Todo lo que tienes que hacer en Isla de Pascua

Todo lo que tienes que hacer en Isla de Pascua
Muy pocos podrían ubicarla en un mapa, aunque todos llevamos un emoji de sus famosos moáis en nuestros teléfonos. Lo cierto es que Isla de Pascua es mucho más que antiguas esculturas perdidas en el medio del océano Pacífico.
Febrero 2, 17
Fotografías por:

No hay destino malo cuando uno es viajero en serio, pero lo que sí hay son sitios excepcionales, míticos, destinos que hacen que a uno se le salte el corazón nada más de pensarlos. “Isla de Pascua” volví a leer el correo, y una sonrisa se dibujó en mi rostro porque de todos los lugares del mundo, de todos los viajes exóticos y los viajes con los que sueño, esta isla estaba bien arriba en mi lista. 

 

 

 

 

El único problema es que Isla de Pascua está lejos de todo: se encuentra a 3 500 kilómetros de las costas chilenas y a 4 200 de Papeete (Polinesia Francesa), lo que la convierte en la isla más aislada del planeta (Tristán de Acuña, en el Atlántico Sur, le quitó el Record Guinness, pero únicamente tiene 500 habitantes, cuando Rapa Nui presume de cinco mil). La isla es territorio chileno desde finales del siglo xix, y sólo existe una manera de llegar: en el vuelo de LATAM que sale todos los días de SCL. Hay que llegar primero a Santiago, y eso también toma su tiempo. Ocho horas desde México hasta la capital chilena, y seis más a la isla, pero ¿no valdría la pena hacer hasta el doble de tiempo con tal de estar ahí?

 

 

 

 

El aeropuerto está en Hanga Roa, la capital y única población en la que se encuentra, todo lo poco que hay: el supermercado, los restaurantes, los cafés, las tiendas para turistas, los shows polinesios, los cajeros automáticos (que no siempre funcionan) y la mayoría de los hoteles… aunque no el nuestro. Donde nosotros nos hospedamos se encuentra en el centro de la isla, mirando hacia el sur, en medio de la nada; aunque eso no quiera decir más que a diez minutos en coche desde el aeropuerto. La tercera propiedad de Explora —tienen una en Atacama y otra en Patagonia, y acaban de abrir la cuarta en el Valle Sagrado de Perú— es una construcción de madera, sencilla y muy discreta que descansa en la ladera de una colina, mirando hacia el mar. De inspiración casi nórdica, el hotel está diseñado para no estorbar el paisaje y darle el protagonismo que éste merece; cada ventana es un cuadro al que se podría mirar por horas.

 

 

 

 

Y así empieza la aventura. Una vez instaladas, nos encontramos con nuestro guía, Omar, quien se encargará de organizar nuestras actividades los próximos días. Salimos esa tarde a hacer una caminata ligera, en los alrededores del hotel: platicamos de la historia de la isla, pero también sobre lo que nos interesa y nos gusta hacer. De alguna manera, Omar nos entrevista para conocernos y así poder organizar el resto de las actividades según nuestros gustos y capacidades. Al terminar nos encontramos con Topo, nuestro chofer, quien ya nos espera con unas bebidas y botanas para disfrutar mientras cae el atardecer.

 

 

Al día siguiente subimos al volcán Rano Kau. Después de un generoso desayuno (todos los alimentos están incluidos y la cocina es sencilla y deliciosa, sin ingredientes exóticos ni pretensiosos). Empezamos la caminata en Vinapu, una plataforma de moáis que en su momento tuvo ocho figuras; hoy todos yacen boca abajo, debido a que seguramente fueron derribados por el mar. Hay que aclarar que los moáis no son sólo cabezas —aunque la representación de éstas ocupe, más o menos, el 25% de la figura—, sino esculturas de cuerpo completo; es decir, que la imagen que tenemos de una cabeza sin cuerpo es errónea. Finalmente, Omar nos saca de otra duda infundada. Los moáis son un homenaje a los muertos: cuando un habitante ilustre de alguna de las tribus de la isla moría, se mandaba a hacer un moái en su honor. La figura se levantaba sobre una plataforma, dándole la espalda al mar, mirando hacia el interior de la isla. 

