Quito: historias de la mitad del mundo

Quito: historias de la mitad del mundo
En Ecuador es posible desayunar en la costa del Pacífico, comer en la cordillera de los Andes y cenar en la selva amazónica.
Febrero 8, 16
Fotografías por: Misha Vallejo

A las pocas horas de haber llegado a Quito, Fabián Amores, nuestro guía, dijo una frase que en un primer momento taché de exagerada: “En Ecuador nada es lo que parece”. La tomé como uno de esos eslogans que escriben las oficinas de turismo o las agencias de publicidad tras horas de encierro en una sala de juntas, y que suelen cumplir con la misión de quedarse pegadas en la mente de quien las escucha. Así que la hice a un lado para evitar que eso me pasara también.

 

Habíamos aterrizado en Quito de madrugada, poco después del amanecer, que, visto desde el avión, fue el primer espectáculo del viaje. El segundo: los Andes. Quito es un pequeño valle en medio de esta enorme cordillera de más de 7 mil kilómetros, que le alcanzan no sólo para recorrer por completo América del Sur, sino para ser la cadena montañosa más larga del mundo. La cordillera es visible desde cualquier punto de la ciudad, y, aún después de varios días, la vista al horizonte no deja de sorprender.

 

Desde que se tiene registro, la relación de los habitantes de la zona con las montañas es muy fuerte. Para los incas, sus primeros conquistadores, cada montaña era sagrada y habitada por espíritus femeninos o masculinos llamados apus. El volcán Chimborazo es el punto más alto del Ecuador, con alrededor de 6 300 metros de altura. Su cima es el lugar más lejano al núcleo de la Tierra debido a la silueta elíptica del planeta.

 

El volcán Cotopaxi, uno de los pocos glaciares ecuatoriales, nos recibió lanzando fumarolas, que resultaron aún más espectaculares enmarcadas por un cielo azul intenso y completamente despejado, que se mantuvo así durante todo el viaje. Cotopaxi significa “cuello de luna” en quichua, la lengua indígena más hablada del país, y era adorado en tiempo de los incas como un proveedor de lluvia.

 

Los ecuatorianos están muy acostumbrados a hacer modificaciones en sus agendas por la actividad volcánica que los rodea. Resulta difícil creer que en este país, relativamente pequeño, hay más de 80 volcanes. Y, como era de esperarse, el Cotopaxi no ofrece para los turistas un trato especial. Ante su posible erupción, hubo que cancelar un recorrido en tren por sus cercanías.

 

La Virgen de Quito también es visible desde cualquier punto de la ciudad, que tiene 41 metros de altura, que superan al famoso Cristo Redentor de Río de Janeiro. Ubicada en la cima de la colina de El Panecillo, en pleno centro de la urbe, parece resguardar la ciudad que le rodea. Los locales dicen, sin embargo, que la virgen mira y abre los brazos hacia el norte, la parte más adinerada de la ciudad, y, en cambio, da la espalda hacia el sur, donde se encuentran los barrios más pobres.

 

Algo así plantea A tus espaldas, una reciente película del director ecuatoriano Tito Jara, que trata sobre la división de clases sociales en la capital, donde la virgen parece marcar la frontera entre bonanza y miseria.

 

La riqueza natural, por otro lado, es incuestionable y bastante más homogénea. Estando en Ecuador es posible desayunar en la costa del Pacífico, comer en los Andes y cenar en la selva amazónica. A unas horas de viaje en coche puede disfrutarse de esta diversidad de climas, alturas y 48 ecosistemas distintos; ya que, además, las carreteras en este país son muy buenas.

 

Estando en Quito, mirar por la ventana para elegir la ropa que se va a usar es muy engañoso. El sol brilla y el cielo está despejado, pero el aire que baja de los Andes es muy frío. Los quiteños salen de casa preparados para todo, y no se cansan de recordarnos que aquí los rayos del sol pegan de forma más directa que en cualquier otra parte del mundo, así que nos piden salir del hotel con la extraña combinación de bloqueador solar y chamarra gruesa.

 

“En términos de turismo, hace diez o 15 años Quito era prácticamente una ciudad de paso para quienes viajaban a las islas Galápagos”, reconoce nuestro guía, volteando hacia atrás desde el asiento frontal de la camioneta. Ecuador recibe actualmente millón y medio de turistas al año, pero lograr que un creciente número de ellos se quede en la capital ha requerido un esfuerzo importante por parte del gobierno local.

 

 

En nuestro primer recorrido por el centro de Quito nos encontramos con el pintoresco encanto de una ciudad colonial característica de la región andina, con coloridas construcciones de poca altura y techos de teja, entre las que sobresalen las torres y cúpulas de sus muchísimas iglesias. Hay siete de ellas en una sola calle, cuyo nombre oficial, García Moreno, ha sido sustituido por uno más certero: Calle de las Siete Cruces.

