
El macizo del Paine desde la orilla sur del lago Pehoé
VIAJES CON SENTIDO: Torres del Paine: la Patagonia en silencio
El cóndor de las alturas, la huella fresca del puma, el guanaco macho, el águila y esa aparición prehistórica que es el ñandú viven amparados por las Torres del Paine, un imponente macizo de roca volcánica que la fuerza geológica levantó hace 12 millones de años en la Patagonia chilena, donde aún hoy —después de los colonos y contra el eco de los aviones— persiste la sensación de territorio virgen. Aquí nos sentimos los primeros en llegar, los descubridores del agua pura de la montaña, del hielo azul de los glaciares, de los picos nevados y de los pastos dorados de la pampa. Sus aborígenes ya no están, murieron hace un siglo por las guerras territoriales y las enfermedades de los blancos, pero su mística sigue en el viento. El paisaje patagónico no escatima: de día las nubes van y vienen inventando sombras con el sol y en la noche, la negrura del firmamento se revienta en mil estrellas.
El Parque Nacional Torres del Paine cumplió en mayo 50 años; los habitantes de Punta Arenas y Puerto Natales, las dos poblaciones más cercanas a él, los celebraron con un concierto de Los Jaibas, tradicional banda chilena que funde temas andinos con ritmos de rock. Ellos y su público le cantaron a las 242 mil hectáreas que hace 30 años la unesco declaró como Reserva de la Biosfera.
Sus vetustos bosques de cipreses, lengas y coigües tienen aura de lugar encantado, y en los distintos ecosistemas viven liebres, quirquinchos (armadillos), huemules (grandes ciervos), zorros, pájaros carpinteros de cabeza roja, guanacos, cóndores, águilas, cisnes y otras especies de aves. Un regalo será el vistazo fugaz del mítico puma y mala suerte será toparse con una mofeta solitaria y territorial.


