 

 

 

 

Dejamos la plataforma que está pegada al mar, y empezamos a subir hacia el volcán por la ladera que se levanta junto al acantilado y el mar. Durante el camino, Omar nos cuenta más de la isla y de los moáis. Se sabe con exactitud cómo se hacían las figuras, de dónde provenían las piedras, cómo las tallaban y para qué servían, pero no cómo las movían desde la cantera hasta las orillas de la isla, donde las levantaban en plataformas. Entre la plática y el paisaje se nos pasa la subida a la cima. La isla tiene un paisaje particular, en ninguna zona hay mucha vegetación, más bien se trata de suaves praderas con árboles y arbustos dispersos. De pronto, Omar nos pide que miremos al piso y no levantemos la mirada, quiere darnos una sorpresa. “¿Ya?”, pregunta alguien. “¡No digan nada!”, responde alguien más. “¡Ya!”, grita Omar, y entonces todas alzamos la mirada y no podemos creer lo que tenemos delante. Estamos al borde del cráter del volcán. De un lado, la falda del volcán se convierte en un acantilado que se pierde en el mar; del otro, un filo de tierra le da la vuelta al cráter que en su interior está lleno de agua, como un gigantesco lago.  “Aquí jugamos waterpolo”, bromea Omar. Pero estamos todas como hipnotizadas por el paisaje y cada quien se va acomodando en algún lado para disfrutar de la vista. Después de haber recuperado las energías, seguimos el camino, bordeando el cráter, hasta llegar a Orongo, un sitio arqueológico donde no hay cabezas, pero sí una historia fascinante.

 

 

 

 

Una vez al año los clanes de toda la isla se reunían aquí para llevar a cabo la ceremonia del hombre pájaro (Tangata Manu), en la que se elegía al jefe de la isla por un año. Los representantes de cada candidato debían nadar hasta los islotes de Motu Nui, conseguir un huevo de un pájaro, nadar de vuelta a Rapa Nui y subir el acantilado con el huevo intacto. El primer representante en llegar se convertía en el ganador. En la aldea vivían los sacerdotes que durante la temporada de competencia estaban muy al pendiente del evento. Mientras caminamos entre las ruinas encontramos también petroglifos y un pequeño museo de sitio que explica a profundidad la ceremonia (que honestamente me parece casi propia de Los juegos del hambre). Terminamos el recorrido y nos dirigimos a una playa donde nos espera una comida a orillas del mar: un delicioso asado literalmente sobre rocas. Así recuperamos fuerzas que utilizaremos en la tarde para un paseo en bicicleta que nos llevará al ahu —plataforma— más grande de la isla: Tongariki.

 

 

 

 

Llegamos casi al atardecer, y los 15 moáis de Ahu Tongariki nos reciben en una formación perfecta, como si fueran soldados esperando una orden. Omar nos cuenta que ésta, la plataforma más grande e importante de la isla, estuvo en ruinas muchos tiempo, pero fue reconstruida con el apoyo del gobierno japonés hace algunos años. Los moáis, que habían caído de la plataforma y luego habían sido arrastrados tietierra adentro por un tsunami, fueron restaurados y colocados de nuevo sobre el ahu. Uno lleva un tocado, que fue puesto a propósito, para ayudar a los visitantes a entender cómo debían de haber lucido en su momento las figuras. Omar nos explica también que tenían ojos, pero todos los fueron perdiendo. 

 

 

Los 15 moáis que hay sobre la plataforma son de tamaños, formas y estilos diferentes, lo que habla de los distintos periodos de la sociedad y de cómo fue evolucionando la talla de las figuras. Está también aquí el moái más grande de la isla, de más de 85 toneladas (aunque en la cantera, que se encuentra a tan sólo un kilómetro, hay figuras más grandes, pero no terminadas). A pesar de que algunos han criticado el trabajo de restauración, ésta es sin duda la imagen más hermosa de los moáis, tomando en cuenta que hay unas 47 plataformas en Rapa Nui.

 

 

 

El segundo día vamos a Rano Raraku, otro volcán que se encuentra en el extremo opuesto de la isla, y de cuyas laderas salieron, o se tallaron, todos los moáis (por eso mismo lo llaman “la cantera”). Mientras Omar nos explica cómo funcionaba el proceso caminamos sobre la ladera y nos vamos topando con cuerpos y cabezas en distintos estados, algunas están casi listas, otras apenas empiezan a tomar forma. Es aquí donde entiendo por qué creemos que más que cuerpos, los moáis son cabezas; se trata de una serie de figuras que quedaron inconclusas. Con el paso del tiempo, el cuerpo de las figuras se fue cubriendo y quedaron sólo las cabezas asomadas: de ahí la famosa imagen.