 

El recorrido empieza de norte a sur, y por la iglesia más antigua, la de Santa Bárbara, construida en 1550, pero restaurada luego del terremoto de 1987. De todas, la más suntuosa y espectacular es la de la Compañía de Jesús, creada en 1613 con una portada exterior hecha de piedra volcánica y un interior que, al más puro estilo barroco, está cubierto totalmente por láminas de oro talladas.

 

La de esta iglesia es también la cruz más grande de todas, por si no hubiera quedado claro que la orden de los jesuitas contaba con el presupuesto más inflado para la construcción de sus templos. En su interior se encuentra El infierno, una pintura al óleo atribuida a Hernando de la Cruz. Cuentan que a inicios del siglo XX muchas madres de familia llevaban a sus niños a verla para explicarles, muy gráficamente, el lugar a donde irían de no obedecerlas. 

 

Siguiendo con el recorrido por el centro, se encuentran antiguos negocios, como relojerías, peluquerías y especierías que remiten a la época colonial. Las especierías, sobre todo, son atendidas en su mayoría por mujeres de origen indígena que no siempre dominan el español y que venden, exhibiéndose en costales repletos, hierbas y semillas con nombres en quichua, pero precios en dólares.

 

Tal vez el guía tenía razón en que aquí nada es lo que parece. Y es que una mañana de enero, durante el año 2000, los ecuatorianos despertaron con el dólar como nueva moneda, convirtiéndose en el primer país latinoamericano en eliminar su moneda nacional. La dolarización vino como una medida de emergencia para buscar detener la inflación en medio de una terrible crisis financiera de más de una década, sin la que no se entiende el país que es hoy Ecuador.

 

Entre 1998 y 1999, el desempleo había pasado del ocho al 17%, y la pobreza urbana del 36 al 65%. Al menos 700 mil ecuatorianos se fueron del país, y, para evitar la quiebra de varios bancos y la fuga de capital, el presidente Jamil Mahuad congeló los depósitos en cuentas corrientes con más de 500 dólares.

 

De cualquier forma, muchos bancos quebraron y sus directores se llevaron consigo el capital. Mahuad fue acusado de peculado bancario y de haber diseñado esas medidas para proteger a los banqueros en detrimento de miles de ecuatorianos que lo perdieron todo.

 

Además, Ecuador se enfrentó al enorme reto de recuperarse de esta crisis con una infame tasa de cambio de 25 mil sucres por dólar. Hoy, bajo el tercer gobierno de Rafael Correa, es difícil encontrar en el centro de Quito algún producto importado, pues su estrategia económica se ha centrado en el impulso de la producción local.

 

Por otro lado, la devaluación de la moneda colombiana ha hecho que muchos ecuatorianos prefieran hacer allá sus compras, y, por su parte, los venezolanos entran y salen de Ecuador solamente para llevarse dólares, que son oro molido en medio del gobierno de Nicolás Maduro.

 

Por la tarde llegamos a La Ronda, la calle más famosa y antigua de la ciudad, justo cuando caía el sol y bajaba la temperatura. Esta calle era punto de reunión de intelectuales y bohemios en las décadas de 1920 y 1930. Ahí, el esfuerzo por impulsar la producción local y lograr que el país deje de exportar únicamente materias primas se vuelve evidente una vez más.

 

Hay una tienda, Chez Tiff, que además de vender chocolate artesanal hecho con cacao ecuatoriano tiene un área destinada a explicar a sus visitantes, a través de videos y material didáctico, el largo proceso que hay detrás de este producto y la razón por la que el chocolate ecuatoriano está logrando posicionarse entre los mejores del mundo.

 

Un poco más adelante hay otra similar, pero que vende y promueve la producción y consumo de miel local. También se puede comprar hojalatería, sombreros, trompos y varios tipos de artesanías que representan a la escuela quiteña, un conjunto de tradiciones y técnicas artesanales que vienen desde la Real Audiencia de Quito, en la época colonial.

 

Empedrada, colorida y demasiado angosta para el paso del autos, caminar por La Ronda implica también escuchar a gritos toda clase de ofertas e invitaciones para pasar a restaurantes, bares y karaokes, a tomar vino, cerveza o un canelazo, el antídoto local para el frío. Se trata de una bebida tradicional de la sierra que se prepara hirviendo agua con canela, azúcar y jugo de naranjilla, una fruta de la región que tiene un aspecto y sabor entre naranja y jitomate.

 

A la mezcla se le añade aguardiente y el resultado es una especie de ponche caliente que cumple muy bien con su misión de endulzar una noche fría. Las empanadas son otra cosa que hay que probar. Entre las especialidades están las de morocho, un refrito de carne molida, arroz, chícharo y zanahoria; las de plátano verde, que llaman simplemente “empanadas de verde”; y las de viento, que están hechas de trigo y rellenas de queso, pero obtienen su nombre porque al freírse se inflan tanto que parecen no llevar nada adentro.

