El secreto de este paraíso escondido

El secreto de este paraíso escondido
De los 40 kilómetros de costa que tiene Holbox, apenas unos cuatro están desarrollados. El reto es mantener el resto de la isla como reserva natural. 
Febrero 2, 17
Fotografías por: Turco y Ramiro Chaves

Holbox no está lejos de Cancún, pero no está bien conectada, lo que hace que el camino sea tedioso. Si uno tiene la fortuna de llegar por aire, cruzando la reserva de Yum Balam, el trayecto toma unos 20 minutos, pero en coche hay que bajar hasta Nuevo Valladolid y luego subir rodeando la reserva hasta Chiquilá, de donde sale el ferry que conecta con la isla. Las dos horas de trayecto, más el recorrido en ferry, han ayudado a que la isla se mantenga fuera del radar del turismo a gran escala, pero más todavía, ha sido la limitada oferta de hospedaje y la falta de infraestructura lo que ha hecho que el crecimiento del turismo no haya escalado. Pero mantener la isla como hasta ahora ha sido un reto: el secreto de que aún existe un paraíso, en la península de Yucatán, es cada vez más difícil de guardar.

 

 

 

 

Hace falta poner el problema en perspectiva. Desde Punta Nizuc hasta Puerto Cancún, la zona más desarrollada de la Riviera Maya, hay más o menos 21 kilómetros, sin duda, uno de los corredores turísticos más importantes del país. Holbox, por su parte, tiene una costa de 40 kilómetros, es decir, el doble. Hoy, el pueblito y los hoteles de la isla ocupan apenas cuatro kilómetros. Los números (y signos de pesos detrás de ellos) deberían explicar dónde está el problema. Con apenas 1500 habitantes, que hasta hace poco se dedicaban exclusivamente a la pesca, ahora sus ingresos dependen del turismo. 

 

 

 

 

El año pasado, la noticia del incendio en Holbox llegó a todos los periódicos del país. Se perdieron 87 hectáreas (que muchos locales aseguran fueron provocados para facilitar la venta de las áreas protegidas).

 

 

Hasta el día de hoy, el desarrollo turístico en Holbox ha sido una labor artesanal. Casa Sandra, el hotel donde nos hospedamos, es ejemplo de ese espíritu. La evolución del espacio (de casa a hotel) fue un trabajo que la misma Sandra fue haciendo, literalmente, con sus propias manos. Cada habitación, cada detalle e incluso las obras que cuelgan de las paredes tienen el sello de la dueña, quien además vive también en Holbox y está enterada de todo lo que sucede en la isla. 

 

 

 

 

Este paraíso no cuenta con calles pavimentadas, lo que equivale a decir que tampoco tiene coches. El transporte aquí son carritos de golf, aunque cada vez son más grandes y ruidosos, pues el tráfico y la cantidad de visitantes va en aumento. Aun así, en Casa Sandra, uno puede salir descalzo del cuarto, cruzar la calle de arena y continuar hasta el mar. La playa es corta pero muy extendida, la marea casi inexistente. Aunque en esta parte del Caribe las aguas no son del turquesa de Tulum y Playa del Carmen, ofrecen los colores del cielo y el mar que cambian dramáticamente a lo largo del día, convirtiéndose en protagonistas del paisaje.

 

 

 

 

 

Para hacer no hay mucho, más allá de estar en la playa o en el mar, tal vez salir en barquito a darle la vuelta a la isla: esnorquelear, bucear, ver los manglares y asomarse a una isla desierta. Lo que este lugar ofrece es la paz que regala la naturaleza que la rodea. Tal vez por eso mi plan favorito haya sido salir en barco al amanecer, disfrutando de los dramáticos tonos de naranja y morado del cielo, para llegar a una pequeña isla deshabitada donde hicimos yoga al borde de un manglar. Una de esas experiencias que te regresan varios meses de vida en el transcurso de una mañana.

 

 

 

 

En una isla donde el “lujo” es el paisaje mismo, resulta inútil buscar otra forma de opulencia; por eso el hotel, construido en madera y palma, apela a la simplicidad de sus elementos y pone el foco en el entorno. Lo mismo sucede con la comida, una gastronomía basada en la calidad de los pescados y mariscos (frescos, asados, a la parilla, al carbón o incluso crudos en ceviches y sashimis). Eso sí, algunos platillos de la carta en Casa Sandra revelan a los huéspedes el origen de su dueña: Cuba (donde en unos años Sandra planea abrir otro hotel con una filosofía muy similar, en pleno barrio negro de La Habana como parte de Ser Collection). 

 

 

 

 

Hoy Holbox brinda una sola cosa: naturaleza. Irónicamente, si el destino continúa hacia el turismo en gran escala perderá, poco a poco, lo que hoy es su mayor atractivo. En esta porción de tierra que se extiende entre el golfo de México y el Caribe, mientras unos luchan por la conservación otros apuestan todo al desarrollo. A nosotros, como viajeros que buscamos una experiencia auténtica y natural, tal vez lo único que nos queda sea valorar a quien sabe salvaguardar un espacio como éste y apoyar a quienes luchan para que nada cambie. 

 

 

 

 

Si quieres saber más de Casa Sandra, visita su página aquí.