Capadocia: paisaje desbordante

Capadocia: paisaje desbordante
Su paisaje invita a recorrerlo a pie, desde el aire o en bicicleta. 
Febrero 16, 15
Fotografías por: Alex Dorfsman

Capadocia es la obra de un volcán paisajista llamado Erciyes, ahora apagado, pero que tuvo una vida notablemente larga y creativa. Desde su regia altura de casi 4,000 metros —que le vale el título del pico más alto de la Anatolia Central, y quinto del país— cubrió una vasta región alrededor suyo con capas de cenizas que se acumularon una sobre otra con cada nueva erupción, durante su longeva existencia de varios millones de años.

 

Luego, el viento retiró las partes más blandas, primero, de esa piedra porosa, y las más duras después. Así, con esa colaboración alternativa y pausada de viento y volcán, se fueron modelando las extrañas esculturas que pueblan Capadocia. Como la cantera infinita de un artista indeciso, gigante y repetitivo, que busca dar con una forma que se le escapa, y va dejando a su paso el sobrante de sus ensayos.

 

En este valle quedó la serie de cucuruchos, como sombreros carcomidos de duende, donde luego el hombre vino a hacerse una habitación. En este otro, aquellas como flechas rematadas con una boina andaluza, más o menos esbeltas, que la gente local denomina “chimeneas de las hadas”, como tratando de echar un velo sobre su forma atrevidamente fálica.

 

Quedaron grandes monolitos por trabajar que el viento se limitó a pulir suavemente, formando inmensas barrigas que en parte se resquebrajan, o sinuosas faldas, que ondulan, fijas, o cañones y quebradas donde la vegetación encuentra un cobijo agradable: álamos, amigos del agua, parras rastreras, hierbas hirsutas. O muchas piedras ordinarias, irregulares, que esperan, en el anonimato, que la mano del viento les dé una forma distinta, más humana.

 

Luego, el hombre también encontró estos lugares. Con su brazo apresuró la desganada actividad del viento y retiró también las partes blandas, para hacerse de una residencia en la Tierra. Desde la edad de bronce los hititas, que habitaron estos parajes, hicieron entre estas piedras vida de trogloditas. Las ahuecaron para guardar todo lo que necesitaba la morada o el almacén: para sus palomas, nidos; para sus cabras, corrales; para sus granos, hórreos; para sus dioses, altares; para sus hijos, alcobas. Y así pasaron los siglos.

 

Notablemente, cuando los cristianos de Palestina, de Siria, huyeron para eludir la persecución romana, se refugiaron aquí. Seguros de que la inhóspita Capadocia aseguraba su perdición, los dejaron en paz, y sobrevivieron, se arraigaron y formaron comunidades aldeanas y monacales que perduraron más de 1,000 años.. Cuando su religión dejó de ser perseguida tuvieron que atrincherarse, en estas mismas piedras o bajo tierra, para sobrevivir el asedio de las invasiones persas, árabes y turcas.

 

Durante el largo Imperio otomano, Capadocia fue una región de tránsito en la Ruta de la Seda. En la llana meseta que rodea a la ciudad de Kayseri se encuentran ejemplos destacables de aquellos caravasares donde los mercaderes paraban a descansar, rezar, comerciar y alimentar a sus camellos y caballos.

 

Capadocia despliega el espectáculo de un paisaje como no hay otro en el mundo, donde se inscribe una historia a la vez humilde y heroica de la humanidad. Este paisaje invita, por otro lado, a mirarlo y a recorrerlo a pie, o desde el aire, o en bicicleta.

 

 

Capadocia desde el aire

Hay capitales mundiales del globo aerostático, y por lo visto no son muchas. Capadocia es una de ellas y, según pilotos y tripulantes del gremio local, es la mejor de todas. En una mañana cualquiera despegan simultáneamente medio millar de globos, incluso más.

 

Desde la terraza de casi cualquier hotel ubicado en el Parque Nacional de Göreme, en las primeras horas del día, puede verse un fenómeno celestial inesperado, asombroso y sereno como una primera nevada: 100, 200 artefactos impasibles, suspendidos en el aire como higos henchidos y negros, o desplazándose imperceptiblemente contra el cielo dorado del alba. Escena de la quietud, la ingravidez y el paisaje.

