourdaisière en Loir-et-Cher. Los edificios de los siglos XIV y XVI estaban rodeados de jardines en franco abandono, pero transformamos la propiedad en hotel y rehabilitamos los jardines estilo francés que la rodean.” Y es precisamente a esos jardines y al arte de la jardinería en general a lo que el joven aristócrata decidió dedicarle su vida.

LO QUE SÍ CRECE EN MACETAS
El universo del jardín en nuestros días no suele ser precisamente glamoroso: las grandes marcas han monopolizado no sólo el equipo, sino una repetitiva gama de vegetales ubicuos. Y, salvo entre algunos contados artesanos, la decoración de jardín no existe. O por lo menos no existía hasta antes de que Louis-Albert de Broglie tomara cartas en el asunto.

El joven aristócrata, entregado a una brillante carrera de banquero, avanzaba sin gran entusiasmo en el mundo de las finanzas. Pero de sus largos viajes y estancias en Asia, en especial en la India, se impregnó de la nostalgia de una naturaleza munificente, omnipresente; una forma de vida donde las artesanías y las tradiciones exaltan las bellezas del mundo. Y en 1995 fundó su propia empresa y se volvió hacia el universo que lo cautiva. “De mi infancia en el castillo de Broglie, en Normandía, he conservado una gran admiración por los jardines. Para mí son lugares de arte y de historia donde se expresan los estilos, las corrientes de pensamiento y los talentos de una época. Siempre he considerado que la jardinería es una actividad muy elevada, que se apoya en conocimientos y gestos precisos, un savoir-faire que se transmite de generación en generación; el ritmo de la vida verdadera. Pero no me parecía que estos valores estuvieran lo suficientemente iluminados, así que me dieron ganas de revelarlos. Ésa es la razón por la cual creé Le Prince Jardinier.”

El nombre de la marca parece una broma. Pero funciona. La gente se arrebataba las primeras colecciones presentadas en París en la exposición “L’Art du Jardin”, una línea de ropa para el exterior que incluía camisas de algodón, delantales, sombreros, chalecos de algodón o lino en distintos colores. También se presentó ahí la reedición de herramientas antiguas y los primeros objetos de decoración: porta macetas y cubetas que consolidan el estilo Prince Jardinier.

Carismático y muy querido por los medios parisinos, Louis-Albert de Broglie cristalizó a su alrededor, a mediados de los noventa, las expectativas de un público sin duda atraído por la naturaleza, pero también por la moda y el diseño.

LA SEDUCCIÓN DEL TOMATE
Después de una infancia en el campo y ocho años de carrera de banquero, el apuesto príncipe, descendiente del Mariscal de Saxe, se regaló a sí mismo un feudo en la región de Touraine: la Bourdaisière, en Montlouis-sur-Loire, que se convirtió en su laboratorio. Junto con su hermano Philippe, se puso a plantar ahí sin parar, y a alimentar una colección que le abrió los ojos al público hacia la biodiversidad y el patrimonio que representan las variedades francesas.

Enseguida se dispuso a alimentar su única y verdadera pasión hortelana: el tomate. Una pasión que se extiende un poco más allá de una hectárea, donde se agrupan especies antiguas, completamente desaparecidas de los puestos de los mercados. “El huerto del castillo contiene una de las colecciones de tomates más importantes de Europa. El primer tomate que planté se llama coeur de bifteck, y puede alcanzar los 1.5 kilos. De ahí nació la colección, que pasó de 50 a 350 y de ahí a más de 600 variedades (de las 10 mil que existen en el mundo). Todos tienen colores, formas y sabores diferentes, por lo que apasionan a los botanistas y pertenecen a nuestro patrimonio hortícola”, explica Louis-Albert de Broglie, quien organiza cada año un festival del tomate donde se aprende, por ejemplo, que no es una verdura, sino una fruta, y que puede cocinarse desde el entremés hasta el postre. En su magnífico huerto se descubren también verduras y ensaladas de todos los géneros, flores y hierbas aromáticas y una increíble diversidad de fragancias, sabores y colores, cultivados en la gran tradición hortense. “Cuidar el propio jardín es reconciliarse con la tierra, con nuestras raíces, y reencontrar los placeres sanos y refinados que constituyen el encanto de la vida”, afirma el Príncipe. Y le resulta impensable no compartir su nueva pasión.

JARDÍN DESIGN
Le Prince Jardinier, la primera marca de lujo en el dominio de la jardinería, se impuso desde su creación en 1995 como una referencia de prestigio: herramientas, accesorios y ropa le hacen compañía a productos du terroir (mermeladas, conservas y chutneys artesanales, hechos con productos del huerto), además de fragancias, esculturas de exteriores y alfarería. “Nuestras colecciones son respetuosas del medio ambiente, de la historia de nuestra tierra, de las culturas; y están en armonía con una forma de vida sana y auténtica”, afirma Louis-Albert de Broglie.

Y los letreros de “Le Prince Jardinier” sólo se cuelgan en aquellos lugares donde la belleza de la arquitectura está a la altura de las colecciones. La primera boutique abrió sus puertas bajo las arcadas de los Jardines del Palais Royal, con una decoración de piedra y muebles de madera y zinc creados a la medida. La escalera, cuyo barandal de hierro forjado tiene motivos que celebran la naturaleza y los tomates conduce, en el primer piso, al “gabinete de curiosidades del botanista”, cuyos muros representan árboles y plantas trepadoras. Imponente, el librero en madera de caoba propone una variedad de objetos dedicados a la naturaleza: colecciones de vegetales, libros sobre botánica o sobre grandes jardineros, de viajes a los más hermosos jardines de Europa, así como curiosidades, exposiciones de fotos o de pinturas.

Y en el propio local se resucitan modelos de herramientas antiguos, moldeados a mano por los artesanos. Y las palas, podones y regaderas de cobre han sido complementados por una línea de ropa para jardineros consagrados. Y sus pequeños. Pues la otra vocación del Prince Jardinier es iniciar a los niños en los asuntos de la naturaleza con sus talleres “del pequeño jardinero” o “del pequeño explorador”; despertar su curiosidad al seleccionarles juegos, libros, semillas y material para coleccionar plantas, insectos, o minerales. “Mientras se divierten, toman conciencia de que deben respetar el medio ambiente y de que el día de mañana ellos serán los actores principales para su defensa.”

La práctica del cultivo, incluso a una escala pequeña, le enseña a los niños la fragilidad del mundo vegetal, les permite aprender esta nueva actividad con toda la paciencia que requiere, pero también todas las alegrías que procura", explica Louis-Albert de Broglie quien, para mostrar mejor el universo del jardín, propone numerosas visitas a parques públicos y privados, y se inventa historias de príncipes y de jardines que, después de todo, quizá no sean precisamente inventadas.

*Traducción de Claudia Itzkowich

LE PRINCE JARDINIER
117/121 arcades Valois
Jardins du Palais Royal
París
T. 33 (1) 42 60 37 13
www.princejardinier.fr
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