 

Al día siguiente tomamos el teleférico. En diez minutos de recorrido se superan los 4 mil metros de altura y la vista es espectacular. Está permitido subir bicicletas a los vagones, y llevar una —para pasear en ella al llegar a la cima de la montaña— es una muy buena idea, ya que los Andes son un gran escenario para el turismo de aventura.

 

Otra alternativa para disfrutar de una vista, quizás aún más impresionante, es el hotel El Cráter, ubicado en el mirador del volcán Pululahua. Está apenas a 30 minutos de Quito, pero desde ahí todo lo que se ve es cielo, montañas y áreas verdes. Su restaurante es bastante reconocido y se ha convertido en una parada obligatoria para los turistas que visitan la Ciudad Mitad del Mundo. Ofrece un menú de comida típica ecuatoriana que incluye platillos tradicionales como el locro de papa, cuyo nombre en quichua es rucru. La receta es de origen inca, y es un guiso espeso de papas, con ají y hierbas.

 

Los españoles le agregaron refrito de cebollas, ajo, leche y trozos de queso, y así es como se sirve ahí. Entre los platillos quiteños más tradicionales también están varios tipos de cebiche, con la particularidad de que se sirven acompañados de granos de maíz en varias presentaciones: hervidos, asados y hechos palomitas, que aquí llaman canguil.

 

Uno de los platillos fuertes más típicos de Ecuador es el seco de chivo, un estofado de carne de borrego macerada en cerveza o jugo de naranjilla. A fuego lento se le añade agua, cebolla, tomate y achiote. Se acompaña con arroz amarillo, papa entera, lechuga y aguacate. La comida y la vista en El Cráter se sumaron para regalarnos otra gran tarde.

 

Al día siguiente, de nuevo recorriendo las afueras de Quito, visitamos el enorme mercado artesanal de Otavalo, una de las comunidades indígenas más prósperas del Ecuador. Los textiles son la especialidad, pero se puede comprar toda clase de artesanías locales sin que alcance el tiempo para recorrer todos los puestos antes de partir a nuestro siguiente destino.

 

Visitar las haciendas que rondan la ciudad, previa reservación, es una forma de escapar a los destinos turísticos más concurridos y conocer otra cara de Quito, una más exclusiva y personalizada. Este país es uno de los primeros exportadores de rosas en el mundo, así que hicimos una visita a la Hacienda de la Compañía de Jesús en el cantón Cayambe, propiedad de la familia Vallejo Moreno.

 

Hace 300 años fue, como su nombre lo dice, propiedad de los jesuitas. De entonces sobrevive en la inmensa finca una capilla y varias construcciones que en conjunto parecen un pequeño pueblo colonial. La bella casa principal, construida en 1919, ha sido hogar de seis generaciones de esta familia y conserva su decoración y mobiliario originales.

 

La familia guarda también las minutas donde los jesuitas anotaban detalladamente lo que sucedía en la hacienda día con día; desde cuántos huevos o litros de leche se producían hasta quién visitaba la hacienda para el almuerzo. El mismo Francisco Vallejo, dueño de la propiedad, junto con su esposa María Gloria, es quien nos guía en el recorrido, no sólo por la casa, sino por invernaderos, donde se siembran miles y miles de rosas de varias especies y colores.

 

Resulta curioso descubrir que sólo un mínimo porcentaje de la producción se queda en Ecuador. Prácticamente todas las flores se exportan a Rusia, Estados Unidos y Europa.

 

Otra hacienda que vale la pena visitar es la Hacienda de Santa Ana, que pertenece desde hace cinco generaciones a la familia Navarro. Los hermanos Sebastián y Pedro decidieron abrir la hacienda al público para promocionar la cerveza Santana, que producen ahí de forma artesanal y que se ha puesto de moda entre los jóvenes y conocedores de Quito. Los Navarro ofrecen tours y catas, previa reservación.

 

En ocasiones organizan también comidas y cenas maridaje para dar a conocer sus seis tipos de cerveza, acompañadas de platillos ecuatorianos tradicionales. Todas son bastante buenas y la bella hacienda, rodeada de árboles y jardines, es otro gran lugar para pasar un día fuera de la ciudad.

Pero si hay algo por lo que Quito es famoso, para bien o para mal, es por su ubicación geográfica: la mitad del mundo. El gobierno se ha empeñado, quizá demasiado, en impulsar esto como uno de sus principales atractivos turísticos.