 

El globo es un artefacto volador interesante. Las posibilidades de maniobra que tienen sus tripulantes son limitadas. En realidad, lo conduce el viento. Cada globo lleva un piloto que, para efectos prácticos, es copiloto del viento: con su juego de reatas como riendas puede hacer que el artefacto suba y baje o gire sobre su eje, pero es el viento quien lo lleva a su capricho, por el paisaje ilimitado. Parte de la poesía de volar en globo consiste precisamente en entregarse a la voluntad del viento, al cabo celestial.

 

Volar en globo es como levitar en sueños. Es una forma de flotar. El desplazamiento es tan gentil, las sensaciones corporales tan leves, que pronto se convierte en una experiencia principalmente visual, donde la aportación fundamental es del paisaje.

Por sus condiciones atmosféricas y climáticas particulares, Capadocia es merecidamente una capital mundial del globo. Sin embargo, por el paisaje, le corresponde el primer lugar planetario.

 

La geología da razón de la forma del paisaje capadocio. Está hecho de cenizas, aglutinadas en rocas muy blandas, que el tiempo y la intemperie esculpieron durante millones de años en volúmenes fantásticos, improbables: conos, cipotes, valles apacibles en estrechas quebradas, rocas inmensas y curvas, toboganes, arcos, pilares, domos estriados.

 

Después del viento, en esa blanda roca los hombres labraron habitaciones, templos, nidos, corrales, que siguen a la vista. La mano del viento prefiere la curva, la del hombre, la recta; el viento constantemente rectifica la rectitud humana, y pule nuevamente los contornos agudos para restituir la curvatura que es tan cara a la naturaleza.

 

En el suelo arenoso crece la viña tenaz. No hay nadie. Es muy temprano todavía. Otra llamarada sonora, otros metros conquistados al costoso ascenso. El paisaje, abierto, revela la inmensidad “lunar” de Capadocia, adjetivo que sirve para decir rocoso, inhumano, extraño, deshabitado.

 

Como toda experiencia aérea —‌como mirar un mapa— el sobrevuelo permite hacer una conquista visual del terreno. Llevarse en el recuerdo, en una experiencia de bolsillo, a la totalidad del paisaje. Luego de una hora de vuelo, con el alma saciada de imágenes inolvidables —como un puñado de cabras entre las rocas o un templo cristiano que sólo habitan las palomas— comienza el día.

 

Sendero y bicicleta

La extraña topografía capadocia parece estar hecha para la escala justa del caminante: cordilleras, valles, quebradas en miniatura, que permiten al senderista probar por algunas horas la condición ilustre del explorador. Promontorios y grietas configuran rincones, desfiladeros, recodos: vestíbulos del asombro.

 

Un tobogán que baja y desemboca en un escondido vergel, una tosca escalera de piedra labrada por los mortales sube para regalar una vista del horizonte. Dos o tres horas de caminata por alguno de los valles de Capadocia regalan descubrimientos a manojos, como si caminar fuera inseparable de la actitud del recolector.

 

En el aire seco y puro de Capadocia se arremolina una golondrina. Tal vez caminar es la forma suprema de apropiarse y participar del paisaje. Por eso, entre la gente que vino a vivir de Estambul a Göreme, cautivada por el embrujo de su luz y de su antigüedad, echar a andar por los valles, a la vera de un arroyuelo, es la forma privilegiada de experimentar Capadocia. Los nombres anticipan la grata experiencia visual que se espera en el Valle de las Rosas, en el Blanco, en el Rojo, cuajados de flores silvestres en primavera; el Valle de las Espadas, que esconde algunas iglesias.

 

La bici: emblema de libertad

En el emblema de la libertad, podría figurar el dibujo de una bicicleta. Andar en bicicleta está más cerca de volar que de caminar. Hace que el desplazamiento parezca ligero. Las sensaciones del entorno se afinan. Con la costumbre, conducir la bicicleta es tan sencillo y natural como mover las extremidades. Girar a un lado es más una operación telepática que muscular.

 

Además, lo mejor es la manera como arroja el cuerpo al paisaje. El esfuerzo físico obliga a llevar más hondo el aire de nuestro entorno, a llevar más cerca del alma el olor del mundo que nos circunda. En la piel de la cara, en los dedos de las manos, en las orejas, en la nuca se siente el aire, la temperatura de la tierra. La bicicleta podría ser el mejor vehículo para visitar un lugar, para sobrevolar un área sin dejar de establecer contacto sensual con la circunstancia.