 

 

 

 

Por tratarse de una piedra volcánica, nos explica Omar, era más fácil tallarla, pues es porosa. De esta “fábrica” de moáis salieron todas las figuras que hay repartidas en las distintas plataformas de la isla. Solamente los tocados, que eran los sombreros, se fabricaban con otra piedra, aún más ligera y porosa, pero en la gran mayoría de los moáis los tocados se perdieron justamente por esa razón. Aquí también el cráter tiene una laguna en su interior. Subimos hasta él y nos acomodamos para disfrutar de la vista: se trata de un cráter mucho más pequeño que el primero que visitamos. El clima no podría ser mejor, el cielo azul con pocas nubes y hasta un pequeño arcoíris se dibuja de un lado de la laguna, para completar una imagen que parece como salida de un libro.

 

 

 

 

Omar aprovecha para contarnos un poco más de historia sobre la isla y la sociedad rapanui. Los habitantes originales llegaron aquí desde la polinesia y fundaron una sociedad que funcionó entre 900 y 1700. Durante ese periodo fue evolucionando la tradición de los moáis; de hecho, hoy en día se puede ver fácilmente la diferencia entre los moáis más viejos y rudimentarios y los más modernos y delicados. Cuando la isla fue descubierta por Occidente atravesaba ya una crisis de población, y a partir de entonces solamente se precipitó la decadencia de la sociedad. Se calcula que cuando la isla se incorporó a territorio chileno, aproximadamente en 1890, quedaban cerca de 100 nativos. Después de la cantera seguimos a otra famosa plataforma, Anakena, que se alza al fondo de una hermosa playa de arena blanca y palmeras que recuerdan a una postal paradisíaca. Nos acomodamos en la playa para tomar el sol y disfrutar un rato del mar mientras los moáis nos dan la espalda, mirando hacia el interior de la isla.

 

 

 

Para nuestro último día Omar prepara una caminata especial, vamos a subir al punto más alto de la isla. Terevaka está más o menos al centro y se alza 507 metros sobre el nivel del mar. La caminata nos toma un par de horas y es hermosa, entre laderas, bosques, cañadas y prados que se extienden hasta que se pierde la mirada. Sin duda, más allá de la parte arqueológica y los vestigios de los rapanui, la isla presume de una naturaleza envidiable, en un espacio francamente pequeño. Omar, que nació aquí y conoce la isla como la palma de su mano, nos enseña cavernas, cuevas, pasajes secretos y petroglifos escondidos. Cuando llegamos a la cima podemos disfrutar de un paisaje inigualable, desde aquí podemos ver la isla completa y el agua que la rodea por todos lados. 

 

 

 

 

Al emprender el camino de regreso vemos a lo lejos el avión que viene de Santiago, es el Dreamliner de LATAM. El avión pasa de largo y sigue un poco más allá para dar la vuelta y regresar, enfilándose hacia la pista de aterrizaje. Me resulta increíble pensar lo que se sentirá vivir en una isla que está lejos de todo y cuyo único medio de acceso es un avión que aterriza cada día al mediodía. Hay algo de mágico, pero también algo que da terror, es como si el resto del mundo pudiera olvidarse de uno. Hacemos una parada en Ahu Akivi, la única plataforma de moáis que está tierra adentro, pero que mira o apunta hacia el mar, por eso las leyendas y la tradición oral hablan de los orígenes polinesios y de los primeros pobladores de la isla, que habrían llegado por el Pacífico.

 

 

Como es la última noche nos acercamos al pueblo y acudimos al espectáculo más famoso de baile polinesio. El pequeño local está a reventar cuando comienza la función, bailes que definitivamente recuerdan a algún tema hawaiano o polinesio. Y no es la única tradición que habla de la herencia del Pacífico, el equipo de rugby, al que pertenece Omar, también es un recordatorio de que aquí parecen tener más lazos con Nueva Zelanda y Australia que con Chile. Al día siguiente nos despedimos de la isla con ganas de volver. Algo tiene este lugar, tal vez sea la paz que da saberse tan lejos del ruido del resto del mundo, o tal vez sean los moáis que, sin preocuparse de nada de lo que pasa allá afuera, le dan la espalda al mar y miran solamente al interior. Quién sabe. Pero sin duda, más que misterios, lo que hay en esta isla son sorpresas que descubrir.