 

Ciudad Mitad del Mundo, a unos 16 km de la capital, se presenta como “la ciudad turística, cultural, científica y comercial más pequeña de Ecuador”. Se trata de una especie de parque construido en torno al monumento que conmemora la llegada de la primera misión geodésica francesa a la región en 1736, que tuvo una enorme importancia histórica.

 

El objetivo de aquel grupo de científicos era medir un arco meridiano que comprobara la forma real de la Tierra. Como resultado se ratificó la teoría de Newton sobre el achatamiento de los polos y se estableció al metro como unidad base del sistema métrico decimal.

 

El informe que se generó, titulado Journal de Voyage a l’ Equateur, es la causa directa de que Ecuador eligiera ese nombre cuando se separó de la Gran Colombia en 1830, para convertirse en un estado independiente. Sin intenciones de ser exacto, el monumento fue construido 7.7 segundos al sur (unos 243 metros) de la verdadera línea ecuatorial, según se comprobó años más tarde. En torno a él hay un planetario, un museo etnográfico y varios locales para comprar artesanías, probar platillos tradicionales y visitar exhibiciones de arte popular.

 

Pero, sin duda, la atracción principal del lugar está en el piso, donde una larga línea marcada con pintura amarilla hace que los turistas compitan por encontrar un punto libre de personas para tomarse una fotografía parados sobre ella, con un pie en el hemisferio sur y otro en el norte o, al menos, creyendo que así es.

 

A unos metros de ahí se encuentra el Museo Intiñan (Camino del Sol), que estaba originalmente ubicado en el terreno de la Ciudad Mitad del Mundo, pero fue desplazado por el gobierno local. Su propietario, el profesor Humberto Vera, compró un terreno contiguo, sin saber que estaba consiguiendo también una mejor ubicación. Tiempo después descubriría que, según tecnología GPS, es por su predio donde realmente cruza el Ecuador.

 

Vera pintó ahí su propia línea, pero esta vez con pintura roja. El Museo Intiñan, fundado en 1960, ofrece a sus visitantes un recorrido interactivo para mostrar, a través de ejemplos prácticos y didácticos, aunque no siempre apegados a la ciencia, el conocimiento que los pueblos andinos ancestrales tenían sobre la relación entre el sol, la Tierra y sus habitantes; y la forma en que las fuerzas de la física operan en el centro del mundo.

 

Entre tótems y chozas —correspondientes a distintas culturas precolombinas de la zona, como la waorani y la quechua— hay un reloj solar de dos caras, en el que la sombra que indica la hora se proyecta sobre un lado seis meses al año y, sobre el otro, los seis meses restantes. Sólo en los equinoccios (el 20 o 21 de marzo y el 22 o 23 de septiembre de cada año) la sombra aparece en las dos caras. Otra atracción del lugar es el cilindro solar, que recibe un fino rayo de luz del sol en cada solsticio y equinoccio, fechas en las que el museo está de fiesta.

 

Siguiendo con el recorrido, nuestro guía nos invitó a comprobar que ahí, en la latitud cero, es más fácil equilibrar un huevo sobre la cabeza de un clavo. El reto, favorito de los visitantes, deja una estela de huevos estrellados sobre el piso, y es que aquello de que sea más fácil es dudoso, empezando porque siete de cada diez visitantes fallan.

 

Yo lo logré, y por ello me entregaron un improvisado diploma con la leyenda: “Llegó al museo solar, puso sus pies sobre la línea equinoccial de la latitud 00°00’00” y equilibró un huevo en la cabeza de un clavo en el centro magnético de la tierra calculado con GPS”. Sin duda el souvenir más kitsch de este viaje, o de casi cualquier otro. Aquí nos pusieron también un sello en el pasaporte, que constata que visitamos la mitad del mundo.

 

Pero la controversia en torno a la verdadera ubicación de la línea ecuatorial no termina ahí. La Catequilla es un sitio arqueológico de origen preincaico en la zona del valle de Pomasqui. Está ubicado en la cima de un cerro con una altura de 2 638 metros sobre el nivel del mar, una vista de 360 grados y suficiente profundidad de campo para ver desde ahí 25 pueblos antiguos en sus alrededores.

 

Se presume que era utilizado como mirador y es la única construcción prehispánica que se ha encontrado sobre la línea ecuatorial. Por ello es quizá la marca más legítima que se ha colocado sobre ella, al comprobar, además, que siglos antes de cualquier tecnología GPS alguien sabía ya muy bien dónde estaba la mitad del mundo.

 

No por nada Quito significa “tierra en la mitad”. Es la región del mundo en la que no hay sombra el 21 de marzo a las 12 del día, y para los varios pueblos indígenas que hicieron de Quito el centro de su cultura eso la convertía en un lugar sagrado. Hoy la ciudad crece y evoluciona sin olvidarse de su centro. Al final, Quito puede o no ser lo que parece, pero definitivamente tiene mucho que contar.