 

El terreno de Capadocia, con sus toboganes escarpados, sus laderas resbaladizas, sus empinados declives y promontorios, exige habilidades deportivas por encima del promedio del ciclista casual, urbano. Es un privilegio reservado a la casta dorada de los ciclistas con experiencia en montaña. ¡Allá van! Ponen el signo de su silueta como una letra en el horizonte. Gozan de la velocidad donde el senderista hace acopio de fuerzas, descienden vertiginosamente donde el caminante tuvo que andar a tientas.

 

 

Sitios históricos de los primeros cristianos

 

Göreme

A Capadocia se podría viajar teniendo el interés por su historia como único estímulo, sin esperar nada del paisaje. Sin embargo, es ambas cosas. En el laberinto impresionante de valles, quebradas, riscos, columnas que se levantan como hongos gigantes de piedra, está inscrito un capítulo decisivo y emocionante del cristianismo.

 

Algunos turcos afirman que el cristianismo sobrevivió a la persecución romana gracias a Capadocia; gracias, concretamente, a su topografía: brindaba a los perseguidos la protección de un laberinto, en cuyas paredes era fácil, con burdas herramientas, excavar una habitación, un corral, una capilla, un palomar, un granero.

 

Aquí, cristianos del siglo primero que huían de Siria, de Palestina, se reencontraron, se refugiaron, se organizaron como comunidad, y adoptaron prácticas que determinarían el porvenir histórico de toda la cristiandad. Fue en Göreme, ahora un museo al descampado, donde San Basilio implantó la vida monástica en estas comunidades, en el siglo IV.

 

A partir de su ejemplo, esta forma de vida, trabajo y devoción más tarde se extendería por Europa. En sus viajes de ilustración, San Basilio, un piadoso aristócrata bizantino, había encontrado el modelo primordial entre los ermitaños coptos de Egipto: una vida comunal consagrada a Dios, en que los fieles compartían el trabajo, los espacios —establos, cocinas, viñedos—, e integraban el culto y la enseñanza de la religión a la vida.

 

El monasterio de Göreme perduró activo hasta el siglo XIV. En 1,000 años, los monjes llegaron a excavar más de 300 iglesias en las inmediaciones, algunas de las cuales perduran hasta la actualidad, y se visitan aquí.

 

En el sistema de cuevas, unas diminutas, otras un poco más grandes, todas de escala humana, puede verse todavía el hollín de las lámparas de aceite de linaza que alumbraban la penumbra de los altares, pueden verse las fosas burdamente cavadas en el piso de esas cavernas para servir de pilas bautismales, en unos casos, o de sepulcros, en otros. En los elementales refectorios pueden verse todavía las toscas mesas trabajadas en la misma roca de la montaña, las bancas, las alacenas. Perduran en los muros de las iglesias pinturas impresionantes, de todas las épocas. Göreme es un sitio privilegiado para palpar al cristianismo que antiguamente arraigó y floreció en Capadocia.

 

Zelve

Con un pincel parecido al que usó para pintar el Gran Cañón, acaso más delicado, la naturaleza trazó las quebradas donde se encaraman las casas y capillas de Zelve, una aldea cavada en la piedra, increíblemente habitada hasta el siglo XX, que en su origen fue también un monasterio cristiano, aún más rústico que Göreme. Es difícil pensar en un lugar de Occidente que retenga la sencillez, austeridad, devoción, resistencia y simplicidad del cristianismo antiguo de la gente que habitó estos parajes, beligerante y apasionada.

 

Kaymaklı

Los cristianos de Capadocia se encontraron en un imperio cristiano a partir del siglo V. Sin embargo, su inseguridad perduró por encontrarse en una región fronteriza, regularmente asolada por ejércitos invasores persas, árabes y turcos. Por esa razón, mantuvieron y extremaron su costumbre de habitar en cavernas, hasta construir verdaderas ciudades subterráneas, como la que puede apreciarse aún en Kaymaklı, una especie de fortaleza que los aldeanos de la región podían habitar por cientos, en caso de invasión, durante meses: graneros, establos, cavas, capillas, con sistemas de ventilación, pozos, desagües rupestres: precariedad, resistencia, tenacidad de simples, piadosos agricultores cristianos de Capadocia.

 

Extracto tomado del libro Turquía: la guía de los expertos, proyecto especial de Travesías Media en colaboración con Sea Song. 

 

Sea Song Tours es una agencia de viajes y un operador turístico turco que ofrece itinerarios memorables de por vida, diseñados para los viajeros más exigentes. Para más información sobre Turquía visita Seasong.com